Atkinson, The Passions and the Homilies from Leabhar Breac (1887) — traducido del irlandés.
1 Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo —hermano del apóstol Juan, el admirable evangelista—, predicaba la palabra de Dios en la tierra de Judea. El druida llamado Hermógenes envió a su discípulo ante Santiago, acompañado de un grupo de fariseos, para que negara el nombre del Hijo de Dios en presencia del grande y venerado apóstol Santiago. Aquel discípulo se llamaba Fileto. Cuando llegaron ante Santiago, no dejaban de afirmar que Cristo no era el Hijo de Dios; pero Santiago refutó sus argumentos y demostró, mediante los testimonios de la Escritura, que Jesucristo es el verdadero Hijo de Dios.
2 Fileto fue entonces a ver a Hermógenes y le dijo: «Me parece que no puedes vencer al apóstol del Señor Jesucristo, pues yo mismo lo he visto sanar a ciegos, cojos y leprosos en el nombre de Cristo, y he oído decir a amigos míos que lo vieron resucitar a los muertos. Además, conoce de memoria la Sagrada Escritura, y con ella demuestra que el Cristo crucificado por los judíos es el Hijo de Dios. Este es mi consejo», dijo: «ve a verlo y pídele perdón, pues tu hechicería no te servirá de nada después de lo que te he dicho». «Iré a verlo», dijo Hermógenes, «y le pediré perdón, y él me seguirá como hace todo discípulo».
3 Al oír aquello, Hermógenes montó en cólera, hizo que ataran a Fileto en su presencia y dijo: «Si Santiago te libra de las ataduras que llevas, creeré en él». Entonces Fileto envió a un criado para que se lo contara a Santiago. Santiago mandó a su propio criado hasta donde se encontraba Fileto con el sudario que él usaba; en cuanto el paño tocó las ataduras, estas se soltaron y cayeron al instante. Fileto fue después a ver a Santiago, y ante él no cesaba de acusar a Hermógenes y de desenmascarar su hechicería.
4 Hermógenes se llenó de ira, pues le dolía que su discípulo lo hubiera abandonado. Invocó a unos demonios mediante hechicería y los envió contra Santiago. Les dijo: «Id a buscar a Santiago y a mi discípulo Fileto, y traédmelos para que pueda enfrentarme a ellos, no sea que se lleven a mis discípulos y los seduzcan». Los demonios acudieron entonces a Santiago, que se encontraba orando, y le dijeron entre gemidos y gritos desde el aire, por encima de él: «Apóstol de Dios, ten piedad de nosotros antes de la hora de nuestra condenación, pues ya estamos sufriendo». «¿Por qué habéis venido aquí?», preguntó Santiago. «Hermógenes nos envió para que te lleváramos ante él junto con Fileto, pero, cuando llegamos aquí, los ángeles del Señor nos ataron con cadenas de fuego, y estas nos están abrasando».
5 «Que los ángeles de Dios os libren», dijo Santiago, «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; id a buscar a Hermógenes, no le hagáis daño y traedlo vivo y con su propia figura». Los demonios fueron hasta Hermógenes y le dijeron: «¿Por qué nos enviaste para que Santiago nos atormentara y crucificara?». Los demonios le ataron las manos a la espalda y lo llevaron ante Santiago. Santiago le dijo: «Hombre salvaje e ignorante, ¿por qué te hiciste enemigo del género humano [es decir, del diablo]? ¿Por qué no miras a aquel [es decir, el diablo] que envió a sus ministros para extraviarme, de modo que, a pesar suyo, han quedado bajo mi poder? No permití que regresaran a ti para hacerte daño».
6 «Suéltanos», dijeron los demonios a Santiago, «para que podamos corresponder a tu misericordia, y ejercer la nuestra sobre él, sobre cualquiera que quede en nuestro poder por causa tuya». Santiago les dijo: «¿Por qué pedís hacer daño a Fileto, que está en vuestra presencia?». «No podemos dañar a quien está bajo tu protección», dijeron los demonios. Santiago dijo entonces a Fileto: «Aquel que te ató, desátalo, para que la gente conozca la diferencia que hay entre los seguidores de Jesús, pues ellos devuelven bien por mal. Aquel que envió demonios para llevarte cautivo, libéralo; que quede libre de los demonios y marche por el camino que quiera».
