Atkinson, The Passions and the Homilies from Leabhar Breac (1887)—traducido del irlandés.
1 LA PASIÓN de los SIETE DURMIENTES, que durmieron en ÉFESO durante trescientos cincuenta y dos años.
2 Hubo una vez un rey feroz y despiadado que gobernaba el mundo, llamado
3 Decio. En su tiempo hubo una gran persecución contra los cristianos, a quienes mandó
4 ofrecer sacrificios a los dioses. Había entonces siete jóvenes de noble cuna
5 en la casa del rey. Éstos eran sus nombres:
6 Aquelio, Eugenio, Zéfano, Probato, Sambatio, Ciríaco y Maximiano.
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7 Cuando estos hombres vieron la impiedad de Decio y su
8 abundante idolatría—pues adoraba como al Dios vivo a ídolos sordos y mudos,
9 y obligaba a todos a adorarlos—, la gracia de Dios descendió sobre aquellos
10 siete, de modo que creyeron en Cristo y fueron bautizados. En el bautismo recibieron otros
11 nombres: Juan, Serapión, Dionisio,
12 Constantino, Marciano, Malco y Maximiano. Decio llegó entonces a
13 Éfeso y dijo que todo aquel que llevase el nombre de Cristo debía morir
14 de inmediato. El rey ofreció sacrificios a los dioses y todos lo imitaron,
15 hasta que el humo de las ofrendas cubrió la ciudad entera. Cuando los siete
16 lo vieron, se apoderaron de ellos el horror y el miedo, y quedaron sumidos en
17 llanto y profunda tristeza. Rezaron, echaron ceniza sobre sus
18 cabezas y suplicaron fervientemente a Dios que no abandonase a su pueblo
19 durante la persecución que sufría. Quienes perseguían a los
20 cristianos fueron a contar al rey que todos ofrecían sacrificios a los dioses
21 salvo siete miembros de su propia casa, a quienes más apreciaba,
22 entre ellos Maximiano y el hijo del juez principal. El rey se enfureció
23 y mandó que los llevaran ante él. Fueron conducidos encadenados hasta el rey,
24 con la tristeza marcada en el rostro y ceniza sobre la cabeza. Mientras
25 rezaban, el rey los miró y dijo: «Me parece que os habéis extraviado,
26 pues no os acercáis a vuestros propios dioses ni les ofrecéis
27 sacrificios. Juro por Apolo que sufriréis diversos tormentos
28 por vuestra deslealtad a los dioses». Los santos varones le respondieron:
29 «Estamos dispuestos a morir por el único
30 Dios todopoderoso que hizo el cielo, la tierra y el mar. En cuanto a
31 tus dioses, fueron hechos por manos de artesanos y no tienen
32 poder alguno. Ellos y quienes los adoran irán al castigo
33 eterno». El rey se enfureció y dijo a su gente:
34 «Quitadles las vestiduras y dejadlos desnudos para que se arrepientan
35 de lo que han hecho. Llevadlos después a la casa real y dejadlos
36 así, pues no conviene atormentar unos cuerpos tan hermosos».
37 Por orden del rey les quitaron entonces las cadenas. «Id a
38 Éfeso—dijo el rey—y permaneced allí hasta que yo regrese de otra ciudad».
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39 Cada uno repartió entre los pobres el poco oro, plata y
40 ropa que tenía. Después entraron en una cueva del monte Cilión, llevando
41 consigo algunos bienes, pues allí los necesitarían. Uno de ellos
42 salía para comprar comida y estar atento a las noticias del
43 emperador y del rey. Aquel servidor se llamaba Malco. Mientras los santos
44 varones permanecían en la cueva, entregados a una oración profunda, el emperador
45 Decio llegó a Éfeso y preguntó por Maximiano a sus padres.
46 Ellos dijeron que estaba en la cueva del monte Cilión y que sería fácil sacarlo
47 de allí si el rey lo deseaba. Malco les contó aquellas palabras,
48 y el miedo se apoderó de ellos. Se postraron rostro en tierra
49 y juntos se entregaron al lamento y la oración. Cuando Dios oyó su súplica,
50 se compadeció de ellos y les envió un sueño profundo, de modo que sus almas fueron
51 llamadas desde sus cuerpos hasta él, mientras ellos yacían en el
52 suelo como dormidos. Entonces se encendió la ira del rey,
53 y dijo a su gente: «Id y cerrad la entrada de la cueva,
54 para que esos hombres no salgan a combatir contra nuestros dioses y mueran
55 allí». Cuando la gente del rey fue a cerrar la cueva, los acompañaron dos hombres
56 cristianos, llamados Teodoro e Iabino, que
57 aún no se atrevían a adorar abiertamente a Cristo ante el rey. Escribieron en
58 tablillas de plomo la historia, los hechos y los nombres de aquellos santos varones, y las pusieron
59 junto a la entrada de la cueva, en un lugar oculto y desconocido para todos, para que, cuando Dios quisiera dar a conocer los hechos de sus campeones,
60 las tablillas revelasen todo cuanto habían hecho en el nombre de Dios.
