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La vida de San Nivardo, obispo de Reims

·5393 palabras·26 mins

De: Monumenta Germaniae Historica, Scriptores rerum Merovingicarum V, ed. B. Krusch y W. Levison (Hannover, 1910), traducido al español moderno.

[Prólogo de Levison, continuación del texto precedente]: …entre otros, llevan su nombre las cartas cenobíticas de los obispos Berthefrid (664/5) y Drauscio (667); por último, el monasterio de San Basolo, restaurado por él, corresponde al mismo interés por los asuntos monásticos. También se dice que obtuvo para el monasterio de Hautvillers un precepto de inmunidad de Childerico II, hoy perdido, cuya autenticidad es menos segura. Las propiedades que le habían correspondido por herencia paterna y materna las dejó a monasterios e iglesias, como atestiguaron su sucesor Reolo y sus agentes, quienes después afirmaron frente a la reclamación de su hermano Gundeberto que «el señor Nivardo había transmitido todos sus bienes, para remedio de su alma, a los lugares de los santos mediante sus propios documentos: a saber, a la iglesia de Santa María y San Remigio, al monasterio de Hautvillers y también a Verzy, donde descansa corporalmente el señor Basolo; asimismo, en Reims, al monasterio de vírgenes que Boba parecía gobernar como abadesa; asimismo, a los santos Rufino y Valerio y a los demás lugares santos». Poco antes de su muerte intercedió junto con otros obispos ante el rey Childerico por el monasterio de Fontenelle (675), al que se concedió una donación.

Murió en 673, precisamente en las calendas de septiembre [1 de septiembre], día que consignan tanto Almano como el interpolador de Wandalberto:

En Reims brillan los pontífices de nombre ilustre: Sixto, Sinicio, Nivardo, en mérito y en vida,

según refieren autores posteriores.

La Vida de Nivardo, que por su estilo puede saberse que no fue escrita antes del siglo IX, carece del nombre de su autor en los códices; pero el monje Sigeberto de Gembloux deja escrito que Almano o Altmano, monje de Hautvillers, célebre en tiempos de Hincmar, prelado de Reims, por su saber en las letras, compuso la Vida de san Nivardo, arzobispo de Reims, y con razón. Que el autor pertenecía al monasterio de Hautvillers se deduce de que se detuvo mucho más en sus orígenes (caps. 7–10) que en los demás hechos; y el estilo prolijo de la Vida es el mismo que Almano empleó al describir las vidas de Elena y Sindulfo y sus traslaciones al mismo monasterio. Aquí y allá se percibe el mismo afán por las reflexiones piadosas y las comparaciones alegóricas: una verbosidad excesiva sobre pocos asuntos. Pero las pocas cosas útiles de la Vida dependen de las cartas de Reims y Hautvillers, de las que Almano extractó algunas (caps. 6, 7, 9 y 10); y él solo menciona cierta carta expedida bajo el nombre del rey Childeberto, hijo de Grimoaldo (cap. 8). Por ello le debemos gratitud, que ciertamente sería mayor si hubiese copiado las cartas completas en vez de las fábulas y palabras vacías con las que alargó esta breve obra. Al comienzo del libro copió la segunda Vida de Wandregiselo (cap. 1), cuyas huellas también aparecen en varios otros lugares; parece haber conocido las Actas de Sebastián por algunas expresiones (cap. 3). De cierto catálogo de los obispos de Reims aprendió el lugar que Nivardo ocupaba entre ellos (cap. 5).

Flodoardo copió la Vida de Nivardo, especialmente los caps. 6, 7, 9 y 10, en su Historia de la Iglesia de Reims II, 7, a partir de un códice semejante al 1a, mientras que en los capítulos siguientes (II, 8–9) utiliza las pequeñas obras de Almano sobre Elena y Sindulfo. En el mismo siglo, Adso, abad de Montier-en-Der († 992), al narrar los orígenes del monasterio de Hautvillers en la Vida de Beracario, caps. 9–13, siguió los pasos del mismo autor, añadiendo una amplia ornamentación verbal. Después, el autor de la Vida de Gundeberto o Gumberto, hermano de Nivardo, saqueó tanto esta Vida como a Flodoardo.

