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El día del Señor al comienzo de la Cuaresma

·1345 palabras·7 mins

1 Nuestro Señor y Salvador nos exhorta y amonesta, por medio del profeta, acerca de la manera en que debemos venir a Él después de muchas negligencias, diciendo: «Venid, adoremos y postrémonos ante el Señor que nos hizo», y de nuevo: «Volveos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, llanto y luto».

2 Pues, hermanos carísimos, si lo consideramos atentamente, los días de la santa Cuaresma simbolizan la vida de este mundo presente, así como los días de Pascua prefiguran la bienaventuranza eterna. Y así como experimentamos una suerte de tristeza durante la Cuaresma para que podamos regocijarnos justamente en la Pascua, así también en este mundo, mientras vivamos, debemos practicar el arrepentimiento para que en el futuro recibamos el perdón de los pecados y alcancemos el gozo eterno. Sin embargo, cada uno debe suspirar por sus pecados, derramar lágrimas y dar limosnas de tal modo que, con la ayuda de Dios, se esfuerce también en evitar esos mismos pecados mientras viva. Pues así como nadie ha sido jamás, ni será jamás, enteramente sin faltas menores, así también debemos esforzarnos de todas maneras, por el don y la ayuda de Dios, en estar libres de los pecados graves.

3 Para obtener estas cosas, si en otros tiempos las distracciones del mundo nos mantienen ocupados, al menos durante los días de la santa Cuaresma meditemos en la ley del Señor día y noche, como está escrito, y llenemos así nuestros corazones de la dulzura de la ley divina, de modo que no dejemos lugar vacío de virtudes donde los vicios puedan echar raíces. Pues así como en el tiempo de la siega o de la vendimia, hermanos carísimos, recogemos lo necesario para sustentar nuestros cuerpos, así también en los días de Cuaresma, como en un tiempo de siega o vendimia espiritual, recojamos lo que pueda sustentar nuestras almas por la eternidad. Porque así como el negligente que nada recoge durante el tiempo de la siega o de la vendimia sufrirá hambre durante todo el año, así también quien falte en este tiempo de proveer y atesorar el trigo espiritual y el vino celestial mediante el ayuno, la lectura y la oración en los graneros de su alma, sufrirá la más terrible sed y la más cruel escasez por la eternidad.

4 Sabed con certeza, hermanos carísimos, que así como el cuerpo, después de muchos días sin alimento, se debilita, así también le sucede al alma si no es alimentada regularmente por la palabra de Dios. Y así como el cuerpo, por el hambre y la escasez, se vuelve delgado y seco, apareciendo como una mera sombra, así también el alma, si no es alimentada con el alimento de la palabra de Dios, se vuelve estéril, inútil e inhábil para toda buena obra. Considerad, hermanos carísimos, cómo preparamos cada año graneros, trojes y bodegas para que nuestros cuerpos tengan alimento para un año—¡cuánto más, pues, debemos atesorar lo que sustente nuestras almas por la eternidad! Por tanto, hermanos carísimos, sean puestas aparte las distracciones del mundo al menos en estos pocos días, pues según la Escritura, la negligencia conduce a muchos a la miseria. Sean apartados los placeres mundanos, sean rechazados los engañosos halagos de este mundo, llenos de veneno. Sean disminuidos los goces de la carne para que se preparen las ganancias espirituales para el alma, conforme a lo que está escrito: «¡Ay de vosotros, que reís ahora, porque plañiréis y lloraréis!», y «Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados».

5 Que el tiempo que el juego desenfrenado solía robarnos sea ocupado ahora con la lectura divina, y que las conversaciones de las Sagradas Escrituras tomen el lugar de los cuentos ociosos, las bromas mordaces y las dañinas calumnias. En las horas que solíamos pasar en la caza en detrimento de nuestras almas, visitemos en cambio a los enfermos, busquemos a los que están en prisión, acojamos a los forasteros y reconciliemos a los que están en discordia.

