MGH SS XV.1 (1887), ed. Holder-Egger — traducción al español moderno. Las frases en irlandés antiguo conservadas en el texto se dan en irlandés y con su traducción. El archivo contiene también, tras la vida, el inicio del siguiente texto de los MGH — la introducción del editor y los primeros capítulos de los Milagros de san Bertino — y se interrumpe a mitad de frase.
Puesto que Dios todopoderoso acostumbra a conducir de diversos modos a las instituciones de una vida más perfecta, desde la única y abundantísima fuente de su clemencia, a sus escogidos — a quienes predestinó a la vida eterna antes de la fundación del mundo — aunque estén ocupados en los variados cuidados de este mundo y persigan fines diversos, no nos ha parecido impropio consignar brevemente la memoria de un hombre memorable que en nuestros días ofreció ejemplos dignos de imitación, para que tanto nosotros, al leerlos a menudo, como la posteridad podamos sacar de ellos algún provecho.
Hubo, pues, un hombre llamado Findán, irlandés de nación y ciudadano de la provincia de Leinster. Con el favor de Dios intentaremos contar por qué circunstancias llegó a la perfección de vida y por qué tentaciones y trabajos fue probado con frecuencia. Los paganos llamados hombres del Norte, tras devastar muchos lugares de la isla de Irlanda, también llamada Hibernia, se llevaron cautiva, entre otras mujeres, a la hermana del citado hombre. Su padre mandó entonces a su hijo Findán que tomase dinero, rescatara a su hermana y la devolviera a su padre. Él, llevando consigo compañeros e intérprete, deseoso de cumplir el mandato paterno y de guardar en su corazón un amor fraterno y piadoso, fue apresado en aquel mismo viaje por los paganos, encadenado y conducido sin demora a sus naves, que estaban ancladas en la costa cercana. Aquel día y la noche siguiente permaneció atado, sin comer ni beber. Pero algunos de ellos — hombres de juicio más sano y, creemos, movidos por una humanidad inspirada por Dios — declararon que quienes habían acudido allí para rescatar a otros no debían ser retenidos por la fuerza, y así fue liberado. Cuando además los hombres del Norte emprendían su partida [es decir, se disponían a partir], el Señor — sabiendo que su siervo, aunque todavía vestía como seglar, le serviría después con entrega en todas las cosas — se dignó ya entonces librarlo de las manos de sus enemigos. En otra ocasión, cuando una multitud de aquellos mismos enemigos lo perseguía mientras huía hacia una casa y él se ocultó tras la puerta, ninguno pudo encontrarlo, aunque corrían de un lado a otro a su alrededor.
Tampoco creemos que deba silenciarse por qué motivo emprendió una peregrinación y se esforzó laudablemente por cumplirla. En aquella misma provincia de Leinster surgió una gran disputa entre dos príncipes. El padre del mencionado Findán era soldado de uno de ellos y mató a un hombre del bando contrario. Al oírlo, el príncipe adversario, inflamado de ira desmedida, fue de inmediato con un gran ejército a la casa del padre de Findán, decidido a destruir con hierro y fuego todos sus bienes y a él mismo. Llegaron de noche, arremetieron armados contra la casa y, prendiendo fuego al tejado, mataron al padre de Findán cuando salía de las llamas. Pero a Findán, que se hallaba en otra casa, tampoco pudieron capturarlo cuando la rodearon de fuego, pues se defendió valerosamente ante las puertas y, protegido visiblemente por la gracia divina, atravesó en medio de las llamas y de los enemigos con escaso daño. Sin embargo, mataron a su hermano, que estaba en la misma casa. Por ello se encendieron grandes enemistades y discordias irreconciliables entre ambas partes. Poco después, por intercesión de algunos fieles y mediante la entrega de una suma considerable de dinero a Findán y a los suyos, ambos bandos volvieron a la paz. Pero en ese mismo año los enemigos de Findán, temiendo que recayera sobre ellos la venganza y que reviviera en el corazón de Findán el dolor por su padre, y queriendo eliminarlo también a él, tramaron de este modo una traición. Tras deliberar, prepararon banquetes para Findán en lugares cercanos al mar; y, una vez invitado, llegaron hombres del Norte, lo arrancaron de entre los comensales, lo ataron cruelmente como a un enemigo y se lo llevaron consigo. Según su costumbre, deliberaron sobre él: su dueño noruego, como aún no quería volver a su patria, lo vendió a otro, este pronto a un tercero y el tercero a un cuarto. El último, reuniendo compañeros y deseando regresar a su país, lo llevó consigo en una nave.
Cuando habían navegado más allá de la mitad de la extensión marina, he aquí que se encontraron con cierta flota de la misma nación. Uno de ellos subió a la nave en que estaba Findán y preguntó por la naturaleza de la isla [Irlanda] y por cómo estaban allí las cosas. En aquella nave iba un hombre cuyo hermano había sido asesinado por el mismo que preguntaba; al reconocerlo inmediatamente, lo mató allí mismo. Al verlo, sus compañeros se prepararon para luchar, y las dos naves combatieron largo tiempo con encarnizado empeño. Mientras contendían así, Findán, aunque encadenado, se levantó con su señor y sus compañeros y quiso prestarles ayuda. Pero las tripulaciones de las naves más rápidas intervinieron y separaron a los combatientes, y la nave donde estaba Findán se retiró sin daño.