1a) Códice de Reims n.º 1403, antes 1143, del siglo XIII, adquirido de la biblioteca del cabildo de Reims y allí señalado con la letra E, empleado para las lecciones eclesiásticas: fols. 185–193v. 1b) Códice de Reims n.º 1408, antes 1142, de comienzos del siglo XIII, antiguo ejemplar de San Thierry de Reims: fols. 163v–167v; carece de los encabezamientos de los capítulos y de la última parte del cap. 4. 2) Códice de Charleville n.º 229, del siglo XIII, antiguo, en el siglo XV, Libro del monasterio de Signy (hoy Signy-l’Abbaye, dep. Ardenas), señalado, en fol. 269v y con letra del siglo XVI, con la letra E y el número XXXIX: fols. 265v–269v; termina mutilado por hojas arrancadas en el cap. 11: «Et quoniam dignissime», de modo que faltan bastantes cosas al final.

Además de estos libros cotejados por B. Krusch, existieron antiguamente tres códices hoy perdidos: uno del museo bolandista, P. Ms. 154; otro del monasterio cisterciense de Santa María de Bonnefont (hoy Bonnefontaine, dep. Ardenas); y un tercero del cenobio de la misma orden de Igny (dep. Marne). De estos libros, uno semejante al 1a y otro al 2, depende la única edición conservada de Johannes Stilting, Acta sanctorum, septiembre I, Amberes, 1746, págs. 278–283.

— W. Levison.

Aquí comienza la vida del bienaventurado Nivardo, confesor y arzobispo de Reims #

1 El célebre y glorioso arzobispo de Reims, Nivardo, llamado también Nivo, nació de padres de la más noble y rica estirpe. Se sabe que vino al mundo en la época en que Childerico, el fuerte rey de los francos, gobernaba honrosamente el cetro. El mismo bienaventurado arzobispo recibió además una noble educación, como correspondía a alguien tan noble, en el palacio del rey, y era pariente del ya mencionado gloriosísimo rey Childerico. Pues san Reolo, que después de él ocupó el pontificado de la sede de la iglesia de Reims, tuvo por esposa, cuando aún era conde, a la hija del rey, sobrina del bienaventurado Nivardo. También había parientes y sobrinos del santo obispo, condes muy nobles en palacio, instruidos en las disciplinas cortesanas y encargados de numerosos asuntos, grandes hombres de la corte real; y el santo resplandecía por completo, señalado por un origen de nacimiento muy ilustre. Y para elevar aún más la antorcha de tan espléndida nobleza y esa lámpara de brillante luz, no menos noble por su linaje carnal, se adornó con la excelente disposición de una vida floreciente, procuró enriquecer el crecimiento de su dulce infancia con toda clase de decoro y trasladó toda la pompa de la vida presente a la nobleza celestial.

2 Cómo fue entregado al estudio de las letras.

Cuando todavía estaba en la tierna gracia de su primera niñez, bueno por naturaleza y dispuesto de voluntad, se ofreció por entero y devotamente a Dios. Por ello sus padres lo entregaron para que se instruyera en el estudio de las letras. Dios inspiró en él una inteligencia tan feliz y excelente que edificó una digna morada de sabiduría en el corazón de aquel ilustre niño. La gracia de Cristo llenó su pecho infantil; y mientras se esforzaba por adornarse bellamente con los ornamentos del saber, se probó también en las dificultades de la virtud y bebió el río de un vasto aprendizaje en aquella corta edad. Cultivó con gusto las doctrinas publicadas de los sabios y, mediante la lectura asidua, alcanzó la cima del conocimiento en sus estudios. Dios quiso además que la disposición de su excelente espíritu fuera admirable. Su espíritu era tan generoso y su mente poseía tanta belleza de inteligencia que todos quedaban asombrados al contemplarlo. Por don de Dios tenía gran capacidad para entender lo que oía y gran gracia para expresar lo que sabía. Y él mismo, habiendo experimentado las obras poderosas de Dios, le daba magníficamente gracias y adornaba la hermosura de su niñez con la manifestación de una vida perfecta. Y como en una pintura surge la dorada belleza de las flores, así toda honradez aparecía incluso en los rasgos de sus miembros, hasta agradar a Dios y a los hombres; y, superando la gracia común, mereció entre los primeros, como hombre muy noble, el honor del clero. Alcanzado este grado, aunque estaba en palacio, permanecía siempre atento a las cosas celestiales y se aplicaba sin descanso a cumplir cada día con obras los mandamientos de Dios; pues brillaba más por las obras de virtud y abría los sellos de la verdadera nobleza. Eligió la vida celestial y veló por la salvación eterna.

