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La pasión de Juan el Bautista

·1974 palabras·10 mins

Atkinson, The Passions and the Homilies from Leabhar Breac (1887): texto irlandés, sin corregir.

1 LA PASIÓN DE JUAN EL BAUTISTA, aquí.

2 Había cierto hombre impío y despiadado en Jerusalén y en la tierra de Judá: Herodes

3 Agripa, hijo de Aristóbulo, hijo de Herodes, hijo de Antípatro, hijo de Herodes de

4 Ascalón, en las tierras de la India. Él hizo decapitar a Juan el Bautista,

5 el santo mártir. Esta fue la causa de la muerte de aquel justo. Había un célebre

6 juez en el reino del propio Herodes, hombre fiel que acostumbraba a decir

7 la verdad y a establecer la paz entre toda tribu y parentela, declarándoles

8 sus derechos y obligaciones. Se llamaba Felipe Cabeza Tartamuda, hombre admirable

9 que decía la verdad y reprendía la mentira. Grande era su cuidado y estima por el juicio

10 justo para todos los hombres, y grandes eran además su responsabilidad y

11 su poder. Ardais era el nombre de la ciudad donde vivía. A este hombre admirable,

12 Felipe Cabeza Tartamuda, le sobrevino una enfermedad de la que murió. Felipe tenía una esposa

13 admirable y de grandes cualidades, llamada Herodías. Pocas mujeres había en la tierra

14 como ella por su belleza, alegría y buenas costumbres. Herodes la amaba

15 intensamente mientras aún vivía su marido, Felipe Cabeza Tartamuda;

16 incluso antes de la muerte de Felipe pensó muchas veces en tomarla.

17 Sucedió entonces lo siguiente: cuando el rey de Ascalón—es decir, de las

18 tierras de la India—, Felipe, hijo de Aristóbulo, hijo de Herodes, hijo de Antípatro y hermano del

19 propio Herodes Agripa, supo que la noble señora Herodías había quedado

20 viuda, acudió con un séquito grande y espléndido al lugar donde estaba la

21 reina y se la llevó a la ciudad real, Ascalón,

22 en las tierras de la India. La tuvo allí en gran amor durante mucho tiempo.

840]

23 Un demonio de lujuria y envidia irrumpió en el corazón de Herodes al conocer aquella historia:

24 la mujer que tanto amaba le había sido arrebatada por su propio hermano.

25 El demonio no le dio descanso y encendió en su corazón el amor por ella.

26 Herodes reunió entonces un gran ejército y fue a Ascalón como si realizara

27 una visita real, hasta llegar a la casa de su hermano. Felipe salió

28 al encuentro de Herodes para recibirlo, lo besó y mandó preparar para él la casa

29 real. Comieron manjares y bebieron vino precioso hasta quedar satisfechos.

847]

30 Después de comer, el rey Herodes se levantó pesaroso, acompañado por una

31 gran tropa de soldados armados a quienes había dado instrucciones de antemano,

32 y llegó así a la casa donde estaban Felipe y su esposa

33 Herodías. Herodes no llevaba entonces más arma que un gran látigo para perros,

34 con el que acostumbraba a espantar perros y cuervos.

35 Al entrar en la casa, Herodes se sentó en el trono real, sobre el cual había una

36 diadema de piedras preciosas y oro. En el trono estaba Felipe,

37 con su esposa Herodías apoyada en su hombro. Herodes se enfureció,

38 alzó la mano y asestó un golpe mortal en la coronilla

39 de su hermano con el látigo para perros que llevaba en la mano. Después lo arrastró

40 fuera de la silla, se sentó él mismo junto al hombro de la mujer

41 y la besó. Se jactó de aquel acto para agraviar a su hermano,

42 el marido de ella, y al día siguiente se la llevó a Jerusalén y a la tierra de Judá,

43 donde desde entonces la tuvo en gran amor. Cuando Juan el Bautista,

44 hijo de Zacarías, conoció aquella historia, consideró malo y doloroso que la mujer

45 pecadora estuviera con Herodes, pues Juan y Herodes eran parientes cercanos:

