1 ¿Cuál es la mejor cosa del mundo? Agradar a su Creador. ¿Cuál es su voluntad? Cumplir lo que Él ha mandado—es decir, vivir recta y piadosamente y buscar la eternidad, pues la piedad y la justicia son la voluntad del piadoso y del justo. ¿Cómo se alcanza esto? Mediante la diligencia.
2 Por tanto, hay que esforzarse por la piedad y la justicia. ¿Qué ayuda a preservar esto? El entendimiento, que, tras examinar todas las demás cosas y no hallar nada firme a qué asirse, se vuelve por la razón de lo que el mundo posee a la única cosa que es eterna. Pues el mundo pasará y pasa cada día, girando hacia su fin. ¿Qué tiene que no destine a un fin? Está, en cierto modo, sostenido por las columnas de la vanidad; pero cuando llegue el fin de la vanidad, entonces caerá y no permanecerá en pie. Lo que no termina no es del mundo. Por tanto, todas las cosas pasan por la muerte y la corrupción y no permanecen. ¿Qué, pues, debe amar el sabio? ¿Una imagen muerta, en parte muda y en parte resonante, que ve pero no entiende? Si la entendiera, quizá la amaría. Pero también yerra en esto—que ella no se revela. Pues ¿quién entiende ni a sí mismo ni a otro, flor de la tierra y tierra hecha de tierra, a quien la dignidad de Dios hace su hijo y ciudadano del cielo, pero que está destinado a ser pronto polvo y tierra, y, salvo por la mediación del alma, nunca servirá de nada?
3 Si alguien entiende esto, a quien Dios se lo ha concedido, ¿con qué vida debe vivir para que sea eterno de lo mortal, sabio de lo insensato, celestial de lo terrenal? Primero, debe tener una mente pura, que debe usar para vivir rectamente, y debe ver no lo que es sino lo que será. Pues lo que será aún no es, y por lo que ve, debe contemplar lo que no ve y esforzarse en ser lo que fue creado para ser, y debe invocar la gracia de Dios con su esfuerzo. Pues es imposible que nadie alcance por sí mismo lo que se perdió en Adán. Pero ¿de qué sirve recibir el entendimiento y no usarlo bien? Lo usa bien quien vive de tal modo que nunca se arrepiente ni tendrá que arrepentirse. Pues el arrepentimiento tardío prueba que se ha vivido mal, y una buena conciencia alaba la vida. ¿Qué percibe, pues, una mente pura como digno de amor? Ciertamente aquello que creó todas las cosas para ser amadas y siempre permanece y nunca envejece. Nada externo debe ser amado según la verdadera razón excepto lo eterno y la eterna voluntad, que es inspirada y animada por el eterno, maravilloso, inefable, invisible, incomprensible, que llena todas las cosas, supera todas las cosas, está presente y sin embargo es elusivo. Nada de aquí debe ser amado por el sabio, pues nada perdura; pues lo que es eterno pertenece allá con lo Eterno, y lo que es perecedero pertenece aquí con lo mortal.
4 Por tanto, es peligroso morar entre lo que engaña y es falso y no ver las cosas verdaderas que se deben amar, y ver, además, cosas que provocan con sus atractivos y, como en sueños, persuaden a pecar con ellas. Justamente los engaños placenteros se te vuelven odiosos, y justamente las cosas que deben ser amadas se retiran como si no existieran. Se sigue, pues, que quien mora entre engañadores debe estar vigilante, no sea que sea atrapado si no huye de ellos y actúa cautelosa y sin embargo rectamente. ¿Cómo huiremos del mundo, que no debemos amar, cuando estamos en el mundo y se nos enseña a morir a él, y sin embargo al contrario lo encerramos dentro de nosotros con cierto deseo lujurioso, cuando deberíamos haberlo pisoteado? Pisotea el mundo quien se vence a sí mismo, quien muere a los vicios antes que a la naturaleza, en la mente antes que en el cuerpo. Pues nadie que se perdone a sí mismo puede odiar el mundo, pues en sí mismo solo ama u odia el mundo. No tiene nada del mundo que amar quien ha muerto a los placeres corporales. Muramos tal muerte, pues la muerte corporal a todos alcanza, pero esta a pocos. Es el camino de los pocos vivir como muertos cada día. Puesto que uno no ha existido siempre y no puede existir siempre en el mundo, sino que vive en un breve estado intermedio, cada persona debe vivir como si muriera cada día, para que piense solo en lo que es eterno y celestial, en lo cual, si es digno, será eterno y celestial. Pues lo que era antes del mundo será después del mundo y para siempre; y aun ahora existen, pero no son visibles, y nos están tan ocultos que no está permitido hablar de ellos a los hombres. En verdad, no suben al corazón ni a los oídos del hombre, ni entran, ni pueden ser percibidos por la vista humana. ¡Oh, cuán lamentable condición! Las cosas que debíamos haber amado nos están tan removidas, tan desconocidas y tan ocultas que mientras seamos humanos y estemos encerrados en esta prisión del cuerpo, nos es del todo imposible ver, oír o pensar en las cosas que son verdaderamente buenas y eternas. ¿Qué haremos entonces? Amemos y busquemos lo desconocido, no sea que permanezcamos para siempre ignorantes de ellas y las perdamos. Pues en vano nace quien para siempre será ignorante de las cosas eternas.