3 Cómo era en el tiempo de su formación.

Cuando el célebre hombre de Dios Nivardo florecía en los años de juventud, crecían su fama y la gloria de su nombre; ya estaba dotado más honrosamente por el mérito de la sabiduría, era notable por sus obras rectas, estaba adornado con toda flor de virtudes y era un sobresaliente pregonero de santidad: sostenido por la fe verdadera, asiduo en meditar la ley de Dios, entregado devotísimamente a la oración y a la compunción, dedicado a las vigilias del Señor tanto de día como de noche, cuidadoso cada día del bien de los pobres, perseverante en la intercesión, prudente por igual en toda obra, veraz con todos al hablar, muy juicioso en el consejo e ilustre por la honradez de toda su vida. Luchando espiritualmente por Dios, imagen de rectitud y modelo de virtud, ganó ya entonces la palma de la santidad. Dios, que siempre es bondadoso con los buenos, multiplicó en él una virtud tan grande que, así como entre los hombres descendía con noble brillo de estirpe real y la púrpura lo mostraba igual a los reyes, aquel hombre ilustre y excelente brillaba entre los demás con igual hermosura por sus óptimas costumbres y por toda su vida; y la llama de la caridad, renovada en el color púrpura, lo mostraba perfectísimo. Por eso era terrible para los demonios, grato a Dios, amable y deseable para todos los buenos. Los pobres lo veneraban como a un padre; todos lo amaban y veneraban con grandísimo afecto por el culto de su insigne gracia. ¡Oh hombre dignísimo de toda alabanza, futuro sumo obispo de Dios, que, despreciando la nobleza y dignidad mundanas, elevándose por encima del aire y desdeñando el sol, penetraste gozosamente con el corazón hasta las mismas estrellas! ¡Oh mente digna de ser imitada por los santos y proclamada a todos, que viviste para unirte a Dios y para que el Señor, por medio de ti, abriera a muchos fieles los caminos de la salvación! Pues cuando el bienaventurado recibió debidamente los diversos grados del orden eclesiástico hasta el sacerdocio, los ángeles se regocijaron en el cielo y los santos se alegraron. Al recibir cada orden inferior, Dios y los hombres lo juzgaban siempre digno de la superior. Así sucedió que su vida, más digna que ninguna otra, fue preferida a las demás tanto en santidad como en dignidad de rango.

4 Cómo recibió la cumbre del episcopado de la ciudad de Reims.

Poco después, cuando Lando, arzobispo de Reims, dejó esta luz, el bienaventurado Nivardo, como se ha dicho antes, poderoso por su noble linaje y agradable al rey, a los príncipes palatinos y a todos los hombres por sus excelentes costumbres, ornamento purpúreo de Francia, criado para el bien común y reservado para todos como gozo de salvación, resplandeciente como rosa por sus méritos, brillante como oro y centelleante como gema preciosísima, recibió de buen grado del rey, que siempre abrazaba al santo con tierno afecto en su corazón, el honor de la cátedra pontifical, con el consentimiento de todos. Esto se realizó fácilmente, pues lo sostenía la abundancia de sus méritos y era el mayor deseo de todo el pueblo. Un gran amor nació en todos, que se regocijaron en la alianza de una santa concordia. El clero y el pueblo, alegres de gozo, lo conducen en procesión, le dan un día de fiesta y reciben al santo prelado con afecto filial. El rey se desbordaba de alegría, igual que la multitud de sus nobles; todos los presentes proclamaban alabanzas a Dios y daban gracias a Dios. Habríase creído que complacía a Cristo todopoderoso verlos exultar y felicitarse con intacto gozo por la acogida de tan gran protector.

