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La vida de San Fiacre, ermitaño y confesor

·1326 palabras·7 mins

1 San Fiacre el confesor, varón de maravillosa vida, nació en las partes de Irlanda de nobilísimo linaje; pero, libre del cuidado de sus parientes y desenredado del tumulto del mundo, deseando llevar una vida solitaria, dejó a sus padres y a su país y, guiándolo el Señor, vino a las partes de Francia. En el tiempo en que San Farón, habiendo dejado la milicia del mundo, tenía el obispado de Meaux, San Fiacre con sus compañeros lo buscó por causa de la hospitalidad. A quien el devotísimo Farón recibió gustosamente, y, para poder descubrir la disposición de su ánimo, le concedió que permaneciera con él tanto tiempo como quisiera. Mirando su sencillo y devoto rostro, le dijo: «Te ruego, carísimo, que me hagas conocer tu origen y tu país, y el oculto propósito de tu ánimo—a dónde te diriges, y con qué nombre eres llamado. Entonces, queriendo Dios, te daré gustosamente un consejo conveniente para ti». A lo que San Fiacre respondió: «Reverendísimo padre, Irlanda, la isla de los escoceses, dio origen a mí y a mis padres; y porque anhelo llevar una vida solitaria, he huido y dejado mi país y a mis padres, para buscar algún lugar apropiado para ermitaños, y de nombre soy llamado Fiacre. Ahora, pues, suplico encarecidamente a tu benigna paternidad que, puesto que conoces algún lugar boscoso en estas partes donde pueda entregarme a las sagradas oraciones, no tardes en concedérmelo». Oyendo estas cosas el bienaventurado Farón, hecho gozoso, le dijo: «Tengo en efecto, no lejos de aquí, cierto bosque de mi propio derecho, que los habitantes llaman Brodilus, muy adecuado, según creo, para llevar la vida solitaria. Si deseas verlo, vayamos allá juntos». Cuando le fue mostrado, el obispo dijo: «Carísimo hermano, este lugar me pertenece por derecho hereditario, y si te place habitar en él, tanto de él como te sea necesario te lo ofrezco devotamente y te lo concedo gustosamente». Dicho esto, el bienaventurado Fiacre, cayendo al punto a sus pies y dando gracias con lágrimas que brotaban por el beneficio que se le confería, dijo: «Bienaventuradísimo padre, este lugar me deleita sobremanera con solo verlo: pues me es suficiente, y está enteramente apartado de todo concurso humano».

2 Habiéndose despedido los santos el uno del otro, el varón de Dios Fiacre desmontó el bosque y edificó un monasterio en honor de la bienaventurada María; y creciendo en virtudes día a día y hecho austero consigo mismo, se sometió más estrictamente al servicio de Cristo, y lo que diariamente sustraía de su famélico cuerpo lo otorgaba misericordiosamente a los peregrinos y a los pobres. Si alguno privado de la fuerza de sus miembros, o hecho mudo, o contraído por sequedad de los nervios, o vejado por la infestación de un espíritu maligno, o aun presa de enfermedad de todo el cuerpo, venía a él o le era traído, por la mera imposición de su mano, con la ayuda de Dios, era restaurado a su salud anterior. Su santa fama fragaba por tanto por doquier, y muchos venían a él: y para que tuviera medios de aliviar las necesidades de los que venían, y de los trabajos de sus propias manos pudiera aligerar la pobreza de los pobres, le pareció que un lugar más grande y espacioso sería útil y necesario—para hacer un huerto, plantar hortalizas y clases de varias otras hierbas. Y aunque el bienaventurado Farón le había concedido previamente solo tanto de su bosque cuanto bastara para sus necesidades y su huerto, sin embargo el humilde ermitaño no se atrevió a agrandar el lugar y hacer un huerto sin licencia del obispo. Fue por tanto al obispo y le pidió que le fuera permitido desmontar tanto del bosque alrededor de su casa cuanto bastara para hacer un huerto en aquel lugar. A lo cual el obispo le concedió solo tanta tierra cuanta pudiera encerrar con una zanja, cavando con su propia mano en un día alrededor de su casa. Entonces el santo, dando gracias con la cabeza inclinada y volviendo a su lugar, hizo una oración y arrastró su bordón por el suelo: y al toque del bordón la tierra se abrió, y el bosque cayó a ambos lados.

