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Sobre la Natividad de San Esteban

·1364 palabras·7 mins

1 La lectura de los Hechos de los Apóstoles, que nos ha sido leída hoy, hermanos carísimos, aunque ciertamente encierra gran maravilla en su misma apariencia, no obstante contiene no menor dignidad en su misterio. «He aquí—dijo el bienaventurado Esteban—, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios». Considerad atentamente, hermanos carísimos: cuando el bienaventurado mártir vio a nuestro Señor Jesucristo de pie a la diestra de Dios Padre, ¿por qué testificó que veía al Hijo del Hombre en lugar del Hijo de Dios? ¿No habría parecido conferir mayor honor al Señor si hubiera dicho que lo veía como Hijo de Dios en lugar de como Hijo del Hombre? Pero cierta razón requería que fuera revelado en el cielo y proclamado en la tierra de esta manera. Pues todo el escándalo de los judíos residía en esto—que nuestro Señor Jesucristo, quien según la carne era el Hijo del Hombre, era también dicho ser el Hijo de Dios. Por tanto, la divina Escritura hermosamente registró que el Hijo del Hombre estaba de pie a la diestra de Dios Padre, para que el mismo que era negado por los incrédulos en el mundo fuera revelado al mártir en el cielo, y la verdad celestial diera testimonio de Aquel a quien la impiedad terrenal rehusó creer.

2 Así, aunque, según el Salmo que fue leído, «Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos», si puede hacerse alguna distinción entre los mártires, él parecería preeminente entre todos, pues fue el primero. Porque aunque San Esteban fue ordenado diácono por los Apóstoles, precedió aun a los mismos Apóstoles en bienaventurada y triunfal muerte. Así, el que era menor en rango se convirtió en el primero en el sufrimiento, y el que era discípulo por posición se convirtió en maestro por el martirio, cumpliendo lo que el bienaventurado profeta dijo en el Salmo que fue leído: «¿Qué retribuiré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?». Pues San Esteban, el mártir, fue el primero en desear recompensar al Señor por lo que él, junto con toda la humanidad, había recibido del Señor. La muerte que el Salvador se dignó sufrir por todos, él fue el primero en rendírsela al Salvador.

3 Después de esto, la Sagrada Escritura añade y dice: «Se puso de rodillas y clamó, diciendo: “Señor, no les imputes este pecado”». Mirad, hermanos carísimos, el corazón de este bienaventurado varón; mirad su gran y maravilloso amor. Estaba en medio de la persecución, y sin embargo oraba al Señor en favor de sus perseguidores. Bajo una lluvia de piedras—cuando otro habría olvidado aun a sus más queridos—estaba encomendando a sus enemigos al Señor. Pues ¿qué dijo mientras era apedreado? «Señor, no les imputes este pecado». En aquel momento, se afligía más por sus pecados que por sus propias heridas; plañía más por su maldad que por su propia muerte. Y justamente. Pues en su impiedad había mucho que lamentar, mientras que en su muerte no había nada que plañir. Su impiedad conducía a la muerte eterna, mientras que su muerte conducía a la vida sempiterna.

4 Imitemos, por tanto, hermanos carísimos, de algún modo la fe de tan gran maestro, el amor de tan glorioso mártir. Amemos a nuestros hermanos en la Iglesia con el mismo espíritu con que él entonces amó a sus enemigos. Pero, lo que es peor, a veces no solo dejamos de amar a nuestros enemigos, sino que ni siquiera permanecemos fieles a nuestros amigos. Sin embargo, alguno podría decir: «No puedo amar a mi enemigo, a quien soporto diariamente como adversario cruelísimo». ¡Oh quienquiera que seas, te fijas en lo que el hombre te ha hecho a ti, pero no consideras lo que tú has hecho a Dios! Pues cuando has cometido pecados mucho más graves contra Dios, ¿por qué no perdonas a un hombre su pequeña ofensa, para que Dios te tenga por digno de ser enteramente perdonado?