Felizmente establecido en la sede y fortalecido por Dios, confiado en su poder y dotado de virtud, brillaba cada día con luz más amplia de virtud y se esforzaba por aliviar los ánimos de los suyos con la debida esperanza de los premios eternos. El santo obispo concibió un inmenso cuidado por quienes le estaban confiados y, amándolos con profundo afecto, encendía en todos los corazones el amor de Dios. Llegaron al pueblo los gozos espirituales, creció el ardor de la santa devoción y aumentaron los méritos del pastor. Se alegraban todos de que se les hubiera dado un maestro y prelado cuya imitación los formaría en las mejores costumbres y cuya rectitud de obras seguirían, impulsados por la caridad. ¡Oh pueblo verdaderamente siempre bienaventurado, que mereciste tener tal maestro, por quien una gran multitud de justos es situada ordenadamente en las moradas celestiales! ¡Oh prelado Nivardo, verdaderamente bienaventurado, que brillas con nívea santidad: tu gloria es siempre feliz! Te damos gracias, oh Cristo, Dios del universo, que gobiernas todas las cosas en la eternidad imperecedera, porque honraste de tal manera a tu santo, nuestro padre, que lo elegiste como tu sumo sacerdote para la corona de sus méritos, estableciste con él el testamento de paz y te dignaste hacerlo príncipe de los pueblos. Por el sudor de sus trabajos le diste materia de recompensa y le concediste una paga tal por su fervor espiritual que recibiera la bienaventuranza de la retribución eterna.

5 En qué lugar de la sucesión de sus predecesores obtuvo el episcopado, cuánto aprovechó al pueblo de Durocortoro y acerca de sus limosnas.

Este bienaventuradísimo de los prelados, el santísimo Nivardo, fue el vigésimo quinto desde el bienaventurado Sixto, primer obispo de Reims, y el undécimo desde el bienaventurado Remigio. Con la ayuda de la gracia de Dios, pudo atraer al pueblo de Durocortoro a la fe que obra por la caridad, y devolvió cuadruplicados, mediante los talentos que Dios le había confiado, los frutos místicos; respondió al santo Remigio con el canto de las subidas de David, con palabras de doctrina y el ejemplo de una santa conducta. Con el sudor de sus trabajos temporales protegió también aquella iglesia, como antiguamente se figuró mediante las pieles de jacinto de los doce velos del templo. Además, junto con Juan, obispo de Alejandría, se mostró generoso con los pobres; su mano trabajaba en la limosna imperecedera, acostumbrada a ejercerla de día y de noche. Y como su alma era prudente en los asuntos, sabía ponderar lo mayor desde lo menor y temía el juicio de Dios, se animaba e instruía para esto: que, mientras la iglesia de Dios peregrinase en la tierra, se hiciera sin cesar un tesoro que no faltase en los cielos. Y logró que, así como las lágrimas de David, que corren al pasar y al volver mediante las oraciones, no se secan por larga que sea la espera, tampoco se agotara el sudor de sus limosnas mientras la condición de la iglesia era sostenida por su administración entre vicisitudes alternas.

