1 Por la benigna voluntad de Dios, hermanos carísimos, está cerca el día en que anhelamos celebrar con gozo el nacimiento del Señor y Salvador. Por tanto, os pido y exhorto, en la medida en que podamos, a trabajar con la ayuda de Dios para que en aquel día, con conciencia sincera y pura, corazón limpio y cuerpo casto, nos acerquemos al altar del Señor y seamos hallados dignos de recibir su Cuerpo y Sangre—no para juicio, sino como remedio para nuestras almas.
2 Pues nuestra misma vida depende del Cuerpo de Cristo, como el Señor mismo dijo: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». Por tanto, que el que desea recibir la vida cambie su manera de vivir. Pues si no cambia, recibirá la vida para su propia condena. En lugar de ser sanado por ella, será corrompido; en lugar de ser vivificado, será muerto. Pues el mismo Apóstol dijo: «Quien come el Cuerpo del Señor y bebe su Sangre indignamente come y bebe juicio sobre sí mismo». Y aunque conviene que estemos en todo tiempo adornados y radiantes de buenas obras, esto es especialmente cierto en el día de la Natividad del Señor. Como el Señor mismo dijo en el Evangelio: «Brillen vuestras obras ante todos los hombres».
3 Considerad, os rogamos, hermanos: cuando un hombre poderoso o noble desea celebrar su propio cumpleaños o el de su hijo, con qué diligencia, aun días antes, se asegura de que lo que esté inmundo en su casa sea limpiado a fondo, lo que sea inadecuado o indecoroso sea echado fuera, y lo que sea útil y necesario sea preparado. Si la casa está oscura, se encala; los suelos se barren bien, y las puertas se adornan con diversas decoraciones. Se hace todo esfuerzo por proveer cuanto contribuya al gozo tanto del alma como del cuerpo en la celebración.
4 ¿Por qué hace todo esto, hermanos carísimos, si no para que su cumpleaños sea celebrado con gozo? Si un hombre mortal prepara tales cosas para su propio cumpleaños o el de su hijo, ¡cuánto más—y con qué clase de preparativos—debéis haceros para celebrar la Natividad de vuestro Señor! Si preparáis tales cosas para quien está destinado a morir, ¿qué debéis preparar para Aquel que es eterno?
5 Por tanto, esforzaos con todas vuestras fuerzas para que lo que no querríais hallar en vuestra casa no lo halle Dios en vuestra alma. Ciertamente, si un rey terrenal o cualquier amo de casa os invitara a su banquete de cumpleaños, tendríais gran cuidado de presentaros con las mejores vestiduras—nuevas, inmaculadas y radiantes—sin rastro alguno de vejez, bajeza o inmundicia que pudiera ofender los ojos de vuestro anfitrión.
6 Por tanto, con todo el esfuerzo que podáis reunir, esforzaos—ayudándoos Cristo—en que vuestra alma sea adornada con diversas virtudes, compuesta de las joyas de la sencillez y las flores de la sobriedad. De este modo, podréis acercaros a la solemne fiesta del Rey eterno, es decir, la Natividad de nuestro Señor y Salvador, con conciencia pura—resplandecientes de castidad, radiantes de caridad y vestidos del brillo de la limosna. Pues si el Señor Cristo os halla así preparados para celebrar su nacimiento, Él mismo vendrá, no solo a visitar vuestra alma sino a permanecer en ella para siempre, aun morando dentro de ella, como está escrito:
7 «Andaré entre ellos y moraré entre ellos», y de nuevo: «He aquí, estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo».
8 ¡Cuán bienaventurada es aquella alma que, con la ayuda de Dios, ha procurado gobernar su vida de tal modo que es hallada digna de recibir a Cristo como huésped y Señor que mora en ella! En contraste, ¡cuán miserable es la conciencia—digna de ser llorada con un derramamiento de lágrimas—que se ha herido a sí misma con malas obras, se ha oscurecido con la mancha de la avaricia, se ha quemado con el fuego de la ira, se ha mancillado con la lujuria habitual y ha sido asolada por la tiranía de la soberbia, hasta el punto de que no Cristo, sino el demonio, viene a reinar dentro de ella!
9 Tal alma, a menos que reciba pronto el remedio del arrepentimiento, será abandonada por la luz y consumida por las tinieblas; será vaciada de dulzura y llenada de amargura, presa de la muerte y rechazada por la vida. Sin embargo, aun tal alma no debe desesperar de la misericordia del Señor, ni ser aplastada por una desesperanza excesiva. Más bien, que se vuelva rápidamente al arrepentimiento, y mientras las heridas de sus pecados están aún frescas y ardiendo, que aplique la medicina sanadora de la penitencia. Pues nuestro Médico es todopoderoso, y está acostumbrado a sanar nuestras heridas de tal modo que ni siquiera quedan las cicatrices.
10 Y así, amadísimos hermanos, así como en todo tiempo debéis abstenéros de concubinas adúlteras y miserables, así también debéis abstenéros de vuestras propias esposas por muchos días cuando pretendáis celebrar la Natividad del Señor o cualquier otra fiesta solemne. Sobre todo, huid de la embriaguez, resisted la ira como a la más feroz de las bestias, echad el odio de vuestro corazón como si fuera veneno mortal, y que haya en vosotros tan grande caridad que se extienda no solo a los amigos sino aun a vuestros enemigos. De este modo, podréis decir confiadamente en la Oración del Señor: «Perdónanos nuestras deudas», y lo demás.
11 Pues cualquiera que sabe que abriga odio hacia una sola persona—no sé cómo puede acercarse al altar del Señor con confianza, especialmente cuando el bienaventurado Juan Evangelista clama con palabras aterradoras, diciendo: «Quien odia a su hermano es un homicida». Ahora os toca juzgar si un homicida, antes de arrepentirse, debe presumir recibir la Eucaristía.
12 Además, San Juan añade y clama, diciendo: «Quien odia a su hermano está en tinieblas y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos». Y de nuevo, dice: «Quien no ama a su hermano permanece en la muerte». Y de nuevo: «Si alguno dice que ama a Dios pero odia a su hermano, es un mentiroso. Pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ha visto?».
13 Por tanto, quien abriga odio o ira en su corazón y permanece inmóvil e inconmovible bajo tan atronadoras advertencias—no está meramente dormido, sino que debe ser considerado como un muerto.
14 Por tanto, hermanos carísimos, tened siempre presentes estas cosas: los que son buenos deben, con la gracia de Dios, esforzarse por perseverar en la bondad. Pues no es el que comienza sino el que persevera en el amor de Dios hasta el fin quien será salvo.
15 Pero los que reconocen que son lentos para dar limosna, prontos para la ira y propensos a entregarse a los excesos, deben apresurarse, con la ayuda del Señor, a liberarse del mal para que sean hallados dignos de hacer el bien. De este modo, cuando llegue el Día del Juicio, no serán castigados junto con los malvados y los pecadores, sino que, por la misericordia del Señor, serán contados entre los justos y misericordiosos y así serán hallados dignos de alcanzar los premios eternos.
16 Esto es concedido por nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenecen el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
