1 Nuestro Señor, hermanos carísimos, nos ha infundido gran temor por medio del Evangelio y de Pablo acerca de los últimos tiempos. Tras tan terribles testimonios del canon divino, ¿qué refugio nos queda? ¿Con qué lágrimas, con qué suspiros necesitamos? ¿Con qué compunción deben ser quebrantados nuestros duros y pedernales corazones para que podamos escapar de tan gran ira del Juez, que el Creador del universo y nuestro Señor mismo, por medio del Apóstol y de los Profetas, amenaza? Estas mismas amenazas no quedan sin ser dichas, como está dicho: «He aquí, viene el día del Señor, ardiendo como horno, y todos los soberbios, sí, y todos los que obran maldad serán paja; y el día que viene los abrasará, dice el Señor de los ejércitos, de modo que no les dejará ni raíz ni rama». Igualmente, otro profeta dice: «He aquí, viene el Señor Todopoderoso, y ¿quién podrá soportar el día de su venida? ¿O quién estará en pie cuando Él aparezca? Pues Él es como fuego de fundidor». E Isaías también dice: «He aquí, vendrá el día del Señor, cruel con ira y ardiente furor, para asolar la tierra». Y un poco más adelante: «Pues los cielos serán sacudidos, y la tierra será movida de su lugar, ante la ira del Señor de los ejércitos en el día de su ardiente furor». Y de nuevo dice: «Los fundamentos de la tierra serán sacudidos, la tierra será removida sobremanera, la tierra se tambaleará como un borracho, y será removida como una tienda». Asaf también habla semejantemente: «Dios vendrá abiertamente, nuestro Dios no guardará silencio; un fuego devorará delante de Él, y será muy tempestuoso alrededor de Él». Y David habla en concordancia, diciendo: «Un fuego va delante de Él y abrasa a sus enemigos alrededor».
2 Tras estas terribles proclamaciones tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, de las que recordamos solo unas pocas ayer y hoy, consideremos por qué medios podemos escapar de la ira de tan gran Juez. Debemos recordar las palabras de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: «Quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí la hallará». Por tanto, debemos perder de buen grado cuanto amamos aparte de Cristo por causa de Cristo. Primero, si es necesario, entreguemos nuestra vida, por la cual el cuerpo es vivificado mediante la unión con el alma, por causa de Cristo, aun hasta el martirio. O, si falta tan bienaventurada oportunidad, al menos practiquemos la mortificación de nuestros deseos, para que el que vive no viva para sí mismo, sino para Aquel que murió por él. Vivamos por tanto para Aquel que, aunque murió por nosotros, es la vida misma; y muramos a nosotros mismos, para que podamos vivir para Cristo. Pues no podemos vivir para Él a menos que primero muramos a nosotros mismos—es decir, a nuestros propios deseos. Perteneczamos a Cristo, no a nosotros mismos. «Pues no sois vuestros; fuisteis comprados por gran precio»—y en verdad, a un precio verdaderamente grande, cuando el Señor es dado por el siervo, el Rey por el ministro, Dios por el hombre. ¿Qué debemos rendir a cambio, si el Creador del universo, aunque éramos indignos pecadores (y sin embargo aún sus criaturas), murió por nosotros? ¿Pensáis que no debéis morir al pecado? Ciertamente, debéis. Muramos, por tanto—muramos por la vida, porque la Vida misma murió por los muertos, para que podamos decir con Pablo: «Vivo yo; mas no yo, sino que Cristo vive en mí», Aquel que murió por mí. Esta es la voz de los elegidos. Nadie, sin embargo, puede morir a sí mismo a menos que Cristo viva en él; y si Cristo está en él, no puede vivir para sí mismo. Vive en Cristo, para que Cristo viva en ti.