5 Recuerda lo que la Verdad misma te ha prometido en el Evangelio y qué clase de seguridad te ha dado, o más bien, qué pacto ha hecho contigo: «Pues si perdonáis a otros sus pecados, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a otros, tampoco vuestro Padre perdonará vuestros pecados». Veis, hermanos, que por la gracia de Dios ha sido puesto en nuestro poder cómo seremos juzgados por el Señor. «Si—dice—perdonáis, seréis perdonados». He dicho esto a menudo, hermanos, y debo decirlo aun más frecuentemente: que nadie se engañe a sí mismo ni sea extraviado, pues quienquiera que abrigue odio contra aun una sola persona en este mundo perderá todo lo que ofrece a Dios en buenas obras. Pues está escrito: «Quien odia a su hermano es un homicida». En este pasaje, «hermano» debe entenderse como referente a todo ser humano, pues todos somos hermanos en Cristo. Por tanto, que nadie presuma de su virginidad sin caridad, que nadie confíe en su limosna, ayuno u oraciones, pues mientras guarden enemistad en su corazón, no podrán agradar a Dios con estas ni con ninguna otra buena obra. Pero si alguno desea tener a Dios por juez misericordioso, que no rehúse atender este buen consejo. Que escuche—no a mí, sino a su Señor mismo: «Si estás ofreciendo tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí ante el altar, ve primero y reconcíliate con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu ofrenda». Sin embargo nosotros, guardando rencores dentro y trazando engaños en nuestros corazones, presumimos acercarnos al altar como si tuviéramos buena conciencia, no temiendo lo que está escrito: «Quien come el cuerpo del Señor y bebe su sangre indignamente come y bebe juicio sobre sí mismo».

6 Pero alguno puede decir: «Es una gran dureza amar a un enemigo y orar por los perseguidores». No lo negamos, hermanos. En verdad, no es pequeño esfuerzo en este mundo, pero la recompensa en el próximo es grande. Pues amando a tu enemigo, te vuelves amigo de Dios—en verdad, no solo amigo sino también hijo, así como Él mismo dijo: «Amad a vuestros enemigos» y lo demás. Si un hombre poderoso y rico en este mundo quisiera adoptarte por hijo, ¡con qué afán le servirías! ¡Qué indignidades, aun de sus criados, qué tareas duras y a veces aun vergonzosas soportarías para ganar su fugaz y frágil herencia! Pues entonces, lo que otro soporta por causa de la riqueza terrenal, tú debes soportarlo por causa de la vida eterna. Somos convencidos por el más claro razonamiento: ciertamente podríamos soportar injurias por causa de Dios, pero rehusamos.

7 Por ejemplo, si algún poderoso nos injuria, aun nos insulta a la cara, no nos atrevemos a responder duramente—y mucho menos a buscar venganza. ¿Y por qué? Porque tememos sufrir un daño aún mayor de ese poderoso. El temor del hombre nos compele a soportar, pero ¿no debería el amor de Cristo exigirnos aún más? Si, por tanto, un poderoso se ensaña contra nosotros, permanecemos en silencio y no nos atrevemos a decir una palabra. Pero si alguien igual a nosotros—o peor, alguien de condición inferior—ofrece aun un leve insulto, nos levantamos como bestias salvajes, sin paciencia ni pensamiento alguno de Dios. O nos vengamos inmediatamente o preparamos nuestros corazones para una represalia aún mayor. ¿Qué significa esto? ¿Que cuando un poderoso nos insulta, lo soportamos pacientemente, pero cuando lo hace alguien inferior, nos inflamamos de ira incontenible? Es porque donde tememos al hombre, rehusamos temer a Dios.

8 Por tanto, os ruego, hermanos, que en la medida en que podamos, con la ayuda de Dios, preparemos nuestros corazones para la paciencia y nos esforcemos en actuar como médicos hacia todos, aun los malvados, odiando no a las personas mismas sino su malicia. Oremos por los buenos, para que asciendan siempre a mayor virtud, y por los malvados, para que se conviertan rápidamente a la corrección de sus vidas y busquen el remedio sanador del arrepentimiento. Que Él mismo nos conceda esto mientras oramos, Aquel que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos. Amén.

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