1 Os pido y exhorto, hermanos carísimos, que durante esta sagrada y legítima temporada, nadie presuma comer una comida de mediodía entre semana, excepto los domingos, a menos que quizá por una enfermedad que haga imposible el ayuno. Pues en los días ordinarios, el ayuno trae sanación o recompensa, pero durante la Cuaresma, dejar de ayunar es pecado. En otros tiempos, los que ayunan reciben misericordia; durante la Cuaresma, sin embargo, los que pueden pero no ayunan enfrentarán castigo.
2 Aun así, si alguien verdaderamente no puede ayunar, que se prepare comida para sí en privado, o, si hay otra persona que también está enferma, que compartan la comida juntos en su casa. Pero no deben invitar a los que están sanos y capaces de ayunar a comer con ellos. Pues si lo hacen, tanto Dios como los hombres reconocerán que no se abstienen del ayuno por genuina debilidad, sino por gula.
3 Bástele al que no puede ayunar que está dispensado por su debilidad. Sin embargo, aun cuando coma, que lo haga con tristeza, suspiros y dolor de corazón porque, mientras otros ayunan, él no puede. Lo que sea necesario para los enfermos, que se prepare discretamente ya para ellos mismos o para otro que esté igualmente indispuesto. Pero no deben invitar a ninguna persona sana a unirse a ellos para una comida, no sea que añadan el pecado de la gula ajena a su propia carga.
4 Sin embargo, porque no puede ayunar, debe ser aún más generoso en dar a los pobres. De esta manera, puede redimir los pecados que no puede sanar mediante el ayuno ofreciendo limosna en su lugar. El ayuno es bueno, hermanos, pero dar limosna es aún mejor. Si alguien puede hacer ambas cosas, es una doble bendición. Sin embargo, si no puede, es mejor dar limosna. Si una persona no puede ayunar, la limosna sola basta; pero el ayuno sin limosna no aprovecha en absoluto.
5 Por tanto, si alguien no puede ayunar, la limosna sin ayuno sigue siendo buena. Pero si es capaz de combinar el ayuno con la limosna, es un doble bien. (El ayuno, sin embargo, sin limosna no vale nada), a menos, por supuesto, que alguien sea tan pobre que no tenga absolutamente nada que dar. Pues a los que nada tienen que ofrecer, les basta un corazón dispuesto, como está escrito: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
6 Pero ¿quién podrá excusarse, cuando el Señor ha prometido recompensar aun un vaso de agua fría dado en su nombre? ¿Y por qué especificó agua fría? Es para que nadie pueda excusarse por falta de leña ni alegar que no tiene recipiente para calentar el agua. Además, por medio del bienaventurado profeta, hermanos carísimos, el Señor nos anima y manda dar limosna de tal modo que casi nadie, por pobre que sea, pueda justificar no hacerlo. Pues dice: «Este es el ayuno que he elegido—dice el Señor—: Comparte tu pan con el hambriento».
7 No dijo dar el pan entero, sabiendo que la persona pobre ella misma puede no tener nada más. En cambio, dice: «comparte»—significando, aunque tu pobreza sea tan grande que solo tengas un pan, rómpelo por la mitad y da parte de él al pobre. Y añade: «Mete en tu casa a los sin techo y afligidos». Si alguien es tan pobre que no puede ofrecer comida al necesitado, que al menos prepare un pequeño rincón en su casa con un lecho para un forastero errante.
8 ¿Qué diremos a estas cosas, hermanos? ¿O qué excusa podremos ofrecer, nosotros que tenemos casas grandes y espaciosas, y sin embargo apenas nos dignamos acoger a un forastero? En verdad, no reconocemos—no, no creemos—que en cada forastero, el mismo Cristo es recibido. Como Él mismo dijo: «Fui forastero, y me acogisteis» y «Lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, me lo hicisteis a mí».
9 Nos parece cansado y gravoso recibir a Cristo en los pobres en nuestra propia patria. Temo que Él nos pague en la misma moneda, y que no nos reciba en su bienaventuranza. Lo despreciamos en este mundo—me temo que igualmente nos desprecie en el cielo, según sus propias palabras: «Tuve hambre, y no me disteis de comer; fui forastero, y no me acogisteis» y «Lo que no hicisteis por uno de los más pequeños de estos, no me lo hicisteis a mí». Y, hermanos, que Dios aparte de nosotros lo que sigue después, pues Él entonces añadió: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles».
10 Por tanto, hermanos carísimos, no oigamos estas palabras fugazmente o solo con los oídos del cuerpo, sino escuchemos con fe. Y habiendo oído, enseñemos también a otros—tanto con palabra como con ejemplo—a asirse a ellas y ponerlas en práctica. ¿Qué dijo el Señor por medio del profeta después de esto? «Si ves al desnudo, vístelo».