6 Cómo devolvió al obispado de Reims, decaído de su dignidad, su antigua dignidad.

Cuando el bienaventurado Nivardo fue elegido a la cumbre episcopal, el obispado de Reims había caído entonces, en gran parte de sus bienes y recursos, de su propia dignidad. Pero este santísimo pastor, trabajando sin descanso, no cesó hasta devolver a la ciudad de Reims su antigua dignidad mediante la religión, el honor de los clérigos y las fincas adquiridas en diversos lugares, además de casas y siervos. También dispuso algunas villas del obispado para colonos establecidos, y consta que intercambió ciertas propiedades con Atila, obispo de Laón, para conveniencia de ambas partes. Obtuvo asimismo del rey Childeberto un precepto de inmunidad para la iglesia de Reims respecto de peajes y ciertos tributos. El rey Luis también concedió a aquella iglesia, mediante precepto de su autoridad, ciertos bienes en Mailly, junto al río Vesle, que había recuperado de algunos hombres infieles. En su tiempo, el ilustre Grimoaldo entregó a san Remigio sus villas de Chaumuzy y Witry para remedio de su alma. Concedió asimismo, por derecho de privilegio, al monasterio de San Basolo la iglesia edificada en Verzy en honor de santa María, con todo lo que le pertenecía, junto con el pequeño lugar llamado Wasciacus. Instituyó además una inmunidad para los monjes que allí servían a Dios bajo el abad Perro: que ninguno de los jueces eclesiásticos osara inquietarlos indebidamente en nada, sino que se les permitiera vivir en orden pacífico bajo la santa regla y servir a Dios. ¡Oh prelado dignísimo en todo, que te afligiste con mucho trabajo para levantar a tu rebaño y llevaste a gloriosa perfección la dignidad de la iglesia que te fue confiada!

7 Cómo quiso reconstruir el monasterio, destruido por los bárbaros, en el lugar llamado Villarii, pero no pudo; y sobre la revelación angélica en torno a la colina de Hautvillers.

Por aquel mismo tiempo, el santísimo y glorioso obispo Nivardo, adornado en vida y costumbres y distinguido atleta de su Dios, preocupado por todos y deseoso de aprovechar a la generación venidera y al pueblo que nace y nacerá, comenzó a meditar en su santo pecho y a considerar con toda atención en cuál de sus posesiones podría construir un monasterio y moradas adecuadas para los siervos de Dios, conforme a la regla del santo padre Benito, y enriquecerlo con la abundante hacienda de su herencia.

Mientras meditaba diariamente estas cosas, el bienaventurado Beracario, entonces abad y ahora también mártir, hombre excelente e hijo espiritual suyo, pues Nivardo lo había recibido de las fuentes sagradas, pidió devotamente al santo prelado lo mismo: que les diera a él y a sus hermanos un lugar donde vivir bajo la regla de los santos padres Benito y Columbano, para obtener la recompensa eterna. Así pues, cuando el célebre obispo, inspirado por Dios, deseaba con mayor anhelo llevar su pensamiento a la práctica y, con el común consentimiento de todo el concilio de prelados de la Galia reunido en Nantes por mandato del pontífice romano y con el favor del rey, había reconstruido la iglesia de un monasterio a orillas del río Marne, en el lugar llamado Villarii, establecido antiguamente pero destruido por los bárbaros, la iglesia que edificó se derrumbó por completo; y, reconstruida en otro lugar, se dice que volvió a derrumbarse. Pero el obispo, aunque comprendía con su aguda inteligencia que la voluntad divina disponía otra cosa, pensaba cómo cumplir su voto.

Por gracia de Dios sucedió un día, a mediodía, que volvía de la villa de Épernay, a donde había salido, acompañado por el mencionado abad Beracario. Al llegar a la colina llamada Hautvillers, le sobrevino divinamente un sueño tan intenso que de ningún modo podía pasar más allá de aquella colina. Pareciéndole conveniente descansar un poco, se apartó bajo el follaje de los árboles, reclinó la cabeza en el regazo de Beracario, que estaba sentado junto a él, y se quedó dormido. Entonces vio una visión de este género: abierto el cielo, un ángel enviado por Dios descendió de lo alto con figura de paloma blanca como la nieve y, sosteniendo sus alas en el aire, recorrió tres veces con su vuelo el espacio del bosque y toda la cima de la colina en un círculo de maravillosa hermosura, santificando todo el lugar con resplandor divino. Después de cada vuelta, que hizo tres veces, con suavísimo descenso y como con el aplauso del batir de sus alas, inspeccionaba el espacio donde se construiría; y, terminado el curso de su vuelo, recogió las alas y pareció posarse muy suavemente sobre una haya altísima, entre los demás árboles.

Cuando el obispo de Dios se maravillaba de esta hermosa visión, que había percibido clara y distintamente tres veces en contemplación espiritual, la sublimidad de la gloria angélica, bajo la misma figura de paloma, se elevó y fue recibida en el cielo abierto. Y él, siguiendo por el Espíritu aquella luz clara, disfrutó de un gran júbilo de alegría.

