1 En cierta ocasión, Carpre Crom, hijo de Criomthan, llegó a Dún Tulcha Aird, es decir, a la casa de Fínán, rey de Fir Maighe, para pedir en matrimonio a la hija de su madre, Cranat, hija de Buicin, hijo de Can Mór. Fínán recibió la propuesta de buen grado y envió a dos muchachos desde allí hasta Dísert Cranatan, en medio de Dubh-fedha: Cuainir y su hermano. Éstos le dijeron que fuese a hablar con Fínán. Ella salió con ellos de aquel lugar, le dieron a conocer el encargo y preguntó qué tenían contra ella. Uno de los hombres dijo: «Tardarás mucho en saberlo por mí». «Nadie de tu linaje pregunta por noticias», respondió ella. Esto lo enfureció y se adelantó mucho a los demás. El otro hombre, Cuanir, le contó las noticias. Ella siguió el camino hacia el oeste; creía fervientemente en Dios y resolvió en su corazón que no tomaría marido ni mancillaría su virginidad, aunque sabía que no le permitirían seguir su propio parecer. Se arrancó los dos ojos y los puso en manos de las dos monjas que la acompañaban, Mael Bracha y Laithche. Mael Bracha guardó el ojo que había recibido dentro de su camisa, y Laithche puso el otro sobre un árbol, cubierto con un poco de musgo.
2 El muchacho se adelantó y contó a Fínán lo sucedido. Fínán se levantó deprisa, dejó en el suelo el tablero en el que jugaban al ajedrez y salió al encuentro de la monja. Cuando las mujeres vieron a Fínán, Cranat dijo:
3 «Oh, Fínán, aunque sea doloroso», etc.
4 Fínán regresó y contó las noticias a Cairpre, y Cairpre
5 se enfureció sobremanera y dijo que aquel mismo día quitaría el reino a Fínán. Partió hacia Bithlainn, que hoy se llama Tulach Cuilennáin, y pidió alimento a Culchán, el santo de la iglesia. Culchán se lo ofreció diciendo:
6 «Oh, rey de Cashel, ¿te encuentras bien?
De parte de Culchán: ¿qué has visto?
Una punta de bayas, ¿aceptarás la comida
y el pan tierno de Bithlainn?»
7 Cairpre lo rechazó y ayunó; Culchán dijo que aquel ayuno sería perpetuo, y Cairpre dijo que tu iglesia sería un desierto perpetuo y que nadie acudiría a ella. Cairpre murió aquella noche por la palabra de Culchán y de Cranat, y por la mañana fue llevado a Cill Cromglaisi. Cierto hombre que estaba allí dijo:
8 «Un cuerpecillo querido se llevan de nosotros hacia oriente,
el cuerpecillo de Cairpre, hijo de Criomthan;
un cuerpecillo que estuvo cubierto de belleza
es llevado a Coill Chrom-ghlaisi».
9 Entonces Fínán entregó a Cranat a los de su linaje para que la sirvieran, y también su fortaleza con sus tierras, desde Dobernaitt al norte y desde Ard Ratha hasta Nem lind-maighrigh, que recibe el nombre de Abhann Mór. Y ella le dejó grandes potestades, aunque le hubieran quitado el reino: la fortuna del campeón y del clérigo, colores para las vestiduras, la fortuna del valor y de la tierra, y su propia descendencia para disfrutarla. Ella avanzó delante de él hasta Scath Derc [la Sombra Roja].
10 «¿Fue aquí—preguntaron—donde te sacaron el ojo?». «Ahora le encontraremos utilidad», dijo Cranat. «Todavía tengo uno de tus ojos», dijo Máel Bracha. «Dámelo para mi cabeza—dijo Cránat—, para que las heridas me duelan menos». Se lo dio enseguida y sanó del mejor modo en que había estado antes. Al punto vio algo y dijo: «Es una sombra roja lo que veo». Por eso se llama Scath Derc [Sombra Roja]. Pidió entonces el otro ojo a Laithche, y ella dijo: «Lo puse en aquel árbol». Lo sacaron y lo colocaron en la cabeza de Cranat. Pero la corteza del árbol había crecido sobre él, de modo que aquel ojo quedó torcido para siempre. Cranat dijo a Laithche que su morada estaría siempre bajo la corteza y el follaje, y dijo a Máel Bracha que estarían juntas en el cielo y en la tierra. Siguieron hasta Dísert Cranatan, y ella compuso estos versos:
11 «Mi pequeño ojo rojo, aunque rojo sea su color,
grandes son su ira y su temblor;
el hombre al que alcanzó su tormento
no vivía tranquilo en el mundo.
12 Aquí he dejado mis ojos
por amor al Rey de los misterios de allí;
pronto será conocida su casa,
aunque se diga que estoy ciega.
13 Por mi propia voluntad me los saqué
con la punta de mi dedo en su curso;
entonces debería encontrar mi tormento
si viviese tranquila en el mundo.
14 El mundo ha turbado a la estirpe de Adán
con sus temblores y su música;
que no tome los dos sentidos,
sea quien sea aquel que no los toma.
15 ¡Ay del ciego que come su porción
gloriosamente, según la ignorancia!
¡Ay de aquel que no ve el día de la lluvia!
¡Ay de aquel que vive sin su tormento!
16 No es tormento para mi mente esta noche
estar sin la gente de la casa bajo mi mando;
doy gracias a Aquel que ha dispuesto
que también mi cuerpo esté sometido.
17 Un mártir, amada es la obra,
por amor al Rey de la prisión amada;
un largo destierro del Hijo de María:
feliz el hombre que lo entrega.
18 Quien no permanece en la vida, aunque sea
por amor de Dios, que no culpe cada día;
la aflicción que atrae a su lado
no la concederá el Rey de la luz pura.
19 Una confesión de culpa ante cada uno
que sea puro, y el juicio no es necio;
busca pronto el perdón,
para que mi pequeño ojo rojo no sea un negro ojo torcido…
Mi…
Texto perdido