11 No juzgo a nadie respecto a este mandamiento—que cada uno examine su propia conciencia. Sin embargo, me acuso y reprocho a mí mismo, pues quizá ha sucedido a veces, por negligencia, que las pequeñas vestiduras que debieron haber sido dadas a los pobres fueron en cambio devoradas por las polillas. Y temo que en el Día del Juicio, esos mismos harapos sean sacados como evidencia contra mí, según aquella terrible reprensión del apóstol Santiago: «Venid ahora, ricos, llorad y lamentaos por las miserias que os sobrevienen. Vuestras riquezas se han podrido, y vuestras vestiduras están comidas de polilla. Vuestro oro y vuestra plata se han oxidado, y su óxido será evidencia contra vosotros, y comerá vuestra carne como fuego. Habéis atesorado tesoros sobre la tierra. Habéis vivido en lujo e indulgencia en el día de la matanza».
12 Todas estas cosas, hermanos carísimos, aunque pueden aterrarnos grandemente—como en verdad deben—no deben llevarnos a desesperar de la misericordia de Dios. Pues aun ahora, yo y otros como yo que han sido negligentes podemos, con la ayuda de Dios, enmendar nuestros caminos—si así lo deseamos. Seamos más generosos en la limosna, que hasta ahora hemos practicado con demasiada escasez. Y por nuestros pecados pasados, supliquemos, con dolor y lamentación, y con esperanza de restauración, encarecidamente la misericordia de Dios.
13 Por tanto, como ya hemos sugerido, hermanos carísimos, que la riqueza de nuestra limosna acompañe y encomiende nuestro ayuno. Pues el ayuno sin limosna es como una lámpara sin aceite. Así como una lámpara encendida sin aceite puede producir humo pero no puede dar luz, así también el ayuno sin limosna puede afligir el cuerpo, pero no ilumina el alma con la luz de la caridad.
14 Mientras tanto, mientras aún tenemos la oportunidad, hermanos, ayunemos de tal modo que las comidas a las que renunciemos sean distribuidas a los pobres. Pongamos la comida que habríamos comido no en nuestras propias bolsas, sino en los estómagos de los pobres, pues la mano del pobre es el tesoro de Cristo. Lo que ellos reciben no se pierde en la tierra sino que se atesora en el cielo. Pues aunque la comida dada a los pobres es consumida, la recompensa de la buena obra se conserva en el cielo. Si, en cambio, nos esforzamos en gastar nuestras comidas en sabores extravagantes y abundantes platos en la cena, entonces no solo no estamos privando a nuestros cuerpos de indulgencia, sino que realmente la estamos duplicando. Y así como de este modo el cuerpo nada pierde, así también el alma nada gana.
15 Hermanos, ofrezco esta exhortación no porque sospeche algo malo de vosotros, sino por solicitud. Sé, sin embargo, que muchos de vosotros, por la gracia de Dios, regularmente mostráis hospitalidad a los forasteros y frecuentemente dais limosna a los pobres. Por tanto, mi ánimo está destinado a estimularos: que los que ya hacen tales obras hagan aún más. En cuanto a los que aún no han comenzado o que quizá han sido lentos en hacerlo, que adopten esta santísima y agradable a Dios práctica como hábito regular.
16 Y aunque creo que, por inspiración de Dios, vuestro amor ya observa la castidad durante varios días antes de las fiestas que se acercan (aun con vuestros propios cónyuges), aun así, aunque esta ya sea vuestra costumbre, os lo recuerdo por deseo de caridad. Os animo a mantener la castidad, con la ayuda de Dios, durante toda la temporada de Cuaresma hasta la conclusión de la Pascua. Así, cuando lleguéis a esa sacratísima celebración pascual, estaréis revestidos de la luz de la caridad, adornados con el esplendor de la limosna, y decorados con las celestiales y espirituales perlas de la oración, las vigilias y el ayuno. De esta manera, no solo con vuestros amigos sino también con vuestros enemigos, podréis estar en paz, y con una libre y clara conciencia, acercaros al altar del Señor. Entonces, recibiendo su Cuerpo y Sangre no para vuestra condenación, sino para vuestra sanación, participaréis de este santo sacramento.
17 Pero cuando hablo de la limosna, que no se turben los que están en la pobreza. Pues el que hace lo que puede ha cumplido todo, ya que una perfecta voluntad de dar es contada como la obra misma. Sin embargo, solo la persona que esté dispuesta a ver a cada pobre como a sí misma podrá cumplir esto. Que dé al pobre tal como desearía recibir si estuviera en la misma necesidad. Quien haga esto cumplirá los preceptos tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento, guardando así el mandamiento evangélico: «Todo lo que deseéis que los demás os hagan, hacédselo también a ellos; pues esta es la ley y los profetas».
18 Que el Señor mismo, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos, nos conduzca por su protección a esta ley de verdadera y perfecta caridad. Amén.
