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En Pentecostés

·1023 palabras·5 mins

1 Hoy, hermanos carísimos, todas las lecturas que se nos han presentado convienen perfectamente a la fiesta que celebramos. El salmo dice: «Restitúyeme el gozo de tu salvación, y sostenme con un espíritu generoso». El Evangelio proclama: «Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad». Y la Escritura de los Hechos de los Apóstoles declara: «Todos fueron llenos del Espíritu Santo».

2 Así, todo se ha cumplido y llevado a cabalidad. El salmo suplica la venida del Espíritu Santo, el Evangelio promete que vendrá, y la Escritura de los Hechos de los Apóstoles atestigua que en verdad ha llegado. Por tanto, nada falta en el plan divino presentado por las lecturas: en el profeta hay súplica; en el Evangelio, una promesa; y en los Hechos, el cumplimiento.

3 Respecto a este mismo Espíritu Santo, el bienaventurado Apóstol Pablo también atestigua, diciendo: «A uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento según el mismo Espíritu, a otro fe por el mismo Espíritu». Y continúa: «Todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, que reparte a cada uno en particular como quiere».

4 Pero quizá alguien diga ahora: «Si el Espíritu distribuye sus dones solo a quienes quiere, entonces el que no recibe un don está sin culpa, ya que la distribución de la gracia no depende del deseo del que recibe sino de la voluntad del que da». Esto es verdad, carísimos, pero es verdad de tal modo que debemos entenderlo aplicándose solo a las virtudes, no a la vida misma. Pues aunque no todos podemos poseer toda virtud, aunque las deseemos, todos podemos alcanzar la vida eterna—si la buscamos. Como está escrito: «Porque todo el que pide recibe, y todo el que busca halla».

5 La distribución de los dones excelsos y excepcionales depende de la voluntad y dispensación del Espíritu Santo. Pero la búsqueda de una buena vida depende de la fe y el esfuerzo humanos, pues de nuevo está escrito: «Todo el que pide recibe, y todo el que busca halla». Pida, pues, una persona con todo su corazón y busque con empeño, pues Aquel que te mandó buscar ciertamente concederá que halles. ¿Miente la Palabra divina? ¡Ciertamente no! Dice: «Llamad, y se os abrirá». ¿Por qué nos mandaría llamar si no tuviera intención de abrir la puerta a los que llaman? Aun entre los hombres no existe tal injusticia—una persona no pediría ser rogada si no tuviera intención de conceder la petición. En efecto, nadie desea ser suplicado a menos que haya decidido primero dar. Así, Dios, que desea dar a todos, quiere ser pedido por todos, diciendo: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis».

6 Pero quizá alguien diga: «Si todo el que pide recibe, entonces ciertamente si pedimos virtudes, también las recibiremos. ¿Por qué, pues, no habríamos de pedir virtudes, ya que podemos recibir lo que pidamos?» No es así, amados. Pues es arrogante y excede la condición del hombre exigir la gracia de las virtudes. La oración humana debe ser humilde, no presuntuosa, buscando solo la salvación, no la perfección. Como ningún ser humano puede estar sin pecado, ¡cuán descarado es que alguien pida virtudes cuando ni siquiera puede estar plenamente seguro del perdón!

7 Por tanto, le basta a una persona buscar la misericordia del Señor. Debe creer que ha obtenido la mayor gracia de las virtudes de Dios si ha podido alcanzar su perdón. Pues quien presuntuosamente pide algo recibe menos precisamente por presumir pedir cosas mayores.

8 Además, cuando una persona pide la gracia de las virtudes, aunque no ofenda a Dios por la presunción de su oración, aún puede poner en riesgo su unidad. Pues no es provechoso para todos poseer la gracia de ejercer virtudes. A algunos les va mejor permanecer en la humildad que hincharse con el orgullo de la santidad. Para algunos, la misma altura de la gracia es peligrosa. Quien no sabe mantenerse firme en un lugar elevado cae tanto más pesadamente cuanto más alto ha subido.

9 Así, el bienaventurado Apóstol dice: «Hay diversidad de dones» y, «Todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, que los distribuye a cada uno como determina». Con razón dice: «como determina», porque nada es mejor para una persona que lo que Él quiere. Pues la voluntad del Espíritu Santo sabe bien cómo distribuir sus dones. No hay nada más beneficioso que poseer una persona solo aquellas virtudes que el Espíritu Santo ha juzgado conveniente otorgarle.

10 Ciertamente, si alguien desea obtener la gracia de las virtudes, hay virtudes que puede inocentemente buscar. Que persiga la castidad, abrace la sobriedad, se aferre a la disciplina y ame la caridad. Pues con la gracia de Dios, todos podemos y debemos poseer estas virtudes. No debe creerse que las virtudes consisten solo en expulsar demonios, sanar enfermedades u otorgar salud corporal. Toda buena obra es una virtud. Si actúas rectamente cada día, si vives en santidad y justicia, cumples las obras de virtud diariamente.

11 Si alguien no puede expulsar un demonio de otra persona, que al menos expulse de sí mismo los vicios de la tentación demoníaca. Si no puede sanar la enfermedad corporal de otro, que sane la dolencia de su propia alma. A nadie se le exige otorgar la gracia de la sanación si no le ha sido dada por el favor divino. Nada mayor puede lograrse que si una persona es hallada digna de alcanzar la salud de su propia alma.

12 Después del trabajo de vuestras vigilias, no es conveniente que un largo sermón os fatigue más. Por tanto, quien sea espiritual y desee oír un discurso más completo sobre la divinidad del Espíritu Santo, que venga ansioso y fiel a la iglesia mañana, temprano y sediento de la Palabra. Pues cualquiera que descuide venir mostrará claramente que no es espiritual. Sin embargo, confiamos en la misericordia de Dios que la gracia del Espíritu Santo prevalecerá en vosotros sobre los afanes de este mundo—por el favor de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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