3 Pero preguntas cómo puede la mente vivir en Él, para que te enseñe a morir a ti mismo y vivir para Cristo—o más bien, a vivir verdaderamente para ti mismo. Pues el que muere por Cristo vive, y el que vive para sí mismo muere. Pues si un hombre vive según su propia voluntad, es mortal, como dice el Apóstol: «Porque si vivís según la carne, moriréis». Ves, hermanos carísimos, que moramos en lo que no es nuestro, ya que aun nuestra propia vida no es nuestra, y no debemos vivir para nosotros mismos. Y es una gran lucha buscar, mediante trabajo y esfuerzo, lo que nuestra naturaleza caída no ha preservado. Sin embargo, aunque la bienaventuranza se ha perdido, el libre albedrío no se ha perdido. Por tanto, ahora tomamos el reino de los cielos por la fuerza, y en cierto modo lo arrebatamos como de en medio de los enemigos, del mismo campo de batalla de la lucha y de la tierra ensangrentada del combate. Pues somos asaltados no solo por adversarios sino aún más severamente por nosotros mismos, ya que cada hombre se ama a sí mismo erróneamente y, en lo que ama, se daña a sí mismo. En verdad ama rectamente quien sabiamente se odia a sí mismo—es decir, quien se aflige a sí mismo. Pero el que consiente a sus adversarios no puede decirse que se ama rectamente a sí mismo. Es una gran miseria que un hombre se dañe a sí mismo y no se dé cuenta. Cuando un hombre es su propio enemigo, nadie más puede reconciliarlo consigo mismo para que se ame verdaderamente. Debemos por tanto combatir aquí y luchar contra nuestros vicios, para que seamos coronados en otra parte. Este tiempo es tiempo de guerra; nadie debe esperar seguridad en la batalla, pues nadie duerme en la guerra, y nadie entra en el campo de batalla con sensación de seguridad. Debemos por tanto ponernos en batalla contra todo lo que es vicioso, placentero y engañosamente seductor. Basta a un guerrero vencer a sus enemigos; si te vences a ti mismo, eres el vencedor sobre todos. Si te vences a ti mismo, serás hallado muerto para ti mismo pero vivo para Dios. Pero si permaneces esclavizado a ti mismo, ¿cómo te atreves a presentarte ante el juicio de Cristo? Cada uno que sufre martirio por Cristo se hace a sí mismo su propio mártir. Pues si verdaderamente llevara la cruz de Cristo, reconocería que ninguna de estas cosas le está permitida, ya que el mismo Cristo dio este ejemplo, diciendo: «No como yo quiero, sino como Tú quieres», y: «He descendido no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió».
4 Que cada uno se examine a sí mismo, no sea que sea hallado libre y vivo en el lugar del siervo y del crucificado. Que cada uno permanezca en la vocación en que fue llamado ante Dios, como dijo el Apóstol: «Sea libre o siervo», sean como siervos en Cristo bajo el yugo de la humildad. Por tanto, hermanos carísimos, que cada uno de nosotros luche contra sí mismo. Pues si vivimos contra nuestros hermanos y hablamos como nos place, nuestra religión no es verdadera sino falsa. Nada debe estar desenfrenado en los siervos de Cristo, y nada altivo debe hallarse en la humildad de Cristo. No seamos soberbios, obstinados ni voluntariosos, sino humildes, mansos, afables y caritativos, para que Cristo, nuestro humilde Rey, reine en nosotros. Pero para que amemos esta muerte saludable con cierta dulzura de esperanza, consideremos su fin. ¿Quién en verdad es más feliz que aquel cuya muerte es vida, cuya vida es Cristo, cuya recompensa es el Salvador? ¿Quien gana el cielo como su herencia, el paraíso como su hogar, la tierra como celestial, y el infierno como cerrado contra él? ¿Quien halla las puertas de la eternidad abiertas y la vida sin fin? ¿Quien tiene a Dios por su Padre y a un ángel por su ministro? Despreciemos lo presente y busquemos solo lo futuro, para que ganemos todas estas cosas. Que Cristo nuestro Dios nos conceda esto. Amén.