6 Si hacemos estas cosas, hermanos, podremos preparar sanación para nosotros mismos del mismo lugar de donde nos infligimos las heridas. Sobre todo, durante los días de ayuno, demos a los pobres lo que habríamos gastado en nuestras comidas habituales, no sea que alguno, en lugar de ayunar verdaderamente, pretenda preparar cenas y banquetes extravagantes con sabores exquisitos, pareciendo haber meramente cambiado en lugar de reducido su abundancia de comida. No hay provecho en observar un largo ayuno durante todo el día si después el alma es abrumada por el deleite o el exceso de comida. Pues cuando la mente se llena de indulgencia, la regada tierra de nuestro cuerpo producirá las espinas de la lujuria.

7 Que nuestro alimento, por tanto, sea moderado, sin permitir nunca que el estómago se llene excesivamente, y pensemos siempre más en el alimento del corazón que en el alimento del cuerpo. Pues hemos sido hechos en el hombre interior según la imagen de Dios, mientras que en la carne hemos sido formados del polvo de la tierra. Considerad, hermanos, si es justo que la carne, que fue hecha de la tierra, reciba alimento diariamente, mientras que el alma, que es la imagen de Dios, apenas recibe la palabra de Dios después de muchos días. Sin embargo, nos es mucho más conveniente honrar la imagen de Dios dentro de nosotros que nuestra propia carne. Los que piensan solo en la carne son como bestias y ganado, y los que viven de esta manera ya han desgastado la imagen de Dios dentro de sí mismos.

8 Que la carne, pues, sea gobernada como sierva, mientras que al alma, como a su legítima señora, se le da la preeminencia. Pero si actuamos de otro modo—si no reconocemos que fuimos hechos a imagen de Dios y nos preocupamos más por la carne que por el alma—temo que el Espíritu Santo nos reprenderá por medio del profeta, diciendo: «El hombre, cuando estaba en honra, no entendió; fue comparado a las bestias insensatas y se hizo semejante a ellas».

9 Escuchad gustosamente las lecturas de las divinas Escrituras en la iglesia, como es vuestra costumbre, y releedlas en vuestras casas. Si alguno está tan ocupado que no puede dedicarse al estudio de la divina Escritura antes de su comida, no dude en leer algo de los sagrados textos durante su comida, para que así como el cuerpo es alimentado con comida, el alma sea refrigerada por la palabra de Dios, y la persona entera—tanto exterior como interior—se levante del santo y saludable banquete plenamente saciada. Pues si solo el cuerpo es alimentado mientras el alma no es refrigerada por la palabra de Dios, entonces la sierva se sacia mientras la señora sufre hambre. Vuestra santidad no puede ignorar cuán injusto es esto.

10 Por tanto, como ya he dicho, debéis desear oír y leer las divinas Escrituras con tal afán que podáis hablar de ellas en vuestras casas y dondequiera que estéis, y aun enseñar a otros, rumiando la palabra de Dios como animales limpios mediante la meditación constante, de modo que podáis tanto absorber para vosotros mismos su esencia nutritiva—es decir, su sentido espiritual—como, con la ayuda de Dios, compartirla con otros. De este modo, cumpliréis lo que está escrito: «¡Y tu cáliz, que embriaga, cuán glorioso es!», y también lo que el bienaventurado Apóstol exhorta y amonesta: «Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios».

11 Si la salud lo permite, ayunad diariamente y levantaos con afán y fervor para las vigilias, conforme a lo que está escrito: «Mi espíritu vela por ti, oh Dios, día y noche», y de nuevo: «Por la mañana oraré a ti, Señor, y oirás mi voz», y de nuevo: «A medianoche me levanté para alabar tu nombre, oh Señor». A esto nuestro Señor y Salvador también nos exhorta y amonesta en el Evangelio, diciendo: «Velad y orad, para que no entréis en tentación». Que Él mismo nos lo conceda, a quien pertenecen el honor y el dominio con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

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