5 ¡Oh hombre miserable! Debes odiar lo que ves, y lo que debes amar, no lo conoces. Tu vida es un lazo para ti; quieras o no, estás enredado. Tienes dentro de ti aquello que te ata, pero no tienes dentro de ti aquello que te libera. ¿Te cuidarás a ti mismo, oh miserable, y no confiarás en ti, tú que estás atrapado por ti mismo y no puedes liberarte? Teniendo ojos, estás ciego, estás atado, y voluntariamente eres llevado a la muerte. ¡Oh intolerable ceguera, oh incomparable dolor, oh miseria más desdichada, tú que acaricias a tus adversarios, que voluntariamente te entregas a tus perseguidores que nunca te perdonarán, que gozosamente consientes a los que te atan y te entregan a la muerte! ¿Quién procede jamás a la muerte con gozo? ¿Quién va voluntariamente a ser degollado o decapitado? ¡Ay de ti, miseria humana! ¡Ojalá fueras solo decapitada o muerta y no atormentada para siempre! ¿Qué hay más ciego que tú, oh humanidad desdichada, que así yerras, aunque ves? Ves hasta los cielos, pero no más allá; tienes entendimiento dentro de este mundo, pero ninguno más allá de él. ¡Qué dura e impenetrable ignorancia! ¿Quién te dirá lo indecible? ¡Oh humanidad infeliz, qué te ayudará? Escucha lo que dijo el sabio: «Para quien lo poco no basta, lo mucho no aprovechará». Has oído, creo, al Señor en el Evangelio decir: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno». ¿Y sabes por qué uno es enviado al fuego, oh hombre miserable? Sé misericordioso, y quizá puedas ser apartado del hijo de perdición. No escatimes el alimento, no escatimes la frágil ropa, no prefieras tus posesiones a ti mismo, ámate más que a tus bienes, ama tu alma más que tus riquezas. Pues tú eres miserable, no tus posesiones. Ámate más que lo que te es ajeno. ¿Qué posees además de tu alma? No pierdas tu única alma por nada. No escatimes lo fugaz no sea que pierdas lo eterno. Todo el mundo te es ajeno, pues naciste desnudo y serás sepultado desnudo. ¡Oh incurable locura! ¿Por qué amas lo perecedero tanto que pierdes lo eterno? Piensa, por tanto, en la muerte, que pone fin a los placeres del mundo, y mira adónde han ido los deleites de los ricos. El lujo, las burlas, la lujuria y la indulgencia han callado, y un cadáver desnudo, destinado a ser disuelto por gusanos y podredumbre, es recibido por la tierra, mientras que el alma más desdichada es entregada a los tormentos eternos. ¿Qué hay más lamentable que esta condición, qué más desdichado que esta miseria? En verdad, una hora de paciencia habría sido mejor que una eternidad de tardío arrepentimiento. Teme, pues, la muerte aquí abajo, y más allá del cielo, teme el fuego eterno. Cree en lo que no ves, pues Aquel que lo ha visto lo ha revelado. Porque nuestro Señor Jesucristo es veraz, a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