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61 Llegó entonces la gente del rey con pesadas piedras
62 y cerró con ellas la entrada de la cueva. Dijeron: «Que mueran
63 allí de hambre, o que cada uno se coma a otro».
1024]
64 El emperador Decio murió tiempo después, y Teodosio, hijo de
65 Arcadio, recibió el reino después de él. En su tiempo alzó la cabeza la herejía de los
66 saduceos, que negaban la resurrección, pues decían que
67 los muertos no resucitarían. Aquello afligió profundamente al emperador
68 Teodosio, quien oró a Dios para que le revelase qué debía hacer
69 al respecto.
1030]
70 Había entonces en Éfeso un hombre rico. Su gente acostumbraba a
71 encerrar el ganado en la ladera del monte Cilión, y aquel hombre dijo a
72 los suyos: «Éste es un buen lugar para nuestro ganado;
73 construid aquí corrales para él». Los pastores recogían las piedras del monte
74 para levantar muros alrededor del ganado. Llegaron a la entrada de la
75 cueva y hallaron allí unas piedras pesadas, que se llevaron para construir
76 el corral, aunque no entraron en la propia cueva. Entonces el Señor devolvió las
77 almas de los siete a sus cuerpos. Ellos se levantaron y
78 conversaron entre sí, pues les parecía que no habían
79 dormido más de una noche. Sus cuerpos eran hermosos y sus vestiduras estaban
80 completamente intactas.
81 Dijeron a Malco: «Lleva plata contigo, entra en la ciudad,
82 cómpranos comida y averigua qué ha decretado el emperador Decio
83 acerca de nosotros, pues estamos dispuestos a morir en el nombre de Dios antes que
84 ofrecer sacrificios a los dioses». Tomó consigo sus bienes, en los que estaba escrito el nombre de Decio.
85 Cuando llegó a la ciudad, vio
86 la señal de la cruz sobre la puerta. Se sorprendió mucho y
87 se dijo: «¿Acaso no salí ayer de esta ciudad?
88 Quizá haya cambiado el parecer del emperador Decio, pues la puerta de su ciudad
89 está sellada con la señal de la cruz». Malco entró entonces en la
90 ciudad y oyó a todos jurar por el nombre de Dios. Los vio también
91 recorrer la ciudad camino de la iglesia y renovarla.
1052]
92 Se maravilló y dijo para sí: «Me parece
93 que he llegado a otra ciudad». Cuando llegó al mercado,
94 cambió sus bienes por comida. Todos miraban las monedas y dijeron: «Mirad,
95 este hombre ha encontrado un tesoro de monedas, pues fueron
96 acuñadas en tiempos de Decio». Malco se preguntó: «¿Qué
97 quieren de mí? ¿Estoy soñando?». Entonces lo prendieron y lo
98 llevaron ante el obispo, llamado Marino, y también ante el juez principal.
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99 El juez le preguntó: «¿De qué tierra has venido?». «Soy de Éfeso—
100 respondió Malco—, ¿y acaso no es ésta Éfeso? Recuerdo que
101 hace apenas uno o dos días que estuve aquí». «¿De dónde sacaste estas monedas?»,
102 preguntó el juez. «Las traje de casa de mi padre y de mi madre»,
103 respondió Malco. «¿Quiénes son?», preguntó el juez. Malco les dijo
104 sus nombres, pero ellos no los conocían. «Dinos la verdad—dijo el
105 juez—: ¿de dónde trajiste esta plata de tiempos de Decio? Han
106 pasado trescientos setenta y dos años desde la muerte de Decio. Si no
107 dices la verdad, serás torturado aquí». Malco quedó sumido en profunda
108 tristeza y dijo: «Por el Dios vivo, decidme dónde está el perseguidor
109 de los cristianos, el emperador Decio, que se encontraba en esta ciudad,
110 y si aún vive el santo obispo Marino». «Aquel Decio murió
111 hace mucho», respondieron. Cuando Malco lo oyó, dijo al
112 santo obispo: «Me parece que mis hermanos y yo hemos
113 dormido sólo una noche. Pero como veo que han pasado siglos
114 mientras dormíamos, quizá sea Dios quien nos ha despertado de entre los muertos,
115 para que los hombres del mundo sepan que habrá verdaderamente una resurrección de los muertos en el
116 juicio glorioso. Venid conmigo para que os muestre a mis hermanos,
117 que se levantaron conmigo». El obispo y el juez recibieron
118 aquel relato con gran asombro. Malco contó a sus hermanos cuanto
119 le había sucedido en la ciudad. Entró después en la cueva y encontró
120 un relicario con dos broches de plata. Salió deprisa,
121 llamó al pueblo y abrieron el relicario. Dentro encontró dos tablillas de plomo,
122 en las que estaba escrita «la pasión de aquellos siete santos», tal como
123 hemos contado antes. Por ellas creyeron que todo cuanto Malco les había
124 dicho era verdad. Entraron entonces en la cueva y encontraron a los
125 santos varones sentados al fondo. Sus rostros resplandecían
126 como el sol.