46 Casandra, hija de Gomer, era madre de Herodes y Felipe, y Elisabs, otra

47 hija de Gomer, era madre de Juan el Bautista. Juan insistía

48 a Herodes para que despidiera a la mujer pecadora, y acudía con frecuencia desde el desierto

49 de las corrientes del Jordán para predicarle y decirle que la apartara. Así ella fue la

50 primera mujer pecadora denunciada en el mundo. Juan fue el

51 primer mártir, el primer ermitaño, el primer monje y el primer justo

52 fiel del mundo, salvo Abel, hijo de Adán, pues este había agradado mucho

53 a Dios en su juventud y en su martirio antes que Juan. Juan

54 vivía solo en el desierto de las corrientes del Jordán. Prestaba poca atención a su

55 cuerpo en cuanto a comida o vestido: lo más que llevaba era una prenda de corteza de palmera y ramas de olivo.

56 Se alimentaba principalmente de las hierbas amargas del desierto y de los frutos

57 de distintos árboles, y bebía agua de sabor desagradable.

875]

58 Dormía solo entre las fieras, que no le hacían daño. Solía

59 enseñar a las bestias y también a las almas del desierto. No lo

60 hacía por sí mismo, pues no era necesario, sino para que no le

61 faltaran hombres a quienes enseñar y para no dejar jamás de meditar en Dios en

62 su mente. Juan era profeta entre profetas,

63 ermitaño entre ermitaños, padre espiritual entre padres espirituales, virgen entre

64 vírgenes y apóstol entre apóstoles, aunque no fue contado entre ellos. Sobre

65 Juan dio el Señor aquel gran testimonio cuando dijo: *Inter natos

66 mulierum non surrexit maior Iohanne Baptista*: «Entre los hijos de todas

67 las mujeres no ha nacido hijo de mujer más grande y venerable que Juan», dijo

68 Jesús.

69 Herodes regresó después a la tierra de Judá y se celebró un gran banquete

70 para sus reinas y caudillos. Herodías,

71 esposa de Herodes, tenía dos hijas: Salvisa y Neptis eran sus nombres.

72 Dominaban muchas artes admirables. Una de ellas, llamada

73 Neptis, era experta en canto, melodía y diversos instrumentos musicales.

74 La otra hija, Salvisa, dominaba los juegos de manos,

75 los saltos y las proezas. Herodes las llevó a la casa real para que mostraran

76 sus artes y entretuvieran a las multitudes, alegraran sus ánimos

77 y despertaran el deseo en los reyes y caudillos de los hijos de Israel y de toda la tierra de Judá.

895]

78 Las mujeres dijeron que no ofrecerían el espectáculo si no se les daba su propia

79 recompensa. «La tendréis», dijo el rey. Lo comprometieron a ello

80 ante las multitudes, y él se lo prometió. Entonces las

81 muchachas mostraron artes admirables con grácil esfuerzo, y los reyes y

82 caudillos las elogiaron mucho. Al terminar el espectáculo, fueron al lugar

83 donde estaba su madre, la esposa de Herodes, para preguntarle qué recompensa debían

84 pedir al rey.

85 «Pedid la cabeza de Juan el Bautista—dijo la madre—y no aceptéis

86 ninguna otra recompensa. Que os la traigan en una fuente ancha, como cualquier alimento, desde

87 la cárcel donde está hasta aquí». Herodes había encerrado antes a Juan

88 bajo llave en prisión por instigación de la reina. Las

89 muchachas fueron entonces adonde estaba Herodes y le pidieron la cabeza de Juan.

90 Herodes se enfadó ante aquella petición y dijo que prefería darles la

91 mayor parte de su reino y su dominio antes que aquella cabeza. Pero

92 ellas no aceptaron nada, salvo que cumpliera la palabra que les había dado. Así que

93 se lo concedió. Juan fue decapitado y su cabeza

94 llegó a la casa real en una fuente sobre la cabeza de una de las mujeres. Herodes quedó

95 afligido, pues temía al pueblo por haber matado a Juan.