¡Oh alabanzas del bienaventurado obispo Nivardo, para cuyo deseo Dios obró este insigne milagro! ¡Oh devoción de aquella mente santa, que conversaba a menudo en los cielos, y por eso Cristo, admirado, mostró a su santo cosas celestiales en la tierra! ¿Con qué voz, con qué alabanzas te ensalzaré, bienaventuradísimo obispo? Tú, amante de la vida angélica, mereciste contemplar con una mente de suma hermosura el agradable esplendor de la gloria de los ángeles. Lleno de la iluminación de las maravillas divinas, te elevaste en el espíritu divino a la pureza de tan bienaventurada contemplación y viste la figura embellecedora de la paloma que procedía de los cielos.

La misma visión vio también despierto el mencionado Beracario, tal como el obispo la había visto en sueños. Al verla, aquel abad, compungido de corazón, comenzó a derramar lágrimas. El bienaventurado obispo despertó y halló su rostro mojado por las lágrimas del otro; al preguntarle la causa de su llanto, supo que lloraba por la ruina de su obra. Cuando ambos se contaron la causa, exultaron de modo inefable y glorificaron al Señor, por cuyo poder habían recibido plena certeza. ¡Bendito sea Dios, siempre presente a los deseos justos, que aprueba piadosamente en los cielos cuanto se dispone fielmente para él en la tierra!

8 Explicación de la visión angélica.

¿Qué otra cosa puede insinuar esta visión mostrada en triple figura y de algún modo significada por medio de un árbol, sino que Dios dispuso que los santos que allí habitarían luchasen en el buen combate para agradar al Dios uno y trino, hasta que, dejado el peso de la carne, fueran elevados a la morada de la patria celestial, donde, con la compañía de los ángeles y la luz perenne, gozaran de la bienaventurada alegría del único Dios verdadero y trino y fueran así colmados por la triple abundancia del gozo? ¿O que la providencia de Dios mostrase claramente cuán sagrado era aquel lugar que la iluminación divina consagraría por la presencia angélica, y que allí realizaría la recompensa de los hermosos vencedores; y asimismo que aquel lugar poseía una belleza decorosa y amable de benevolencia divina, bondad amorosa y virtud bienaventuradora? Además, para que nadie dudase de que aquel era el lugar mismo donde debía edificarse el templo de la santa iglesia, visitado de modo especial por Dios mediante un ángel, la paloma celestial se posó, por tercera vez tras triple recorrido, es decir, tras dar tres vueltas, sobre un solo árbol singularmente elegido.

9 Cómo edificó el monasterio en el mismo lugar donde vio la visión angélica y lo llamó Hautvillers.

Por tanto, el excelentísimo y distinguidísimo en la cumbre de la nobleza, el arzobispo Nivardo, gozándose sobremanera por la revelación angélica, buscaba diligentemente tener en esta vida a los ministros de Cristo por herederos para merecer ser hecho coheredero de Cristo en la futura. Así hizo a Cristo deudor suyo: emprendió con alegría esta obra y les dio los bienes de su propiedad en la región de los muertos, para que el Señor fuera su porción en la tierra de los vivos, como lo es por siempre. Lleno de gozo, quiso comenzar de inmediato la obra largamente deseada en el mismo lugar de la colina donde, dormido, había visto aquella maravillosa señal como oráculo.

