Atkinson, The Passions and the Homilies from Leabhar Breac (1887)—traducción inglesa.
1 El apóstol Felipe pasó veinte años predicando y enseñando en Escitia. Entonces los paganos fueron a buscarlo, lo ataron y se lo llevaron al templo de Marte, es decir, el dios de sus ídolos. Allí se encontraba el enorme dragón que había matado a los dos tribunos que gobernaban la ciudad y recaudaban para los romanos el tributo del César; y fueron los impíos servidores de aquel dragón quienes ataron a Felipe.
2 En aquella ciudad había una gran multitud que padecía diversas enfermedades por el aliento venenoso que salía del dragón: unos estaban ciegos, otros sordos o cojos, y él les causaba toda clase de dolencias para que ofrecieran sacrificios al diablo a cambio de curarlas y para poder condenar después sus almas. El apóstol Felipe dijo a todos los enfermos de la ciudad: «Seguid mi consejo y tendréis salud de cuerpo y alma: que en nombre del Señor Jesucristo sea expulsado el dragón diabólico que hasta ahora os ha destruido, y yo resucitaré en nombre de Cristo a las personas que ha matado». «Dinos enseguida qué debemos hacer», respondieron. «Arrojad la imagen de Marte y rompedla—dijo Felipe—, levantad en su lugar la cruz de Cristo y adoradla desde entonces». «Danos tan solo la curación—dijeron—, y después romperemos la imagen y el ídolo de Marte». Cuando se hizo allí un gran silencio, el apóstol dijo: «Sal, dragón, y abandona el lugar donde estás en nombre del Señor Jesucristo. Vete a un desierto donde no habite ningún ser humano, para que nunca vuelvas a hacer daño al hombre». El dragón salió entonces al mandato del apóstol, entre grandes gritos y lamentos, acompañado por el lamento de los demonios que lo rodeaban, hasta llenar el templo con su dolor y su hedor; después de aquello, nadie se atrevió a permanecer allí.
3 Felipe resucitó entonces al hijo del sacerdote que solía poner fuego bajo las ofrendas y curó al instante a cuantos enfermaban por el aliento venenoso de la serpiente. Todo el pueblo que hasta entonces se había enfrentado a Felipe se volvió con sincero arrepentimiento al ver tan gran milagro.
4 Hierápolis era el nombre de la ciudad donde Felipe fue crucificado, y sus habitantes solían adorar a Felipe como a un dios. Felipe les enseñó durante un año. Les enseñaba cómo Cristo nació de la Virgen, cómo padeció, cómo ascendió al cielo en presencia de sus apóstoles y cómo la gracia del Espíritu Santo descendió sobre ellos y les dio el don de muchas lenguas el domingo de Pentecostés, pues hasta entonces habían hablado una sola lengua, el hebreo. «Yo soy uno de ellos—dijo Felipe—, y he sido enviado a vosotros para daros a conocer estas cosas: los ídolos que adoráis no son dioses verdaderos, sino ídolos mudos, sin entendimiento ni ley, obras vanas de las manos de hombres pecadores; y quienes los adoran son verdaderos enemigos de Dios». Muchos creyeron allí a Felipe; no fueron pocos, sino varios millares. Los bautizó a todos, fundó allí muchas iglesias y ordenó obispos, sacerdotes y diáconos.
5 Felipe recibió entonces en una visión la revelación de que debía abandonar aquellas tierras y ciudades e ir a ver al obispo de Asia, para consultarlo y hablar con él. El apóstol Felipe fue a Asia Mayor y se quedó en la ciudad de Hierápolis. Despreció y derribó la fe de los ebionitas, pues afirmaban que «Cristo no había nacido de una virgen». Felipe los refutó y derribó su fe.
6 Felipe tenía dos hijas, dos vírgenes excelentes, y por medio de ellas Dios llevó a innumerables vírgenes a la fe y a la vida religiosa. Doce días antes de su pasión, Felipe llamó a todos los sacerdotes, diáconos y obispos de las ciudades vecinas y les dijo: «Solo me quedan doce días de vida. Sed, pues, diligentes en la enseñanza del Señor Jesucristo, orad al Señor con firmeza, luchad con valor por vuestros deberes y contra vuestros pecados, y despreciad y desdeñad al antiguo enemigo, el diablo, junto con sus tentaciones. Someted y crucificad vuestros deseos carnales mediante el ayuno, la oración, la abstinencia y la limosna de comida y ropa para los pobres y necesitados de Dios. Si hacemos todo esto, Dios cumplirá sus promesas: nos dará paz y alegría constante en este mundo, y a nuestras almas los reinos de los cielos después de la muerte. Dios engrandecerá sus milagros en las iglesias terrenas, pues estas son las profecías y promesas que el Señor nos ha hecho si cumplimos estas cosas lo mejor que podamos».
7 Entonces se levantaron contra el apóstol Felipe multitudes impías y los sacerdotes judíos, y dijeron que debían cortarle la lengua. Así se hizo, pero no por ello dejó de predicar al pueblo. El pueblo y los sacerdotes dijeron de nuevo que debían cortarle la lengua; así se hizo, y no le causó daño. Le cortaron la lengua siete veces y el apóstol no dejó de predicar en todo aquel tiempo. Dijeron entonces que debía morir apedreado: tomaron piedras y bolas de plomo y se las arrojaron al rostro, pero ninguna le hizo daño. El pueblo y los sacerdotes dijeron entonces que debían crucificarlo, pues no encontraban otra forma de darle muerte. Un hombre impío y despiadado que estaba entre ellos se adelantó y puso un dardo envenenado junto al cuello del santo apóstol; y allí lo crucificaron, después de muchos dolores, insultos y azotes, a semejanza de su Maestro, Jesús.
8 Hierápolis era el nombre de la ciudad donde fue crucificado el apóstol Felipe. Cuando Felipe entregó su espíritu, se vio una gran gloria y a los ángeles lamentándose alrededor de la cruz; ellos llevaron el alma del apóstol a descansar en las moradas del reino de los cielos, en la gloria angélica, después de la victoria del martirio. El santo apóstol Felipe tenía ochenta y seis años cuando partió hacia el Señor.
9 El cuerpo del apóstol fue sepultado en la ciudad llamada Betsaida. Sus dos hijas, las dos santas vírgenes, fueron enterradas a su lado, una a la derecha del apóstol y la otra a su izquierda. Allí se concede su petición a todo el que ore fervientemente al apóstol y a sus dos santas vírgenes; y aunque grande es ahora su honor, será mucho mayor el día del juicio, cuando resplandezcan como el sol desde el cielo ante el rostro del Creador, etc.
Aquí comienza en la fuente la Pasión de nuestro Señor Jesucristo.*