Nova Legenda Anglie (John of Tynemouth/Capgrave), ed. Horstmann 1901—traducido del latín.
2 La bienaventurada Maxencia, nacida de noble linaje—pues su padre era cierto rey de los escoceses llamado Marcolán—, fue aún más noble en la fe; y se esforzó por cumplir en su vida lo que había prometido en la pila bautismal. En efecto, fue entregada al estudio de las letras no sólo por disposición de sus padres, sino también por designio celestial, e inflamada por el Espíritu Santo se empeñó con fervor en guardar el honor de su virginidad. Pero cierto príncipe llamado Maxencio, pagano y bárbaro, al oír hablar de su fama y de la maravillosa belleza de su cuerpo, ardió de amor por ella y se la pidió a su padre por esposa. Cuando, sin embargo, supo que su padre había dado el consentimiento, se refugió de inmediato en una iglesia y encomendó al Señor, con toda devoción, el propósito de virginidad que había fijado firmemente en su corazón. Por fin, aprovechando el silencio de la noche y acompañada sólo por dos personas que conocían su secreto—a saber, un anciano llamado Barbencio y su doncella Rosebea, destinada a su servicio—, atravesó toda la isla [Britania] y, después de cruzar el mar de la Galia, buscó un lugar apropiado donde quedarse. Cuando al cabo llegaron al río Oise, en la región de Beauvais, y, según se cuenta, lo cruzaron por poder divino sin embarcación, la santa virgen, tras tan largo viaje por tierra y mar, como un gorrión librado de la red del cazador, comenzó a servir a Dios con sus compañeros en un lugar llamado Pont, creyendo que allí permanecería oculta y desconocida. Pero el ya mencionado Maxencio, espoleado por aquel que todo lo escudriña y ronda como león rugiente buscando a quién devorar, reunió una comitiva y recorrió los puertos marítimos hasta enterarse de que ella había cruzado. Y como la luz no puede ocultarse en las tinieblas, finalmente fue conducido al lugar que daba cobijo a la virgen y halló fácilmente lo que buscaba. Al acercarse a ella, comenzó a hablarle con dulzura, por si de algún modo lograba debilitar su resolución e inclinar su voluntad, y le prometió grandes riquezas. Pero cuando ella lo rechazó tanto por sus halagos como por las riquezas que le prometía, Maxencio, viéndose despreciado e incapaz ya de contener la ira, se volvió contra los siervos de Dios y prefirió morir si no era vengado en aquel mismo instante. Extendió entonces su mano mortífera, tomó a la virgen por los cabellos y, echándole el cuello hacia atrás, blandió la espada y separó la cabeza del cuerpo. Barbencio y Rosebea murieron también bajo su espada; entregaron sus cuerpos a la tierra y llevaron sus almas a los cielos. Cuando el ministro de Satanás se hubo marchado, el cuerpo de la santa virgen—según cuentan los fieles, que recibieron fielmente el relato de sus padres—se levantó del suelo, tomó su propia cabeza entre las manos y, con los brazos caídos, la llevó desde el lugar del martirio hasta aquel donde ahora descansa por voluntad de Dios. Allí se construyó después una basílica, en la que se cuenta que, por sus méritos, se obraron muchos milagros: los ciegos recibieron la vista, los leprosos quedaron limpios, los demonios fueron expulsados de los cuerpos de los posesos y los muertos volvieron a la vida. Se lee también que Carlos, que reinaba entonces, amó mucho aquel lugar y lo honró con grandes dones.
3 Aquí termina la Vida de santa Maxencia. [El siguiente texto del original comienza: De san Melito, arzobispo y confesor.]