Pero como la posesión de aquella colina pertenecía a cierto siervo de Dios llamado Bavo, que tenía allí un oratorio en honor de la Santa Cruz y vivía en él, le contó lo que había visto e intercambió el lugar por bienes de la iglesia de Reims. Aquel siervo de Dios, al conocer la visión y voluntad del obispo, le ofreció con toda libertad su propia posesión, así como parte de la de un hermano suyo llamado Badino. Respecto de otro, llamado Teuderamno, expuso el motivo: estaba enemistado con el conde Reolo, que después fue obispo de Reims, a causa de sus hijos, a quienes había matado en venganza de los suyos, que Reolo había hecho ahorcar por los robos que cometían. Entonces el señor Nivardo, eminente obispo, hizo las paces entre él y Reolo, que tenía por esposa a su sobrina, como ya dijimos. Así, Teuderamno, con el resto de sus hermanos, entregó aquella posesión a san Nivardo, recibiendo de él un intercambio. En seguida, el obispo, exultando en Cristo, derramó acciones de gracias al inspirador de todo bien y, mandando en nombre del Señor talar el bosque, puso, dentro del perímetro que sabía delimitado por la inspección del circuito angélico, es decir, por el vuelo de la paloma celestial, los cimientos necesarios para diversos usos. Allí donde advirtió que el ángel, bajo figura de paloma, se había posado sobre el árbol, edificó una iglesia en honor de san Pedro y de todos los apóstoles, encerrando en el altar el tronco del árbol talado. Ese tronco, rodeado de piedras, permanece dentro de aquel altar hasta hoy. También construyó otros dos monasterios: uno en honor de la santa Madre de Dios, María siempre Virgen, y el otro en veneración de san Juan Bautista.

10 Cómo amó y enriqueció aquel lugar, cómo hizo un privilegio para ese monasterio y, a petición de san Reolo y por amor al lugar, hizo monje allí a Gedeón, hijo de Reolo y de su sobrina, hija del rey Chilperico.

Cumplidas estas cosas por la gracia de Dios, el santo obispo deseó, con diligente celo y piadoso amor, enriquecer aquel lugar y hacerlo semejante a los lugares nobles; pues todas las posesiones que parecía haber tenido antes del episcopado las entregó a ese lugar. Le concedió multitud de servidores, numerosas fincas y los bienes de sus herencias. Le otorgó también muchos ornamentos eclesiásticos, adornó el lugar con oro y plata, lo hizo semejante en todo a los templos honrosos y, después del lugar del santo padre Remigio, lo constituyó segunda sede de la ciudad de Reims. Reunidos los siervos de Dios, puso al frente de ellos como abad a su pequeño hijo Beracario; allí también el mencionado Teuderamno se hizo monje. San Reolo, viendo el amor inmenso que el bienaventurado Nivardo profesaba a aquel lugar, pidió que su hijo Gedeón, nacido de la sobrina de san Nivardo, fuese hecho monje allí por persuasión de san Nivardo, y concedió una parte de sus bienes al mismo monasterio; el santo obispo lo exhortó asimismo a abrazar el hábito religioso. A petición del citado abad Beracario, otorgó además un privilegio al monasterio: que el propio obispo lo mantuviera bajo el señorío de su derecho mientras viviera; que, después de su muerte, el obispo de Reims gobernara aquel monasterio y defendiera a los mismos monjes contra todos los adversarios; y que los monjes tuvieran la facultad de elegir regularmente a su prelado, como se contiene en la redacción del privilegio.

Obtuvo también otro privilegio del rey Childerico y quiso que fuera escrito por mano del canciller real: que tanto en los palacios como en todos los tribunales les sirviera de defensa frente a los condes del reino y las diversas ciudades; que ningún conde, juez fiscal, centenario ni persona alguna investida de poder los molestara en asunto alguno, ni en los mercados públicos, ni en tributos, ni en el censo del poder real, ni en sus villas y fincas; y que no se hiciera allí exacción ni pesquisa, ni se celebraran pleitos, por enviados reales ni por duques o condes que existieran después de su muerte bajo el servicio de su hijo Clotario, de su sobrino Dagoberto o de cualquiera de su linaje en las generaciones venideras; sino que permanecieran libres, con plena seguridad en su monasterio, y oraran siempre por la alteza real.

Mientras vivió corporalmente, amó aquel lugar de manera singular, lo engrandeció, lo enriqueció y procuró honrarlo con inmenso amor. Pero cuando su santo espíritu ascendió a las alturas celestiales, dispuso que, tras su muerte, no fuera sepultado en ningún otro sitio y mandó que su venerable cuerpo fuera enterrado en aquel mismo lugar. El honor y la religión que allí había establecido entonces, con el favor de Dios, perduraron mucho tiempo y, por sus méritos, en parte perduran hasta hoy.

