1 Tengo tan grande confianza en la bondad de tu alma que no me contento con beber yo solo de su fuente purísima, sino que invito también a otros a refrescarse conmigo de su beneficio, sobre todo porque la generosidad extendida de este modo se convierte en ganancia del que da, y el que recibe queda tan enriquecido por el don que quien lo imparte no se ve en modo alguno disminuido. Antes bien, como un interés, crece con su desembolso, mi señor y hermano santísimo, digno de ser honrado sobre todos con la más alta estima.
2 Así cumplo el deber ineludible de la caridad, que enriquece a quien la paga en vez de disminuirlo, y me tomo la libertad de presentar una ocasión de buena obra encomendando a los que están en apuros. Confío en que mi petición contribuirá a tu mérito, y por ello no pude negarme a extender al portador de esta carta, que ha sufrido cautiverio en la región de Lyon, la misericordia que la compasión eclesiástica suele ofrecer a los afligidos. ¡Ojalá la generosidad de los fieles estuviera tan pronta como es evidente la urgencia de su necesidad! Y puesto que, aunque en cierto sentido es personalmente libre, permanece atado por la servidumbre de su mujer y sus hijos, os pido, estimadísimos, que mantengáis vuestra acostumbrada bondad ofreciéndole consuelo. Además, os pido que lo apoyéis con cartas dirigidas a sus superiores dondequiera que busque ayuda.
3 Mis compañeros de servicio en Cristo, especialmente mi estimadísimo hermano, el presbítero Memorio, gozan de buena salud junto conmigo. Que el Señor nuestro Dios conserve tu beatitud en su Iglesia para provecho de ella y te conceda una vida larga y próspera. Señor y hermano santísimo, estimado singularmente sobre todos, a quien honro con la más alta consideración.