7 Fileto libró entonces a Hermógenes de sus ataduras, y Hermógenes guardó silencio. Santiago le dijo: «Ve por el camino que quieras, pues nuestra enseñanza no consiste en obligar a nadie a venir con nosotros». «Ahora conozco», dijo Hermógenes, «el poder maligno de los demonios contra los hombres; si no me das una señal, los demonios me llevarán a diversos tormentos». «Lleva contigo mi propio bastón», dijo Santiago, «y te acompañará sin sufrir daño por cualquier camino que quieras». Hermógenes tomó el bastón en la mano y se dirigió a su casa. Cargó a su espalda dos recipientes llenos de libros, y también sobre la espalda de su discípulo, y fue ante Santiago, a cuyos pies se arrojó. Hermógenes quería quemarlos. «No lo hagas», dijo Santiago, «no sea que el humo perjudique a la gente; ¡húndelos en medio del mar!». Hermógenes lo hizo de inmediato, regresó ante el apóstol, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, perdóname la culpa de todos los males que te he causado». «Si tu arrepentimiento es verdadero», dijo Santiago, «Dios te perdonará». «¿Acaso no es señal de mi arrepentimiento», dijo Hermógenes, «que haya hundido todos mis libros?».
8 «Ve entonces», dijo el apóstol, «hacia la fe y la creencia. A todos aquellos a quienes hasta ahora extraviaste mediante la hechicería, diles que era falso lo que solías decirles y afirmarles; rompe el ídolo que adorabas hasta ahora; y reparte entre los pobres de Dios la riqueza que obtuviste por boca del diablo, para que ahora seas hijo de Dios, después de haber sido hasta hoy hijo del diablo». «Haré todo eso», dijo Hermógenes. Así, por la enseñanza de Santiago, Hermógenes creyó en el Señor y desde entonces guardó los mandamientos de Dios, de modo que más adelante Dios obró por medio de él muchos prodigios y milagros.
9 Cuando los judíos vieron que Hermógenes, su casa y sus discípulos creían en Cristo, sobornaron a los dos centuriones que estaban en Jerusalén para que arrestaran a Santiago. Se llamaban Lisias y Teocto. Santiago fue arrestado, y los judíos mandaron a los druidas de los fariseos que discutieran con él. Estos dijeron: «¿Por qué nos has dado a conocer que el Cristo crucificado entre los ladrones [es el Hijo de Dios]?». Santiago, lleno de la gracia del Espíritu Santo, dijo: «Amados hermanos, hijos de Abrahán, Isaac y Jacob, Dios prometió a vuestro padre Abrahán que de su linaje nacerían pueblos sin número. El propio Abrahán, amigo de Dios antes de ser circuncidado, hizo una promesa cuando dijo: “Una doncella dará a luz un hijo, y su nombre será Dios del cielo y de la tierra”; pues no fue por la circuncisión, sino por la fe, por lo que Abrahán fue llamado amigo de Dios. De ello se desprende que solo quien cree en él es amigo de Dios». «¿Quién cree en Dios?», preguntaron los judíos. «Quien cree en la profecía de Moisés», dijo Santiago, «cuando el profeta Isaías dijo en profecía: “El Señor hará surgir para vosotros a un gran profeta semejante a Moisés”. Aquel admirable profeta anunció el nacimiento de Cristo; el profeta Jeremías profetizó diciendo: “Vendrá quien te redimirá, Jerusalén, y estas serán sus señales: dará ojos a los ciegos, oído a los sordos y resucitará a los muertos con su palabra”. El profeta Daniel anunció el nacimiento de Cristo al decir: “Vendrá el Hijo del Hombre y recibirá señorío y poder sobre el mundo”; y el propio Señor dijo a David, hijo de Jesé: “Te daré del fruto de tu vientre a uno que ocupará el reino en tu lugar”. El profeta Isaías dijo también acerca de su pasión: “El Hijo de Dios será llevado al sacrificio como un manso cordero”; y David dijo en la persona del propio Dios: “Traspasaron mis pies y mis manos, se repartieron mis vestiduras y echaron suertes sobre ellas”. David dijo asimismo de la resurrección de Cristo: “Me levantaré de entre los muertos por el pueblo desdichado que está en el infierno”; y el mismo hombre dijo acerca de la resurrección: “El Hijo de Dios ascendió y fue recibido en lo alto sobre los peldaños de los querubines”. David dijo también: “El Hijo de Dios se sentará a la derecha de Dios Padre en el cielo”; y el propio Señor dijo a Jesús: “Siéntate a mi derecha”. El mismo profeta dijo de su venida el día del juicio: “El Señor vendrá abiertamente, un fuego insoportable arderá ante él y una gran tempestad lo rodeará”. Todas estas cosas», dijo Santiago, «se han cumplido en nuestro Señor Jesucristo. Él sanó toda enfermedad; él dio vista al ciego poniendo su saliva sobre su rostro —pues era ciego de nacimiento—, y aquel milagro demostró que fue él quien formó a Adán con el barro de la tierra. Cristo hizo barro con saliva, lo puso en el lugar de sus ojos y lo sanó al instante. Nosotros [es decir, los apóstoles] preguntamos a Cristo», dijo Santiago, «cuál de ellos había pecado, él mismo o sus padres, para que hubiera nacido ciego. “Ni él ni sus padres pecaron”, dijo Cristo, “sino que esto sucedió para que se manifestaran en él los milagros de Dios”. Pues fue él quien lo creó: Dios sanó de este modo aquello que no se había formado en un principio, es decir, los ojos. Después sanó al paralítico, limpió a los leprosos, dio vista a los ciegos, expulsó demonios y resucitó a los muertos».
