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Sobre San Justiniano, mártir y monje

·1123 palabras·6 mins

1 San Justiniano sacó su origen de la más noble estirpe de la Britania Menor; quien, entregado al estudio de las letras desde niño, se hizo famoso por su maravilloso saber entre los maestros más ilustres de su pueblo. Pues habiendo tomado el grado del sacerdocio, descargó fielmente el oficio divino; y al fin fue hallado digno de oír tal oráculo divino: «Sal de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre». El santo varón, entendiendo esto, se juntó a sí ciertos compañeros y embarcó en un barco tejido de cueros y mimbre, suplicando sin cesar a Dios que lo llevara a una tierra en la que pudiera llevar una vida solitaria. Y al fin desembarcó en un lugar llamado Chormei, donde, haciendo su estancia por algún tiempo, muchos comenzaron ya por su ejemplo a dejar el mundo y apresurarse a la enseñanza del santo varón. Pero en poco tiempo, así como al principio le había sido mandado por Dios salir de su tierra y parentela, así le fue dicho una segunda vez que dejara aquella morada.

2 Entonces, entrando en un bote pequeño y confiándose al mar y a los vientos, vino a una isla que entonces se llamaba la isla de Limeneia, en la cual Honorio, un varón dedicado a Dios, hijo del rey Thefriauc, habiendo dejado las cosas del mundo, se ofrecía enteramente a Dios. Así, recibido bondadosamente en hospitalidad, creció en tal fervor de piedad que cedió su lugar y morada al santo varón, para que velara por la ganancia de almas para Cristo sin impedimento alguno. Así que el bienaventurado Justiniano, viendo el lugar apto para hombres religiosos y remoto de todo ruido secular, dijo: «Yo asentiría a tu petición, si tu hermana con su doncella tiene una cámara remota de nosotros». Y cuando esto fue vuelto en escarnio por ciertos incrédulos, pero la elocuencia y belleza de la santa predicación y el esplendor de tan grande claridad agradaron al bienaventurado varón, Honorio dijo: «Santo padre, para que yo pueda gozar de tu dulce y honorable compañía, enviaré a mi hermana a otra región». Así que la hermana del bienaventurado Honorio, tomando la bendición y la licencia de los santos varones, partió a regiones lejanas. Y allí, como muchísimos venían a él, volvían iluminados por la palabra de la fe con la salvación de sus almas.

3 Ahora bien, cuando la fama de tan gran varón llegó al bienaventurado David, regocijándose en la novedad y la venida de tan gran varón, convocándolo por mensajeros le rogó humildemente que se dignara venir a él. Y él, apresurándose, fue honorablemente recibido por el bienaventurado David; y plugo tanto al bienaventurado David como a San Justiniano ser fortalecidos por la compañía y las oraciones mutuas. Y San David lo tomó como su confesor y, después de Dios, guardián de su vida; y le concedió a él y a los hermanos que acudían a él tales moraditas como eligiera, tanto en la isla como fuera de ella.

4 Ahora bien, cierto día, mientras se dedicaba a la oración y la lectura en la isla, cinco hombres navegando en cierto bote llegaron, y apresurándose a él dijeron: «Mira, aquel a quien amas está enfermo, mandándote que te apresures a él sin demora alguna». Pero él, oyendo de la enfermedad de uno que le era querido en Cristo, se apresuró al bote y comenzó a cantar salmos. Y cuando remando hubo llegado a la mitad del mar, entonces al fin, alzando el rostro, vio que eran más deformes que los hombres que estaba acostumbrado a ver, y entendió claramente que eran espíritus malignos. Entonces con las manos y los ojos alzados al cielo comenzó el septuagésimo noveno salmo, a saber «Oh Dios, ven en mi ayuda». Y cuando cantaba el segundo versículo de aquel salmo, «Sean confundidos y avergonzados los que buscan mi alma», se desvanecieron como cuervos negros volando. Y así, confiando en la ayuda de Dios, fue llevado a tierra sobre cierta roca divinamente levantada del fondo del mar, y halló a San David, a quien los espíritus malignos habían dicho que estaba enfermo, sano y salvo.

5 Así que el enemigo del linaje humano, viéndose vencido por el santo varón, y que ni podía vencerlo, asaltado por frecuentes asaltos, ni por malvadas sugestiones apartarlo del servicio divino, urdió otras maquinaciones de su arte engañosa, y derramó su veneno en tres de los siervos del santo varón. Entonces los siervos, presos de furia, no solo despreciando los consejos salvadores de su maestro, con los cuales los exhortaba a ejercitarse en el trabajo para que no llevaran una vida ociosa, sino arrojándose sobre él lo echaron al suelo y cruelmente no temieron cortarle la cabeza. Pero en el lugar donde la santa cabeza cayó al suelo, un manantial de agua limpidísima, brotando al punto de la roca, manó; cuya agua, bebida por los enfermos, confiere salud del cuerpo a todos. Pues cierto hombre llamado Jonas, dándole veneno en un trago lechoso, tuvo el vientre maravillosamente vuelto en hinchazón; y habiendo tomado aquella agua, al punto vomitó una rana viva, y toda la hinchazón de su vientre se desvaneció.

6 Pero aquellos hijos de iniquidad, tras el crimen de iniquidad cometido, se percibieron heridos de lepra y la venganza divina evidentemente vuelta sobre sí mismos. Yéndose de allí con gemidos y lamentaciones, vinieron juntos a cierta roca que hasta el día de hoy es llamada «la roca de los leprosos». Allí después ellos, llorando y atormentando sus cuerpos con pesados castigos y azotándose unos a otros con mutuos golpes, terminaron su vida, en igual dolor y miseria, en la mayor penitencia mientras vivieron, y merecieron obtener el perdón de sus ofensas por los méritos de San Justiniano.

7 Pues milagros mayores suceden a los grandes. Pues el cuerpo del bienaventurado mártir, privado de su cabeza, se levantó al punto y, tomando su cabeza entre sus brazos, descendió a la orilla del mar y, caminando sobre el mar, cruzó al puerto llamado por su nombre; y en el lugar donde ahora se yergue la iglesia dedicada en su honor, cayendo a tierra yació, y allí fue hallado digno de ser sepultado. Y en aquella misma iglesia en la que el cuerpo del santo mártir reposa, nuestro Salvador se ha dignado mostrar muchos milagros. Pues los enfermos que vienen allí, presos de cualquier enfermedad, vuelven a los suyos sanos y salvos, dando gracias a Dios. Y el santo obispo David, no ignorante de la pasión de su amado y de todo el acontecimiento, amonestado por revelación divina, llevó el santo cuerpo con sus hermanos a la iglesia de Menevia con himnos y cantos, y lo colocó honorablemente en un nuevo sarcófago.

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