3 Mientras tanto vino cierta mujer que, viendo la sima de la tierra, asombrada por la novedad de la cosa, se apresuró rápidamente a informarlo al obispo, afirmando que el ermitaño era un hechicero—no un adorador de Dios, sino un mago y encantador. La mujer, volviendo, se atrevió a amontonar insultos, improperios y blasfemias sobre el santo varón, y le mandó por la autoridad del obispo que cesara de la obra comenzada, y anunció que el obispo mismo venía. El santo varón, cesando por tanto de la obra comenzada, airado y entristecido, se sentó sobre una piedra. Y he aquí, la durísima piedra, ablandada por la divina voluntad—para que fuera más apta para el asiento del santo varón—le proporcionó un lugar hueco debajo de él. Pues esa misma piedra se conserva en el monasterio de aquel santo, y el lugar de su asiento es señalado; por cuyo toque los débiles y enfermos han sido restaurados a la salud. El obispo por tanto, viendo la piedra ahuecada contra naturaleza, y que la tierra se había abierto al toque del bordón y el bosque había caído a ambos lados, y que profundas zanjas habían sido hechas de repente, amó al ermitaño desde entonces más fervorosamente, y se unió a él en familiar afecto. Provocado en verdad a ira por la mujer, el varón de Dios oró para que Dios, el Señor de las venganzas, vengara así su injuria: que toda mujer que entrara en su monasterio incurriera en una enfermedad de su cuerpo. Cierta mujer después de estas cosas, rica y noble, deseando ver qué sucedería a una mujer que entrara en el mismo monasterio, empujó a su sierva dentro de él con sus manos: y aquella señora perdió un ojo, mientras que la sierva quedó ilesa. Otra mujer puso un pie en el monasterio: cuyo pie al punto se hinchó, y subiendo la hinchazón, le asió la espinilla, la rodilla y la pierna.

4 El bienaventurado Fiacre por tanto brilló en su vida con señales y virtudes, y en su sagrada tumba los miembros enfermos son restaurados a la salud, por cualquiera que sea la enfermedad que los haya agobiado. Y pasó a los gozos celestiales a los quince kalendae de septiembre, y floreció hacia el año del Señor 622.

Un relato. #

1 Hacia el año 1040 cierta mujer que moraba en Laon tenía un yerno de agraciada apariencia juvenil, a quien cuidaba con mucha diligencia por amor de su hija. De lo cual surgió una infame sospecha acerca de la mujer y su yerno que la turbó en gran manera; y soportando impacientemente que su buen nombre fuera mancillado por tal reproche, volvió la causa de su injuria contra el yerno y procuró que fuera muerto por dos muchachos. Convertida después a la penitencia por el homicidio que había cometido, se confesó a cierto sacerdote. Con el curso del tiempo el mismo sacerdote, riñendo con ella, le reprochó a la cara el mal que había hecho. Oyendo lo cual, los parientes del muerto llamaron a la mujer a juicio. Ella, no negando el hecho, fue adjudicada al fuego: pero primero, llevada a la iglesia de la bienaventurada María, contó su pecado en orden ante Dios y los hombres, y se encomendó a los méritos y oraciones de la santísima virgen María. Entonces echada al fuego, no sintió quemadura alguna, sino que cuando el fuego se consumió quedó ilesa. El fuego fue aumentado por los amigos del muerto una segunda y una tercera vez: pero salió quedando ilesa no solo en la carne, sino aun en la ropa y el cabello. Fue llevada a la iglesia, y después de las alabanzas rendidas a Dios, por la voluntad de Dios, pasados unos pocos días, partió del mundo.

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