913]

96 La cabeza fue entregada entonces a Herodías, esposa de Herodes, y

97 los discípulos de Juan pidieron el cuerpo para sepultarlo. Se lo

98 entregaron y le dieron honrosa sepultura, con himnos, cánticos y alabanzas a

99 Dios a su alrededor. Desde entonces, una gran tristeza pesó en el corazón de los discípulos. La cabeza

100 fue enterrada por Herodías sin que los amigos de Juan supieran dónde.

101 Dos santos monjes llegaron después a Jerusalén desde el oriente del mundo, tras un largo

102 viaje, para ayunar en el nombre del Señor. Un ángel de

103 Dios se les apareció durante el camino y les dijo: «Hay cierta casa en

104 Jerusalén, y en ella está la cabeza de Juan el Bautista, escondida bajo tierra—dijo el

105 ángel—. Os diré dónde se encuentra; sacadla de allí». Los

106 monjes llegaron a Jerusalén y fueron al lugar que el ángel les había

107 mostrado. Sacaron la cabeza sin que hubiera cambiado su color

108 ni su forma, sino que se conservaba como en la hora en que fue cortada, aunque llevaba mucho tiempo

109 escondida. Los monjes metieron la cabeza en una alforja para libros, con la intención

110 de llevarla a su país. Acherunda—es decir, en Arabia—es el nombre del

111 lugar donde Juan fue decapitado, y Sebaste el de la ciudad donde

112 se enterró su cuerpo. Mientras los monjes caminaban hacia su

113 país, se encontraron por casualidad con un hombre, un herrero admirable que había abandonado

114 su heredad por la pobreza y la necesidad. Los monjes cargaron sobre su espalda la alforja

115 que contenía la cabeza de Juan. Después llegaron a cierta

116 ciudad situada en su camino y se quedaron allí. Juan se apareció en una

117 visión al herrero y le dijo: «Yo soy

118 Juan el Bautista, y la cabeza que llevas a la espalda dentro de la alforja es la mía.

119 Levántate—dijo—, abandona a los monjes, llévate la cabeza y gracias a ella encontrarás alimento

120 y vestido». El herrero se levantó, dejó a los monjes y se llevó

121 la alforja con la cabeza. Después fue a la ciudad

122 llamada Simissena, donde vivió mucho tiempo. Grande fue

123 el honor que recibió en aquella ciudad, hasta que sus habitantes lo amaron y

124 creyeron en él.

125 El herrero hizo un relicario de oro para la cabeza y le puso una cerradura

126 que nadie podía forzar; solo se abría cuando él quería. Tiempo después, el herrero

127 murió y dejó a su heredera al cuidado del relicario. Era una viuda

128 piadosa. Cuando ella murió, dejó el relicario a sus herederos.

946]

129 Otro hombre llamado Eutrosio tomó después el relicario con la

130 cabeza. Por causa de la cabeza que guardaba, se obraron para él muchas señales y milagros,

131 y por medio de ella se curaron entre el pueblo enfermedades y epidemias.

949]

132 La fama de las señales y milagros de Juan el Bautista se extendió entonces por todo el mundo. Se supo

133 que aquel hombre era responsable del hecho y fue expulsado de la ciudad.

134 En su lugar llegó a la casa donde él había estado cierto santo varón

135 llamado Marcelo. En aquella casa estaba la cabeza de

136 Juan, escondida bajo tierra. Una noche, Juan se apareció a Marcelo y

137 le dijo que la cabeza estaba bajo tierra en aquella casa;

138 le mostró el lugar exacto y le ordenó que la sacara.

956]

139 Cuando Marcelo lo supo, se lo contó al obispo de la ciudad,

140 llamado Laurabano, que era señor de aquella ciudad,

141 de nombre Simissena. El pueblo de la ciudad se reunió entonces

142 con el obispo y sacó consigo la cabeza de Juan de la cueva

143 donde se encontraba. Cantaron salmos e himnos en su honor, y todo

144 el pueblo la alabó, pues cada día veían que obraba un milagro por alguien,

145 en favor de la virgen y del santo mártir, etc.

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