1 San Wyro, oriundo de Escocia, avanzando en edad y santidad por el orden de los grados canónicos, y floreciendo ante Dios como la palmera, multiplicado como un cedro en la casa del Señor, fue hecho amado de Dios y de los hombres. No fue quebrantado en las adversidades ni exaltado en las prosperidades; no se fatigaba con las sagradas vigilias, se alimentaba de oraciones, se alegraba con los ayunos: ni ningún juicio de las cosas mudaba el lugar de su propósito, deseando emular la religión de la santidad de los santos padres. No mucho después, la iglesia de aquella tierra quedó falta del consuelo del cuidado pastoral, y pronto por la concorde voz de todos, Wyro es designado para el oficio de pastor, y el clero con el pueblo clamaba a una que ningún otro era pedido del cielo, ni debía ser llamado otro alguno al patrocinio de la nación emparentada. Pero San Wyro, no codicioso del honor perecedero, persistiendo en la fuerza de la humildad, clamaba en contra, diciendo que le convenía más ser discípulo que estar como maestro.
2 Ahora bien, era costumbre entre los habitantes de la misma isla dirigir a Roma a un pastor elegido por ellos mismos, para ser ordenado por manos apostólicas y, una vez ordenado, revisitar su sede y su pueblo. ¿Qué más? Aunque resistió largo tiempo, sin embargo vencido por las oraciones del pueblo suplicante, se encaminó hacia Roma—no por ambición de dignidad terrenal, sino por deseo de una largamente deseada peregrinación. Y fueron hechos compañeros de su camino y voto, Plechelm el sacerdote y Otger el diácono, venerables en virtud, no de mayor edad ni de mucho menor mérito. Y así el santo varón, emprendiendo más seguramente con estos compañeros el viaje comenzado, los tres juntos llegan a Roma por próspero curso con Cristo su caudillo, oprimen los umbrales de los apóstoles Pedro y Pablo con labios impresos, riegan el mármol del pavimento con lágrimas, asedian los altares con oraciones y votos, y frecuentan los lugares santos con constante acudida: ni sus gemidos ni su petición fueron excluidos del oído divino.
3 Pues el señor apostólico, sabidas estas cosas así, ordenó que el bienaventurado Wyro fuera llamado a él. Percibiendo en su rostro, discernió lo que había en su corazón, y pronto su alma se regocijó en el abrazo de un santo beso, no sin lágrimas, como de las conmovidas entrañas de piedad. Al fin, teniendo un modesto discurso, el papa comenzando primero preguntó en orden su nombre, su país y el curso de su propósito. Y San Wyro, desplegando la suma de su embajada y descubriéndole en orden el propósito de su voluntad y peregrinación, postrado a sus pies le rogó humildemente que no diera su asentimiento a ser promovido al episcopado. Pero el señor apostólico no se doblega por peticiones de esta clase; eligiendo más bien proveer para el provecho del pueblo de Dios y satisfacer la elección de los fieles, aunque él no quería y resistía largo tiempo, lo elevó al orden episcopal. También al santo Plechelm, compañero de su viaje, lo promovió a la dignidad y honor del supremo orden, y los juntó a sí en el abrazo de la caridad fraterna; enriquecidos con el patrocinio de los santos y honrados con muchos dones, los dirigió a su país.
4 Cuando por tanto el varón de Dios Wyro hubo vuelto a los suyos, el pueblo lo recibe con aplauso, el clero con voz jubilosa, y toda edad del pueblo exaltándolo con alabanzas, y la unanimidad de todos pronto lo pone sobre la silla episcopal. Quien, puesto en la sede, fue ilustre en la grandeza de las buenas obras, hecho famoso por sus costumbres y ejemplos, igualando su vida a sus doctrinas, no esparciendo perezosamente las semillas de vida entre los pueblos. Sin embargo, sin mudar su mente de lo que había comenzado, ocultamente a los hombres, abiertamente a Dios, anhelaba continuamente con el ardor de la peregrinación. ¿Qué más? La gracia de Cristo, cuyo amor anhelaba, no le dilató largo tiempo el tiempo y el acontecimiento del escape. Tomando por tanto consigo a sus compañeros—a saber Plechelm, partícipe del mismo honor, camino y voto, y Otger, diácono de religiosa vida—estimando en poco las lisonjas de sus padres, los deleites de las riquezas, el flujo de la gloria popular, tomó el viaje con Cristo su caudillo, que aun siendo tierno en años había adoptado en su mente. Quien, atravesando los diversos confines de las regiones, es dirigido a las desconocidas partes de Francia; pues prefería ser tenido por pobre y pequeño entre extraños que ser contado rico y glorioso entre los suyos.
5 Y cuando Pipino, duque de los francos, supo por el relato de la fama que tales hombres deseaban viajar como peregrinos dentro de los confines de su reino, y que todo su país era ilustre en santidad, lleno de gozo hizo que vinieran a él rápidamente. Recibiéndolos con honor cuando vinieron y oyendo la causa de su viaje, al punto puso al bienaventurado Wyro entre los suyos, temeroso de Dios y venerado por todos; y confiándose a su santidad, lo apreció con la máxima veneración. Pues el mismo duque, proveyendo un lugar remoto de los negocios del mundo para el futuro, lo concedió al bienaventurado Wyro para morar, donde pudiera tomar más libremente los frutos celestiales con los suyos. El cual lugar es llamado por boca del pueblo «Monte de Pedro»—de otro modo «Odilienberg», en la diócesis de Lieja cerca de la villa de Roermond, donde hubo una vez una prebostía y colegio de canónigos, que ahora ha sido transferida a la dicha villa de Roermond, y el cuerpo de San Wyro ha sido trasladado a Utrecht—en el cual fue edificado un oratorio y consagrado en honor de la santa madre de Dios, y también el monasterio de San Pedro. Por tanto, sería largo relatar en detalle con qué doctrinas y ejemplos y señales de virtudes y alabanzas de milagros resplandeció el santo varón, habiendo obtenido el largamente deseado lugar. Por estas cosas el varón de Dios, conversando entre los hombres, se hace pesado en años, pero más pesado en la guarda de su mente. Se hace débil en la vejez, pero se hace fuerte en el alma.
6 Al fin estaba cerca el tiempo en que el Señor se proponía tener misericordia y recompensar a su soldado veterano. Pues preso de una moderada fuerza de fiebres y pagando la deuda de la carne, rindió su feliz espíritu al cielo, para ser trasladado al seno de Abraham por manos de ángeles. Y el santo cuerpo, dentro de los muros del mismo oratorio de Santa María, es encomendado por los fieles de Cristo a una digna sepultura con himnos y cantos de salmos, y allí un olor de maravillosa fragancia es aspirado por todos los circunstantes. Ahora bien, su fiesta se celebra el ocho de mayo. Y en su sepulcro, por la gracia divina, son concedidos después muchísimos beneficios de sanación, ni se parte inconsolado aun hasta el día de hoy quien, celebrando dignamente su patrocinio, implora la gracia divina para que le remita sus pecados.