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Sobre la Natividad del Niño Inocente

·1707 palabras·9 mins

1 Hoy, hermanos carísimos, celebramos la fiesta de aquellos infantes que el relato evangélico nos dice que fueron degollados por el rey Herodes. Por tanto, regocíjese nuestra tierra, madre de estos celestiales soldados y rica en tan grandes virtudes, con la más alta exultación. He aquí, el profano enemigo nunca pudo haber beneficiado tanto a estos bienaventurados pequeños mediante el favor como lo hizo mediante el odio. Pues, como la sacratísima fiesta de este día manifiesta, cuanto más abundó la iniquidad contra estos bienaventurados niños, tanto más resplandeció en ellos la gracia de la bendición. Como oímos hace un momento, cuando el rey Herodes buscó matar a Cristo, miles de afortunados niños fueron degollados, como declara el profeta: «Raquel llorando por sus hijos y negándose a ser consolada, porque ya no existen». ¡Oh bienaventurada madre de guerreros triunfantes, ilustre patria de estos combatientes, rica en tantas prendas, pareciste por un momento quedar desolada ante tus ojos, sin embargo nunca necesitas consuelo ni lloras por los hijos que, al perderlos, ganaste para la supresión del dolor! Bienaventurada eres, ¡oh Belén!, tierra de Judá, que soportaste la crueldad del rey Herodes en la matanza de tus hijos, pues a un mismo tiempo mereciste ofrecer a Dios una resplandeciente hueste de la inocencia de la infancia.

2 Celebramos justamente el nacimiento de aquellos a quienes el mundo ha dado a luz a la vida eterna, pues son más bienaventurados que los nacidos del seno de sus madres, ya que alcanzaron la dignidad de la vida eterna antes de poder siquiera experimentar la presente. La muerte de otros mártires fue preciosa porque ganaron alabanza por su confesión de fe, pero estos infantes fueron perfeccionados en su consumación, pues en el mismo comienzo de sus vidas, el instante mismo de su tránsito se convirtió en el inicio de su gloria. El mismo que puso fin a sus vidas terrenales les concedió el comienzo del honor eterno—esos infantes arrancados de los pechos de sus madres por la crueldad de Herodes. Justamente son llamados las «flores de los mártires», pues brotaron en medio del frío de la incredulidad, y la helada de la persecución los maduró como las primeras gemas en botón de la Iglesia. Por tanto, conviene que ofrezcamos ceremonias de honor, no de dolor, por estos infantes degollados por Cristo, y que hagamos votos en sagrada devoción en lugar de llorar con tristeza, pues Aquel que fue la causa de su sufrimiento es también la fuente de su corona, Aquel que fue la razón de su persecución es igualmente el dador de su recompensa. Cuando Herodes planeaba la matanza de los pequeños, José fue avisado por un ángel de llevar a Cristo el Señor a Egipto. Egipto estaba lleno de ídolos, sin embargo, después de la persecución de los judíos y con la aprobación de un pueblo profano en su intento de matar a Cristo, el Señor se dignó ir a los gentiles, que eran devotos de los ídolos, abandonando Judea y dándose a conocer a un mundo que aún no lo reconocía.

3 Y puesto que sabemos por las divinas Escrituras que los hombres buenos y justos siempre han sufrido persecución de los malvados, si consideramos cuidadosamente, hallamos que los que cometen persecución sufren mayor castigo que los que parecen soportarla. Pues toda persona que persigue a otra en el cuerpo es sabido que primero soporta persecución dentro de su propio corazón.

4 Pues aunque el perseguidor quite algo de la sustancia del que oprime, se causa mayor pérdida a sí mismo, pues nadie gana provecho injusto sin sufrir justa pérdida. Donde hay ganancia, hay también pérdida—ganancia en el cofre, pero pérdida en el corazón. Toma una vestidura pero pierde la fe; adquiere dinero pero pierde la justicia. Sin embargo, la gente hace estas cosas porque se niega a considerar el último día.

5 Si estuvieran dispuestos a pensar constantemente en el día de su muerte, refrenarían sus almas de toda avaricia y malicia. Pero como ahora se niegan a pensar en ello de un modo que les sería beneficioso, después tendrán que soportarlo sin remedio alguno. Pues el último día vendrá sobre ellos; el día del juicio vendrá, cuando ya no podrán aumentar sus riquezas ni redimirse de la muerte eterna mediante buenas obras. Pues el pecador es golpeado aun con este castigo: que al morir, se olvida de sí mismo, así como, mientras vivía, olvidó a Dios.

6 El día del juicio vendrá, cuando «los fundamentos de los montes serán sacudidos, y la tierra arderá hasta las profundidades de abajo», cuando «los cielos serán disueltos en llamas», cuando «el sol se oscurecerá, y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo». Entonces los malvados y los impíos serán arrojados «al horno de fuego, y el humo de su tormento subirá por los siglos de los siglos». «Allí habrá llanto y rechinar de dientes».

