1 La profundidad de la hondura divina, una vez que el discurso la ha atravesado, apenas es gustada como en un preludio y, con la debida reverencia, es más reverentemente rozada que plenamente expuesta. Pues el inefable misterio de Dios debe ser más meditado que hablado; y excepto las cosas dichas por la Ley, los Profetas, el Evangelio o los Apóstoles, debe haber gran silencio de los demás acerca de la Trinidad. En efecto, solo el propio testimonio de Dios sobre sí mismo debe ser creído, ya sea dado en la Ley, por los Profetas, en el Evangelio, por los Apóstoles, o por especial revelación a alguien por sí mismo o por un ángel. Sin embargo, la disputa humana, el razonamiento o cualquier soberbia sabiduría, que a menudo es engañada aun en asuntos mundanos, no puede ser maestra acerca de Dios; más bien, debe ser tenida por sacrílega e impía presunción contra Dios.
2 Pues en verdad, pregunto, hermanos, ¿de dónde piensan esos hombres vanos, malvados e impíos, que ni se conocen a sí mismos ni entienden el mismo hecho de que viven—por no hablar de comprender el resto de la creación, cuya razón ni siquiera pueden levemente asir—que podrían conocer al Dios invisible, uno en esencia, la coeterna Trinidad, que abarca todas las cosas arriba, abajo, dentro y fuera, hasta el punto de definirlo o al menos tratar de Él? Por tanto, con la debida reverencia, guardemos silencio acerca de tan inefables asuntos y comencemos en cambio a hablar de lo que es manifiesto y agradable a Dios, no presumiendo, como hacen los que se cubren de vergüenza, de indagar las cosas más excelsas, conforme al dicho del Sabio: «No busques lo que es demasiado difícil para ti». Más bien, conversemos sobre la edificación de nuestras almas, no presumiendo echar fundamentos por nuestra pequeñez, sino buscando la autoridad de algún maestro mayor, a saber, la ilustrísima y elocuente doctrina de San Fausto. De sus palabras hemos elegido convenientemente algunas cosas para nuestra obra como ejemplo a imitar, pues él, con sus amonestaciones, enseñó a los que le fueron confiados—incluyéndonos aun a nosotros, por humildes que seamos—y, como superior mío en tiempo, mérito y conocimiento, habla primero, como para defenderme contra los ignorantes e indolentes.
3 Él dice: Si un labrador de la tierra y un agricultor del campo, porque prepara su campo para la siembra, no piensa que basta meramente arar la tierra con un arado fuerte y someter los duros terrones con frecuente rastreo, sino que también se cuida de limpiar su campo de hierbas infructuosas, quitar los escombros dañinos y arrancar las raíces de espinos y malezas, creyendo que su tierra no será fértil para la buena semilla a menos que primero sea vaciada de la mala planta—pensando que se aplica a él el dicho profético: «Romped para vosotros tierra nueva, y no sembréis entre espinos»—¿cuánto más debemos nosotros limpiar el campo de nuestros corazones de las pasiones del vicio? Y no creamos que basta meramente disciplinar nuestra carne corporal con ayunos y vigilias a menos que primero nos esforcemos por corregir nuestros vicios y componer nuestras costumbres, pues no ponemos nuestra esperanza de fecundidad en la tierra, sino en el cielo.
4 Esforcémonos, por tanto, primero por desarraigar los vicios e implantar las virtudes: desarraiguemos la soberbia y plantemos la humildad; erradiquemos la ira y cultivemos la paciencia; cortemos la envidia e infundamos la benevolencia. De otro modo, si la carne se desgasta pero el alma no da fruto, es como si un campo fuera continuamente arado pero nunca produjera cosecha, o como si alguien construyera una estatua por fuera de oro pero por dentro de barro. Pues ¿de qué aprovecha si se libra una batalla fuera de la ciudad, pero se sufre destrucción dentro? Es como si alguien cavara fosos fuera de una viña y alrededor de su perímetro pero dejara el interior inculto, cubierto de espinos y zarzas. ¿Cuál es, pues, el beneficio de la observancia religiosa externa si se descuida la enmienda interna? Uno puede ser un engañador y un hipócrita, fingiendo virtud en la apariencia mientras vive de otro modo en la conducta. No seamos como sepulcros blanqueados; más bien, esforcémonos por ser hermosos y adornados desde dentro, no meramente desde fuera. Pues la verdadera religión consiste no en la humillación del cuerpo sino en la humildad del corazón. ¿Dónde si no mora el Señor, sino en el corazón del verdaderamente humilde? Como dice Isaías: «¿A quién miraré, o con quién moraré, si no con el humilde y el contrito, que tiembla ante mi palabra?».
5 Por tanto, quien desea convertirse en morada de Dios debe esforzarse por ser humilde y pacífico, para que sea reconocido como verdadero adorador de Dios, no por un modo afectado de hablar ni por gestos corporales, sino por la verdad de la humildad. Pues la bondad del corazón no necesita de fingida piedad exterior. Así, las demostraciones externas de piedad coloreadas por gestos son vanas; la aflicción corporal sola es igualmente vana, y la diligencia externa del hombre es inútil a menos que sea acompañada por la fructífera disciplina del alma. ¿De qué aprovecha que el siervo combata las pasiones si se hallan en paz con el amo? Por tanto, para que no trabajemos en vano, esforcémonos, con la ayuda de Dios, por ser liberados de los vicios para que después seamos adornados con las virtudes.
6 Limpiémonos, en la medida en que podamos, de toda mancha de vicio—primero de la soberbia, luego de la envidia, la ira, la blasfemia, la iniquidad, la malicia, la tristeza, la vanagloria, la avaricia, la malevolencia y toda amargura—para que seamos poseídos por la humildad, la mansedumbre, la bondad, la benignidad, la templanza, la misericordia, la justicia, el gozo y la caridad.
7 Pero ¿qué hacemos? Recitamos estas cosas como si nos fueran familiares, y sin embargo las dejamos desatendidas e indiscriminadamente descuidadas. Nos deleitamos en leerlas pero vacilamos en expulsarlas. ¿Nos salvará oír estas palabras si se halla que no las poseemos dentro? Si siempre nos son leídas, y sin embargo nunca enmendamos nuestros caminos, ¿nos ayudará verdaderamente la lectura frecuente de lo que tardamos en echar fuera? ¿Puede uno limpiar su casa de inmundicia meramente hablando palabras? ¿Puede quitar montones de impuros escombros simplemente proferiendo mandatos? ¿En verdad, puede alguien cumplir aun las necesidades de la vida cotidiana sin esfuerzo?
8 Así, la paciencia, la diligencia, el trabajo y el esfuerzo incansable son necesarios para purificar la casa interior del hombre, para que mostremos paciencia en las injurias, diligencia en la devoción, trabajo en las buenas obras y perseverancia en el progreso. A menudo somos instruidos, y sin embargo tardos en enmendarnos; frecuentemente ofendidos, y sin embargo rara vez pacientes; repetidamente vencidos, y sin embargo pocas veces victoriosos. Recordemos que oír solo no santifica, sino obrar. «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí». Que Dios nos conceda la fuerza para luchar rectamente, por nuestro Señor Jesucristo, a quien sean honor, gloria y poder por los siglos de los siglos. Amén.
