1 Hemos intentado en discursos anteriores ofrecer alguna sugerencia sobre la necesidad del remordimiento y, como conversando con nosotros mismos, hemos procurado sacudir la pereza de nuestros propios corazones. Pero como la pobreza de la fe y la voluntad de la carne, junto con los deseos del mundo, oyen estas lecciones de corrección con tibieza y desprecio, deben repetirse a menudo. Si la fe no fuera dudosa, aun uno solo de los testimonios de los oráculos divinos mencionados arriba sería abundantemente suficiente. Así, los que descuidan lo que oyen a la vez creen y no creen; de otro modo, si alguien te dijera hoy: «Mañana, el juez de este mundo pretende quemarte vivo», ¿qué ansiedad, qué temor se levantaría en ti? Al oír esto, si tuvieras siquiera un día libre, ¿cuánto harías? ¿Cómo clamarías? ¿Por quiénes correrías? ¿Cuán humilde, cuán doliente, cuán desdichado vagarías? ¿No derramarías todas tus riquezas sobre aquellos cuya intercesión creyeras que podría salvarte? ¿No regalarías todos tus bienes como rescate por tu alma, no reservando nada, aun siendo avaro y codicioso, sino disipándolo todo, dándolo todo por tu vida? Y si alguien intentara retrasarte o impedirte, ¿no dirías: «Perezcan todas las cosas por mi salvación, no quede nada—solo que yo viva!»? ¿Por qué harías esto? Porque no dudarías de que, según la sentencia del severísimo Juez, arderías. Sin embargo aquí, sí dudas, simplemente porque no sabes cuán pronto ocurrirá. Pero no ignoras que ocurrirá, aunque eres negligente. Por tanto, debemos despertar, debemos velar, debemos orar, según el mandato de nuestro Salvador, Jesucristo, nuestro Dios, que dice:
2 «Mirad, no sea que vuestros corazones se carguen de glotonería, embriaguez y los afanes de la vida cotidiana—y aquel día os sorprenda como un lazo. Pues vendrá súbitamente sobre todos los que habitan sobre la tierra. Velad, pues, y orad continuamente, para que tengáis fuerza para escapar de todo lo que está por suceder, y estar de pie ante el Hijo del Hombre».
3 Si oímos y creemos estas palabras, nuestra vigilancia demostrará nuestra fe, y sacudiendo la pereza y el entumecimiento de la tibieza mortal, las palabras de nuestro Señor y Salvador avivarán nuestros sentidos. Habiendo dejado a un lado todos los afanes mortales, estemos siempre preparados, aguardando la venida del último día, que nos recibirá o en el castigo o en la gloria. Que las mencionadas palabras del Señor agucen la agudeza de nuestras almas, con las cuales nos enseñó a estar constantemente vigilantes y orantes, para que no seamos como los que creen sin embargo no creen, o que oyen sin embargo no oyen. Imploremos, supliquemos y oremos sin cesar desde lo profundo de nuestros corazones por la inefable misericordia de Dios, el Bueno y Benigno, por Jesucristo, su Hijo. Que Él se digne inspirarnos tal amor que nos una a sí para siempre, nos ate a Él inseparablemente, nos levante de la tierra y una nuestras mentes al cielo mientras permanecemos en este cuerpo mortal. Así, podremos aguardar su venida sin reproche, de modo que cuando aparezca, podamos salir a su encuentro con gozo y gran confianza en la caridad. «¡Bienaventurados aquellos siervos a quienes el Señor, cuando venga, halle velando!»
4 Bienaventurada es la vigilia que se guarda para Dios, el Creador del universo, que llena todas las cosas y supera todas las cosas. ¡Ojalá Él se dignara despertarme también a mí—aunque soy vil, sin embargo su pequeño siervo—del sueño de la inercia, y encenderme con el fuego del amor divino, para que la llama de su caridad, el anhelo de su gran amor, ardiera en mí más allá de las estrellas, y para que el fuego divino ardiera siempre dentro de mí! ¡Ojalá tuviera la leña que continuamente nutriera, alimentara e inflamara ese fuego, para que la llama se sostuviera, nunca se extinguiera y siempre creciera! ¡Ojalá fuera digno, para que mi lámpara ardiera siempre de noche en el templo de mi Señor, iluminando a todos los que entran en la casa de mi Dios!
5 Señor, te lo ruego, en el nombre de Jesucristo, tu Hijo, mi Dios, concédeme ese amor que nunca decae, para que mi lámpara sea encendida y nunca se apague—ardiendo para mí, brillando para otros. Tú, Cristo, dígnate encender nuestras lámparas, oh dulcísimo Salvador, para que brillen perpetuamente en tu templo y reciban de Ti, la Luz Eterna, un resplandor perdurable, para que nuestras tinieblas sean iluminadas y las tinieblas del mundo huyan de nosotros. Así, te ruego, Jesús mío, que concedas tan generosamente tu luz a mi lámpara que por su resplandor me aparezcan a mí aquellos lugares santos del Santo de los Santos, donde Tú, el Sumo Sacerdote eterno, entras en los atrios de tu gran templo, para que yo te vea siempre a Ti solo, te contemple, te desee; que amándote solo a Ti, te mire, te anhele, te espere, y que mi lámpara brille siempre y arda ante Ti.
6 Te suplico, amantísimo Salvador, que te reveles a nosotros que llamamos, para que conociéndote, amemos solo a Ti, deseemos solo a Ti, meditemos solo en Ti día y noche, pensemos siempre en Ti. Y que nos inspires tanto con tu amor como conviene que Dios sea amado y querido, para que tu amor tome posesión de todo nuestro ser, que tu amor llene todos nuestros sentidos, para que no sepamos amar otra cosa sino a Ti, que eres eterno. Que tanta caridad nunca se extinga en nosotros por las muchas aguas de este aire, de esta tierra o de este mar, según las palabras: «Las muchas aguas no pueden apagar el amor». Que esto también se cumpla en nosotros, aun en parte, por tu don, oh Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