10 Todos los judíos dijeron entonces a una voz: «Cristo es enemigo de la muerte, pues fue traicionado por su propio discípulo, Judas». «¿Qué sucede, pues, amados hermanos, hijos de Abrahán?», dijo Santiago. «Los profetas hablaron de estas cosas por la venida del Espíritu Santo a ellos: el nacimiento de Cristo, su pasión y su resurrección de entre los muertos. Que cada uno de vosotros se arrepienta y sepa que los gentiles creyeron las voces de los profetas; creed también vosotros en las elevadas enseñanzas y en los profetas que anunciaron a Cristo, el Hijo de Dios».
11 Mientras Santiago impartía aquella enseñanza, Dios obró un prodigio en los judíos, de modo que todos dijeron a una voz: «Hemos cometido un gran pecado; concédenos el perdón». «No desesperéis», dijo Santiago, «sino creed en el Señor y recibid el bautismo para que vuestros pecados sean apartados de vosotros».
12 Cuando Abiatar, el sacerdote de Jerusalén, vio que mucha gente creía en Cristo por medio de Santiago, se llenó de ira y furor y entregó numerosos sobornos al grupo que se había aliado con él contra Santiago. Entonces llegó uno de los fariseos, puso una soga alrededor del cuello de Santiago y lo arrastró hasta la casa de Herodes Agripa, que en aquel tiempo era juez sobre el pueblo de Israel. Herodes lo condenó a morir decapitado.
13 Mientras llevaban a Santiago para decapitarlo, encontraron en el camino a un paralítico que dijo: «Santiago, apóstol de Jesús, líbrame de mi enfermedad, pues todos mis miembros están atormentados». «Levántate», dijo Santiago, «en el nombre de Jesucristo, por cuyo nombre me llevan a decapitar; bendícelo y quedarás sano». El enfermo se levantó sano al instante y bendijo el nombre de Dios. Cuando el fariseo —se llamaba Josías y era quien había atado la soga al cuello del apóstol— vio el milagro obrado allí, se postró ante el apóstol y no cesó de suplicar su perdón. Cuando el apóstol advirtió que la gracia de Dios había descendido sobre él, le dijo: «¿Crees que Jesucristo, a quien crucificaron los judíos, es el Hijo de Dios?». «Creo», respondió Josías, «y esta será mi fe y mi creencia para siempre: aquel a quien tú anuncias es el Hijo de Dios».
14 Abiatar, el sacerdote, dijo entonces a Josías: «Si no reniegas de Santiago y no maldices el nombre de Cristo, morirás con él». «Maldito seas», respondió Josías, «tú y todos los dioses de los ídolos que están contigo; bendito sea el nombre de Jesucristo, a quien Santiago anuncia». «Golpeadlo en el rostro», dijo Abiatar; y mandó decir a Herodes que Josías debía morir junto con Santiago.
15 Llegaron entonces al lugar de la ejecución, y Santiago dijo al verdugo: «Danos agua antes de matarnos». Le llevaron un recipiente lleno de agua, y Santiago dijo a Josías: «¿Crees en Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?». «Creo», dijo Josías, «que él es un solo Dios todopoderoso». Santiago derramó entonces el agua sobre él, puso la mano sobre su cabeza, lo bendijo y trazó en su rostro el signo de la cruz de Cristo. Después fue decapitado junto con el apóstol del Señor, a quien sean la gloria y el honor en el cielo y en la tierra por los siglos de los siglos. Finit. Amén.
A continuación viene la Pasión del apóstol Andrés.