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El oficio de San Marnan, confesor

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Breviario de Aberdeen, parte de verano (Blew, 1854): oficio de san Marnan (Manir), confesor y pontífice, seguido del comienzo del oficio de santo Tomás Apóstol.

[Final de la oración anterior:] … del bienaventurado Manir, confesor y pontífice tuyo, podamos descansar con él en el cielo y vivir eternamente contigo, que eres el camino, la verdad y la vida. Por el Señor. Conmemoración del Adviento y de santa María.

En maitines, nueve lecturas. Lectura 1.

Después de que los escoceses recibieran la fe católica, algunos de ellos permanecieron en la idolatría y la superstición. Los llaman «habitantes de los bosques» [silvestres], pues vivían y convivían entre bosques, rocas y lugares desiertos. Allí siguieron ocultos mucho tiempo por la diversidad de lenguas de aquella nación, pues los maestros de Cristo tenían menos conocimientos y experiencia para predicarles y enseñarles. Para remediarlo, el bienaventurado Manir, excelente pontífice y muy versado en ambas lenguas y modos de hablar, acudió por voluntad propia tras recibir una advertencia divina. Aunque eran fieros, indómitos e indisciplinados, no temió en absoluto sus amenazas ni rehuyó acercarse a ellos. Y cuando… Lectura 2.

Cuando les predicó la palabra de Dios y estableció para ellos otro rito y otra manera de vivir en Cristo, ellos lo reprendieron con amenazas, burlas y blasfemias. No es de extrañar que, acostumbrados desde el principio a tales supersticiones en la Iglesia primitiva, estas los obligaran a aferrarse a ellas y los inclinaran al temor, pues recibían un rito nuevo y nunca oído entre ellos. Como dice el bienaventurado Agustín: «La costumbre, que ayuda con el uso, inquieta por la novedad». Así impresionó sus mentes la fe católica en sus comienzos… Lectura 3.

Por tanto, el bienaventurado Manir, entre perplejidades, angustias y aflicciones por amor a Cristo, meditaba sobre la señal certísima de la Pasión. Con toda paciencia, humildad y piedad, soportó con enorme constancia cuanto sufrió por la fe de Cristo que había predicado. Se ofreció dispuesto a cualquiera de dos destinos: morir de inmediato o ser condenado con ellos a un exilio perpetuo. De ahí que su nombre se explique por inspiración divina: Manir, llamado así por «permanecer en el campo» [a rure manendo] o por «las amenazas de los malvados», pues permaneció invicto y venció gloriosamente a las fuerzas del diablo. Y cuando… Lectura 4.

No buscó oro, riquezas, altares ni enseres cuando quiso trabajar en este mundo para salvar las almas de los hombres. Pobre y errante por todos los confines y dominios de los reyes, dispuso y alentó su alma por encima de todo para ganar para Cristo las almas de los hombres perdidos. No buscaba las cosas del mundo, sino el amor de Dios, pues el amor y la caridad de Cristo vencen toda osadía en las adversidades y hacen al hombre pusilánime y despreciable magnánimo y resuelto para sufrir por él una muerte voluntaria. Con razón llamamos al bienaventurado Manir, cuya fiesta celebramos hoy, y lo presentamos como bondadoso intercesor ante Dios para que nos ayude. Y cuando, Señor, ten piedad de nosotros. Lectura 5.

Sus obras sublimes y sus dignos milagros, manifestados ante nosotros en la tierra, muestran sin duda que este hombre amable, santo, piadoso y querido por Dios está en el cielo. Predicaba a diario e instruía con frecuencia a los incrédulos, los bautizaba y los confirmaba en la fe de Cristo; también los apartaba y alejaba de los lugares que veneraban y adoraban. Como al principio no se había construido ni consagrado ninguna basílica de Dios entre aquellos habitantes de las montañas, levantó una nueva iglesia en honor de Dios todopoderoso. Allí podría propagar la fe de Cristo que había predicado y aquellos hombres rudos podrían recibir los sacramentos eclesiásticos. Era digno de admiración que llamaran «iglesia» a la casa consagrada de Dios. Lectura 6.

Pero el bienaventurado Manir, hombre muy modesto, consagró a Dios su vida, el lugar y el padre, para que mediante su predicación hiciera hijos de Dios a los hijos de la perdición, por la gracia de adopción que se le había concedido. Sufrió muchísimas vejaciones entre continuas aflicciones y oraciones constantes, tantas que no habría podido soportarlas si la providencia de Dios no lo hubiese fortalecido, ni habría bastado otra esperanza que esta: que, si un hombre no lucha conforme a la ley, no recibirá al final la palma de la victoria. Pero, finalmente, confirmados aquellos en la fe y realizados desde el cielo diversos milagros por medio del mismo hombre de Dios, este pasó a Cristo el decimoquinto día antes de las calendas de enero [18 de diciembre]. En la iglesia de Dios se le honra y venera allí hasta el día de hoy.

Las tres últimas lecturas pertenecen al Común de un confesor y pontífice, junto con el resto de su oficio; con conmemoración del Adviento o de santa María.

De santo Tomás Apóstol, en vísperas. Antífona: «Sé fuerte en la guerra». Salmo ferial. Capítulo: «No he…». Versículo: «Cuyos cimientos…». Himno: «Oh Tomás, oh obispo, que recorriste las tierras; te suplicamos por aquellas santas llagas que borraron todos los delitos del mundo: borra nuestra culpa con tus oraciones». Versículo: «Una nueva esperanza». Versículo: «Por toda la tierra». Antífona: «Oh Tomás, que mereciste tocar al Señor, te suplicamos por tus oraciones, altísimo: socórrenos en nuestra miseria, para que no seamos condenados con los impíos cuando venga el juez». Salmo: Magníficat.

Oración: «Concédenos, te suplicamos, Señor Dios, celebrar de tal modo las solemnidades de tu bienaventurado apóstol Tomás que siempre recibamos alivio por su patrocinio y nos sostenga una devoción de fe semejante. Por el Señor. Conmemoración del Adviento y de santa María, si esta fiesta cae en…»

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