7 Por tanto, hermanos amados, vendrá un tiempo en que ninguna persona buena sufrirá mal, y ninguna persona mala experimentará bien. El último día vendrá, digo, cuando los piadosos serán separados de los impíos, los justos de los injustos, los que alaban a Dios de los que lo blasfeman. Serán separados para que, como se ha dicho, ninguna persona buena sufra daño, y ninguna persona mala encuentre bienestar.

8 ¿Por qué, pues, es a veces de un modo y a veces de otro? ¿Por qué es que lo que ahora está oculto será entonces revelado? Leed la divina Escritura, entrad conmigo—si podéis—en el santuario de Dios. Quizá allí, si puedo, os enseñaré. Más bien, aprendamos juntos de Aquel que me enseñó: aun ahora, no le va verdaderamente bien al malvado, y es mejor ser bueno que ser malo, aunque la plena felicidad de los justos aún no ha llegado, ni el castigo final de los malvados. Si atendéis cuidadosamente a la ley de Dios, quizá entenderéis conmigo que no le va bien al malvado.

9 Os pregunto, pues, y os interrogo: ¿por qué es que sufrís? Me responderéis: la pobreza oprime, la adversidad agobia, quizá el dolor corporal aflige, o el temor de un enemigo os atormenta. Creéis que sufrís porque soportáis desgracias, ¿y pensáis que le va bien a alguien que sufre su propia maldad? Hay una gran diferencia entre sufrir el mal y ser malo. Pero vosotros no sois lo que sufrís. Soportáis el mal, sin embargo no sois malos. Sin embargo, esa otra persona no sufre el mal, y sin embargo es mala. No os engañéis, pues. No puede ser que vosotros, que sufrís desgracia, estéis en peor estado que uno que es malvado. ¿Pensáis que porque él no sufre males externos, no sufre en absoluto, cuando en verdad se sufre a sí mismo? Sufrís por un mal externo que aflige vuestro cuerpo, ¿y sin embargo pensáis que le va bien a quien sufre el mal de sí mismo dentro de su alma? Lucháis, quizá, con una vida difícil, ¿y sin embargo pensáis que le va bien al que tiene un alma corrompida?

10 Sed buenos, pues, ya que tenéis lo que es bueno. La riqueza es buena, el oro es bueno, la plata es buena, las familias son buenas, y las posesiones son buenas. Todas estas cosas son buenas, pero solo en la medida en que os permiten hacer el bien. Poseed cosas buenas que os hagan buenos, no aquellas que os hagan malos. Preguntáis: «¿Qué son estas cosas?». Actuad con justicia y rectitud. Las cosas que poseéis son buenas—sed, pues, buenos entre ellas. Avergonzaos de ser malvados estando rodeados de cosas buenas, no sea que perezcáis con ellas.

11 Así, el Creador y Gobernador de todas las cosas ha distribuido el oro y la plata a la humanidad de tal modo que son buenos en sí mismos por su propia naturaleza y clase. Sin embargo, su abundancia no debe ensalzar a los buenos ni su carencia aplastarlos. Pero para los malvados, la riqueza los ciega cuando la reciben y los atormenta cuando les es quitada. Pues cuando las riquezas son ganadas, traen un falso gozo; cuando son perdidas, dejan tras sí un verdadero dolor.

12 Aprendamos, por tanto, a amar las verdaderas riquezas—esto es, la castidad, la justicia, la paz y la misericordia. Estas son llamadas «riquezas justas» porque son dadas como recompensa por las buenas y rectas obras. También son llamadas «verdaderas riquezas» porque quien las posee nunca estará en necesidad, pues, como dice el Apóstol: «Si tenemos alimento y vestido, con esto estaremos contentos».

13 Es, por tanto, erróneo considerar la riqueza terrenal como verdaderas riquezas, pues no eliminan la pobreza. De hecho, cuanto más una persona las ama y acumula por avaricia, mayor será su pobreza. ¿Cómo pueden ser llamadas riquezas cuando su aumento solo conduce a mayor necesidad? ¿Cómo pueden ser verdadera riqueza cuando, cuanto más abundan, no satisfacen a sus poseedores sino que inflaman sus deseos?

14 ¿Llamáis rico a ese hombre que estaría menos necesitado si poseyera menos? Como bien dijo un poeta:

15 «El amor al dinero crece tanto como el dinero mismo aumenta».

16 Pues con el aumento de la riqueza, crece la locura de la codicia. En verdad, todos los que son avaros o codiciosos parecen sufrir una especie de hidropesía. Así como una persona con hidropesía tiene más sed cuanto más bebe, así también el avaro o codicioso se pone en peligro adquiriendo más y nunca se satisface en su búsqueda de riqueza.

17 Pero nosotros, hermanos, recordando que somos forasteros y peregrinos en este mundo, debemos reservarnos solo lo necesario para alimento y vestido en este viaje de la vida. En la medida en que podamos, dirigamos nuestra riqueza hacia la felicidad eterna dando limosna a los pobres. Entonces, cuando en el Día del Juicio los codiciosos y avaros, por su falta de buenas obras, merezcan oír: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno», nosotros podamos en cambio ser hallados dignos de oír: «Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Pues tuve hambre, y me disteis de comer; estuve desnudo, y me vestisteis».

18 Que el Señor, bajo su protección, nos conduzca a esta bienaventuranza, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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