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Sobre el fervor de servir a Dios

·531 palabras·3 mins

1 En la Iglesia de Dios, hermanos míos, ocupamos el lugar más alto por la misericordia de Dios; por tanto, debemos poner el mayor cuidado en mantener con firmeza lo que una vez resolvimos y en cumplir con diligencia, mediante buenas obras, lo que exteriormente profesamos. Para lograrlo, es necesario que apartemos de nuestros corazones los pensamientos necios e inútiles y, según la regla de la vida perfecta, entremos en el camino de Dios. Olvidando lo que queda atrás—es decir, las cosas temporales—debemos, con el Apóstol, avanzar hacia lo que está delante, diciendo a nuestro Creador: «Tráeme tras ti; correremos al aroma de tus ungüentos».

2 Por nosotros mismos no podemos alcanzar el camino de la verdad ni avanzar en él; por tanto, debemos buscar la gracia que nos precede, diciendo: «Tráeme tras ti», para que corramos hacia ti. Conviene que «Tráeme tras ti» se diga primero y que «correremos» siga después, porque sin la gracia de Dios que nos precede no podemos comenzar una buena obra, ni sin esa misma gracia que nos sigue podemos completarla. Así se dice en aquella oración: «Que tu gracia, Señor, nos preceda y nos acompañe» [Colecta del Misal Romano].

3 También conviene que diga «correremos», pues en el camino de Dios no debemos avanzar a paso lento, sino correr con gran gozo y anhelo. El Apóstol advierte: «Corred de tal manera que lo alcancéis». Corre quien avanza hacia Dios con todas sus fuerzas; corre quien no se cansa de hacer el bien, como dice el Profeta de Cristo: «Se regocijó como gigante para correr su camino». Cristo, en efecto, corrió el camino de Dios porque «no se detuvo en el camino de los pecadores», es decir, nunca fue retenido por el peso del pecado.

4 Debemos correr, pero ¿cómo debemos correr? Escuchad y aprended. Debemos correr, digo, «al aroma de tus ungüentos». ¿Qué son estos ungüentos a cuyo aroma corremos tras Cristo? Son los ejemplos de los santos que nos han precedido. Los ungüentos se hacen de una mezcla de diversas flores y especias. Las distintas especias representan las diversas virtudes de los santos que, como aromas fragantes, se recogen mediante la virtud de la caridad y se preparan cuidadosamente para nuestro provecho.

5 De tal ungüento se dice: «Las moscas muertas echan a perder la dulzura del ungüento». Las moscas muertas son los pensamientos vanos que invaden nuestros corazones, y debemos ahuyentarlos—como con un abanico—mediante la práctica de la oración, no sea que nos roben la dulzura del ungüento. Pues en verdad, las moscas muertas destruyen la fragancia del ungüento cuando los pensamientos vanos nos quitan el gozo de la virtud y las observancias del servicio divino que hemos recibido de los antiguos padres.

6 Por tanto, contemplemos con atención los ejemplos de los santos que nos han precedido y apresurémonos a entrar en aquel descanso. Corramos y no flaqueemos en nuestros esfuerzos, para que podamos decir con el Apóstol: «He peleado la buena batalla, he terminado la carrera», y así «me está reservada la corona de justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día», Cristo, que es bendito sobre todas las cosas por los siglos de los siglos. Amén.

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