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A propósito de San José

·1329 palabras·7 mins

1 Ahora, amados hermanos, recibid con atención, silencio y tranquilidad la reflexión sobre el bienaventurado José, que reservamos para vuestra caridad del discurso de ayer, según vuestra costumbre.

2 El bienaventurado José, hermanos amadísimos, antes de gobernar el reino de Egipto con admirable sabiduría, primero se gobernó a sí mismo. Aunque era hermoso y de apariencia llamativa, no usó la belleza de su rostro para traer daño sobre otros, sino que la conservó como una gracia para sí mismo. Se consideraba tanto más hermoso cuanto probaba su atractivo no por la pérdida de la castidad sino por el cultivo del recato. Reconocía como verdadera belleza la que no cautiva los ojos de otros ni hiere las almas frágiles.

3 El pecado pertenecía a la mujer de su amo, que lo miró con malicia, no al bienaventurado José, que no deseaba ser erróneamente visto. No había falta en él por ser visto, pues no estaba en el poder de un siervo evitar la mirada de su señora. Más bien, era deber de su marido guardar los ojos de su esposa. Sin embargo, aprendan también los hombres a guardarse de los ojos de las mujeres, pues aun quien no desea ser amado puede ser amado contra su voluntad.

4 En efecto, José fue amado por una a quien rechazó. La Escritura lo defiende justamente, diciendo: «La mujer de su amo echó los ojos sobre José». Es decir, José no se exhibió ni sedujo a la mujer desprevenida. Más bien, ella echó sus redes y fue ella misma enredada por su propia trampa. Tendió sus lazos y fue atada por sus propias cadenas. Ella le dijo: «Acuéstate conmigo». Las primeras armas de una adúltera son los ojos; las segundas son las palabras. Sin embargo, quien no es capturado por los ojos puede resistir a las palabras.

5 José es irreprochable por haber entrado en su presencia y es alabado por haber escapado de ella. Valoró la pureza de su alma por encima de los vestidos de su cuerpo. Dejó atrás lo que la adúltera tenía en sus manos como si no fuera suyo, mostrando con ello que no era verdaderamente suyo sino que se había vuelto de otra al ser asido por manos impuras. En verdad, José fue un gran varón: aunque vendido a la esclavitud, preservó la nobleza de su espíritu. Aunque deseado, no correspondió en amor. Aunque requerido, no consintió. Aunque asido, huyó. Aunque la mujer de su amo se le enfrentó, pudo asir su manto pero no pudo capturar su corazón. No soportó por mucho tiempo sus palabras, estimándolas un contagio. Temiendo que los halagos de la lujuria pudieran alcanzarlo por medio de las manos de la adúltera, huyó, dejando atrás su manto. Desechó el crimen junto con su vestidura. Despojado de sus ropas, huyó—desvestido, pero no desnudo—pues aún estaba vestido con el vestido de la pureza. Pues en verdad, nadie está desnudo sino aquel a quien la culpa ha dejado al desnudo.

6 En los pasajes precedentes, leemos que después de que Adán transgrediera el mandamiento de Dios por desobediencia y cayera en la fiebre del pecado, se halló desnudo. Así, dijo: «Oí tu voz en el jardín, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí». Se reconoció desnudo porque había perdido el vestido de la protección divina. Así, se escondió, pues ya no vestía la túnica de la fe, que había desechado por su transgresión.

7 Aquí veis una gran verdad: Adán estaba desnudo, aunque no había perdido su vestidura física, mientras que José, aunque despojado de sus ropas, no estaba verdaderamente desnudo, pues abandonó solo la vestidura asida por la adúltera. La Escritura declara a Adán desnudo, pero no describe a José como tal. Más bien, José se despojó de su ropa pero no quedó al desnudo, pues preservó las incorruptibles vestiduras de la virtud. Al desechar su vestidura exterior, se despojó del hombre viejo con sus obras, para poder ser vestido del hombre nuevo, que es renovado en conocimiento según la imagen de su Creador. Por el contrario, Adán permaneció desnudo, incapaz de vestirse una vez más. Despojado de su singular privilegio, le fue dada una túnica de pieles, pues un pecador ya no podía vestir una vestidura espiritual.