11 Sobre la honrosa perseverancia del santo y su santa muerte.

Por tanto, aquel hombre lleno de Dios, divinizado en las cosas divinas, que siempre pensaba en su mente las cosas santas y llevaba la intención de las cosas de Dios, permaneció, después de recibir la dignidad episcopal, como había comenzado, devoto en el servicio de Dios. Buscaba sin cesar la perla preciosísima que se compra con muchas gemas y tesoros de riquezas, y por don de Dios todopoderoso la mereció con dignos votos. Pues, porque el mejor hombre obra del mejor modo, este bienaventurado padre Nivardo, muy noble, vivió noblemente; y cuanto más se acercaba al fin de la vida, tanto más asiduo se mostraba en la obra. El Señor, que solía asistir siempre a sus siervos, le estaba presente en todo. Lo honraba en los trabajos, lo adornaba con virtudes, lo marcaba con santidad y lo elevaba a la gloria.

Antes de su tránsito, el bienaventuradísimo padre, aunque siempre había tenido esa costumbre, atendía aún más a los cantos divinos y tomaba más frecuentemente la modulación de los salmos. Decía, pues, con David: «¡Ay de mí, que se prolonga mi destierro!». Consideraba en su mente cómo era aquella región bienaventurada y con qué delicia moraban allí los santos; y saboreaba en el pensamiento, de algún modo, la dulzura deseable que aún no podía gustar en el cuerpo. Recordaba la sociedad celestial de los santos ángeles y de los hombres, y deseaba estar entre sus coros; recordaba la visión bienaventurada de Dios y decía: «¿Cuándo vendré y me presentaré ante el rostro de Dios?». Volvía su mente a la gloriosa ciudad de Sión y a la Jerusalén celestial, cuyas calles estarán cubiertas de oro, ciudad ella misma de oro puro, semejante a perlas preciosas y cristal limpio, donde no habrá noche y cuya lámpara es el Cordero, de la que ningún hombre bueno será excluido, sino que su pueblo será el pueblo de Dios y el Señor será su Dios para siempre. Lloraba abundantemente por estar desterrado de ella y, poseyendo entre lágrimas el anticipo y pequeña parte de tan gran gloria, la saludaba desde lejos con gozoso afecto; guardaba aquel tesoro celestial en la cámara interior de su mente y, establecido en la caridad y lleno del don del Espíritu Santo, contemplaba los rayos enviados desde el espejo de la Divinidad y la luz de la hermosura divina. ¡Cuántas veces halló reposo la gracia de Dios en la amplitud de su santo corazón! ¡Bendita la hermosura de su alma, bendito el templo de su mente, donde habitaba Dios! ¡Oh obispo glorioso, qué diremos, con qué dulzura, con qué riquezas, con qué abundancia fuiste alimentado! Finalmente, deseando con todo su anhelo estar en los cielos, habló con el mayor afecto del corazón: «Oh Señor Dios mío todopoderoso, luz verdadera y gozo perpetuo, arráncame del valle de lágrimas y, por el don de tu gracia, hazme llegar a tu deseable presencia».

Y puesto que sus dignísimas oraciones habían de recibir recompensa, mereció lo que pedía. Perdió las fuerzas y, rendido a la enfermedad corporal, permaneció así hasta que, más puro que el oro probado por el fuego y más blanco que la nieve, entregó por una muerte preciosa su santísima alma a los reinos estrellados, guiada a la diestra por los ángeles, donde permanece siempre como uno de los herederos de Dios con los coherederos de Cristo. Que amó continuamente el lugar de Hautvillers lo mostró también su final: se dice que murió en la iglesia de la santa Madre de Dios y Virgen perpetua María, que él mismo había construido en la colina de Hautvillers, en presencia de casi todos. Fue sepultado con todos los honores en la misma iglesia por sus ciudadanos, todo el clero y una grandísima multitud de monjes procedentes de diversos lugares de su diócesis. El gloriosísimo y bienaventuradísimo arzobispo de Reims, Nivardo, murió en las calendas de septiembre [1 de septiembre] y reina por siempre en gloria con Cristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

AQUÍ TERMINA LA VIDA DE SAN NIVARDO, EL ARZOBISPO.

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