1 Escucha, oh rey de Israel,
sentado sobre los querubines,
aparece ante el rostro de Efraín,
despierta tu poder y ven.
2 Ven, Redentor de las gentes;
muestra el nacimiento del vientre virginal;
que toda edad se maraville;
tal nacimiento conviene a nuestro Dios.
3 No de la simiente de un esposo,
sino del soplo místico del Espíritu,
el Verbo de Dios se hizo carne
y fructificó en el vientre de María.
4 El vientre de la virgen comienza a henchirse;
su virginidad permanece intacta:
relucen las enseñas de sus virtudes;
Dios vive y se agita en su templo.
5 Salga de su aposento,
la corte real de la castidad,
como gigante de doble naturaleza
ansioso de apresurar su camino.
6 Primero salió del Padre,
luego a su Padre retorna;
se lanza a los reinos de abajo,
y emprende el regreso a la morada de Dios.
7 Tú eres igual al Padre eterno;
cíñete el trofeo de la carne,
y fortalece con tu poder constante
las fragilidades de nuestros cuerpos.
8 Tu pesebre ya resplandece,
la noche exhala una luz desconocida;
una luz que ninguna noche puede envolver,
y que brillará con fe constante.