8 Cuando José fue falsamente acusado, rehusó declarar culpable a la mujer de su amo, pues un hombre justo no sabe cómo acusar a otros. Así, ella actuó con impunidad en su desvergüenza. Ella, podría decirse, era la verdaderamente despojada—aunque se aferraba al manto de José—pues había perdido todo adorno de recato y toda vestidura de castidad en su alma. José, sin embargo, yo lo llamaría ricamente adornado y bien vestido, pues aunque su voz no fue oída, su inocencia habló por él. Igualmente, Susana después, al permanecer en silencio en su juicio, habló más elocuentemente por la sabiduría divina. Así, mereció la defensa del profeta, pues no buscó la ayuda de su propia voz.

9 Yo diría que José fue aún más bienaventurado cuando fue echado en la cárcel, pues soportó una suerte de martirio por causa de la castidad. La virtud de la pureza es un noble don, aun cuando es preservada sin peligro, pero es coronada más plenamente cuando es defendida a riesgo de la propia vida. José fue encarcelado como si fuera culpable de un crimen, aunque ninguna causa había sido oída contra él. Pero el Señor no lo abandonó aun en la cárcel. No es vergüenza para el inocente sufrir falsas acusaciones o ser entregado a la prisión cuando la justicia es oprimida. El Señor visita a los suyos aun en la cárcel—y tanto más cuanto mayor es el peligro. Sin embargo, ¿qué maravilla es que Cristo visite a los encarcelados, cuando declaró que Él mismo está encarcelado en sus siervos, como está escrito: «Estuve en la cárcel y no me visitasteis»?

10 ¿A dónde no llega la misericordia divina? José halló tal favor que, aunque había sido confinado en la cárcel, fue después hecho guardián de la prisión misma. En él fue prefigurado lo que después se cumplió en nuestro Señor y Salvador. Así como José, acusado y objeto de conspiración por la mujer de su amo, fue echado en la cárcel, así también Cristo, objeto de conspiración y acusado por la sinagoga, fue crucificado y descendió voluntariamente a la prisión del inframundo.

11 Mirad la semejanza: está escrito de José que era libre en la cárcel y tenía autoridad sobre los que allí estaban encarcelados. ¿Y qué está escrito de nuestro Señor y Salvador? «Me han puesto en la fosa más baja, en tinieblas y en la sombra de muerte. Soy contado entre los que descienden a la fosa; me he vuelto como quien está sin ayuda, abandonado entre los muertos, libre». Esto se cumplió más verdaderamente en Cristo, pues no solo tuvo poder sobre los presos en su confinamiento, sino que también reclamó con fuerza y gloriosamente de la misma prisión del infierno los despojos que el demonio había capturado. «Cuando ascendió a las alturas, llevó cautiva a la cautividad»—es decir, a aquellos a quienes el demonio había tomado para la muerte, Cristo los reclamó para la vida.

12 Por tanto, hermanos amadísimos, esforcémonos, con la ayuda de Dios, en la medida en que podamos, a huir de la intimidad peligrosa y sospechosa, siguiendo el ejemplo del bienaventurado José. De este modo, podremos preservar la belleza de la castidad, conforme a las palabras del Apóstol: «Huid de la fornicación». Contra los demás pecados, debemos combatir para salvaguardar la castidad; pero de este, debemos huir. Imitemos por tanto al bienaventurado José en el amor perfecto y la preservación de la castidad, para que nunca deseemos devolver mal por mal, aun a nuestros enemigos. Que así merezcamos preservar el adorno de la pureza en esta vida, de modo que seamos liberados de la deshonra eterna por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenecen el honor, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.

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