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La vida de San Gundleus, rey y confesor

·936 palabras·5 mins

1 Pues San Gundleus era hijo del rey de los britones del sur; y tras la muerte de su padre, cuando el reino fue dividido en siete partes, sus seis hermanos recibieron sus porciones y le obedecían como a su mayor en todo. Gundleus engendró de su esposa Gladys a su hijo Cadog, varón santo y agradable a Dios. Pues cuando dormían una noche en su alcoba, una voz angélica les habló, diciendo: «El Rey del cielo, el gobernante de las cosas terrenas, me ha enviado aquí, para que os convirtáis con todo vuestro corazón a su servicio. Os llama y os invita; os eligió, y os redimió cuando subió al patíbulo. Os mostraré el camino recto que debéis seguir hasta la herencia de Dios; alzad vuestras mentes, y no despreciéis vuestras almas por cosas perecederas. Junto a la ribera del río hay cierto collado pequeño; y donde se vea un buey blanco parado, allí será el lugar de vuestra morada». Levantándose por la mañana, dejó el palacio real y, confiando el reino a su hijo Cadog, vino al collado que le había anunciado el ángel. Y hallando el buey blanco, edificó una iglesia y comenzó a vivir allí en gran abstinencia y santidad de vida. Vestía un cilicio, y pan de cebada con una tercera parte de ceniza mezclada; y acostumbraba beber agua. Levantándose a media noche, se sumergía en agua fría; y no tomando nada de nadie, vivía de su propio trabajo. San Cadog su hijo, hecho abad de Nantcarfan, lo visitaba y consolaba a menudo, declarando que la corona no se promete a los que comienzan, sino a los que perseveran en el bien. Y Gundleus, a causa de la sequedad del collado, derramó oraciones a Dios y, tocando la tierra seca con la punta de su báculo, hizo brotar en aquel lugar un manantial clarísimo y siempre fluyente. Al fin, cuando se acercó el fin de su vida, envió a Dubricius, obispo de Llandaff, y a su hijo Cadog, para que se dignaran visitarlo. Y cuando lo hubieron consolado y fortalecido su alma con la santa comunión, partió al Señor en las cuartas kalendas de abril. Y siendo su cuerpo honorablemente sepultado, se vio frecuente visitación angélica alrededor del lugar de su sepultura, y los enfermos, implorando su ayuda y curados de toda enfermedad, glorificaban a Dios en su santo.

2 Ahora bien, Griffith, rey de Gwynedd, expulsado de los confines de Britania por el rey Guillermo el viejo y temiendo una emboscada, navegó a las islas Orcadas; y reuniendo veinticuatro barcos volvió y tomó mucho botín. Sus siervos, irrumpiendo en la iglesia de San Gundleus, se apoderaron de cuanta cosa preciosa se halló en ella. Y mientras procuraban volver a las islas Orcadas, vieron a un hombre terrible que cabalgaba de día y de noche y los perseguía. Y cuanto más diligentemente los remeros impulsaban el barco, más eran rechazados de través por la oleada del mar. Cada proa chocaba contra otra, y toda la flota, excepto dos barcos, se hundió, como merecían sus crímenes. El propio rey Griffith no sabía del robo, sino que esperaba en la orilla con sus compañeros la llegada de los piratas. Después, reconciliado con el rey Guillermo, contó a todos las maravillas que había visto.

3 Pues en tiempo del santo rey Eduardo, el conde Harold, ofendido por los galeses, vino con un ejército y quemó y asoló por todas partes; sin perdonar a nadie, se apoderó de todo lo que halló. Pues ciertos hombres, forzando la cerradura de la iglesia de San Gundleus, entraron y se apoderaron de todo lo hallado allí. Y cuando los quesos robados fueron cortados, aparecieron sangrientos por dentro. El ejército asombrado, por tanto, restauró todo lo que había tomado, junto con muchas ofrendas. Cierto ladrón, entrando una noche en la iglesia de San Gundleus y llevándose un cáliz y vestiduras sagradas, comenzó a hacer camino a su casa. En el viaje, sin embargo, vio el mar levantarse contra él, enalteciéndose a su encuentro. Al fin, rechazado por esta visión del mar, volvió hasta el umbral de la iglesia. Y entrando en la iglesia, permaneció allí hasta la mañana. Y siendo apresado, fue librado de la muerte temporal por el obispo de Llandaff.

Un relato. #

1 En aquel tiempo San Antidius, pasando la noche en vigilia con oraciones la tercera feria después del Domingo de Ramos, y recorriendo los cementerios, cruzaba cierto puente cuando vio una multitud de demonios refiriendo sus hechos a su príncipe, y entre ellos un etíope mostrando una sandalia en su mano, como señal de que había asaltado al pontífice romano durante siete años y al fin lo había arrastrado a una caída. Llamando al etíope a sí, y montando sobre él por el poder de Dios y de la santa cruz, mandó que el demonio lo llevara a Roma, bajo la mano del Señor, sano y salvo, a la misma velocidad con que había venido. Y así, montado sobre el demonio y repitiendo aquel versículo «Oh Dios, ven en mi ayuda», llegó a Roma llevado por él, a la hora de celebrar el oficio de la quinta feria. Y mientras el demonio esperaba fuera de las puertas, refirió el asunto al papa y, aunque el papa lo negaba, lo movió a penitencia por medio de la sandalia. Y celebrándose la misa por él, y tomándose parte del crisma consagrado por él mismo, volvió a su iglesia el Sábado Santo a la hora de celebrar el oficio, trayéndolo de vuelta el demonio. Este santo obispo fue después martirizado por los vándalos. Así lo dice Vincentius.

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