Su señor, por tanto, recordando el empeño con que él, aun atado, había querido socorrerlo, y deseando recompensar tal fidelidad, lo liberó pronto de sus cadenas y le prometió que le iría bien. Después de esto llegaron a unas islas cercanas al pueblo de los pictos, llamadas las Orcadas. Mientras los hombres de la flota bajaban a tierra para reponer sus fuerzas y corrían de aquí para allá por las islas, esperando también un viento favorable, Findán, con permiso concedido, comenzó a explorar los parajes de la isla y a pensar con angustia en su seguridad y en la fuga. Al encontrar una enorme roca en un lugar desconocido para los demás, se apresuró a esconderse bajo ella; era una roca que la marea creciente solía cubrir. Qué hacer entonces, adónde dirigirse, no lo sabía. Por un lado lo apretaba el mar; por otro, lo atormentaba vivamente el temor de sus enemigos, que corrían y caminaban sobre la roca donde se escondía, llamándolo por todas partes por su propio nombre. Prefiriendo, pues, sufrir las olas del abismo antes que caer en manos de hombres que superaban en ferocidad a todas las fieras, despreciando la masa de las aguas permaneció ayunando allí aquel día y la noche siguiente.
Al día siguiente, mientras sus enemigos permanecían en otra parte de la misma isla y la marea retrocedía — marea que, llegando hasta las puertas de la cueva, impulsada por los vientos obligaba a las olas a entrar sin cesar en la cavidad — Findán se levantó y, arrastrándose con las manos por lugares espinosos por miedo a los paganos, buscó una salida, registrándolo todo con sumo cuidado. Pues pensaba que aquella tierra debía de estar habitada. Pero, al llegar al extremo de la isla, descubrió que por un lado la rodeaba un gran mar y por el otro la cerraba una bahía nada pequeña. Así, privado de toda fuerza corporal y abatido por la extrema debilidad que había contraído de las cadenas y del hambre, no se atrevió a confiarse a las aguas. Durante tres días enteros vagó por la isla buscando una salida, redoblado su esfuerzo y sostenido solo por hierbas y agua. Por fin, al tercer día, cuando vio monstruos marinos e inmensos delfines jugando y revolcándose cerca de la orilla, impedido por la clemencia divina, meditó estas cosas en silencio y derramó con lágrimas desde lo íntimo del pecho esta oración: «Oh Dios, que creaste a estos animales sin razón y a mí, hombre, y que les diste un mar que atravesar y a mí pasos seguros sobre la tierra, socórreme con tu acostumbrada piedad en esta tribulación presente. Desde esta hora te consagro, Señor, mi cuerpo y mi alma para servirte, y jamás volveré mi ánimo hacia los halagos mundanos; por ti buscaré los umbrales de los apóstoles y, emprendida la peregrinación, no regresaré en modo alguno a mi patria. Desde ahora te serviré con todas mis fuerzas y no doblaré de mala gana mis rodillas bajo tu yugo».
Armado, pues, con esta firmeza de fe, se arrojó al agua tal como estaba, vestido por completo; y enseguida la piedad divina volvió rígidas sus ropas, de modo que, sostenido por ellas, no podía hundirse y, como si nadaran por él, según le parecía, fue llevado ileso entre las olas crecientes hasta tierra. Subió entonces a las cumbres más altas de los montes para ver si en algún lugar distinguía aldeas o tejados humeantes, y pasó otros dos días con la escasa comida de las hierbas. Cuando el tercer amanecer iluminó la tierra, vio a lo lejos unos hombres; al verlos, lleno de alegría, aunque eran extraños, no dudó en acercarse. Ellos lo llevaron ante el obispo de la ciudad vecina, que se había formado en la isla de Irlanda en los estudios literarios y conocía suficientemente aquella misma lengua. Con él permaneció dos años, recibiendo muchos beneficios de su humanidad y generosidad.
Pero Findán, recordando su promesa, reunió compañeros y, con licencia de su obispo, se dispuso a ir a las regiones de la Galia. Desde allí, buscando la sede de Martín [Tours], atravesó después Francia, Alamania y Lombardía, y finalmente llegó a Roma por el esfuerzo de sus propios pies, dando siempre ejemplo de virtud y ascendiendo grado a grado en las virtudes. A su regreso visitó a cierto noble en Alamania; con él permaneció cuatro años en el estado clerical, progresando en cada grado por la virtud de la abstinencia, hasta que por fin, encendido de un amor mayor al progreso, se encerró en un lugar estrecho y sometió su cuerpo a una abstinencia inaudita.
Entonces su superior hizo que fuese monje en su propio monasterio, llamado Rheinau, en el año 851 de la encarnación del Señor, y de su propia edad… [falta el número en el mejor manuscrito; otros leen 51]. Allí permaneció cinco años en el último lugar.
1 Cuando Findán quiso encerrarse como recluso y se esforzaba con insistentes oraciones por conocer la voluntad del Señor en este asunto, le llegó una voz de esta clase: «Is lét duit ó Dia anad i n-éreclaind dabdane» — «Dios te permite permanecer en la estrechez de tu abadía». [La glosa interlineal del manuscrito dice: «Dios te permite volver después de los demás».]
2 Con permiso de su abad, habiéndosele asignado como a los demás una cuarta parte de pan para su alimento diario durante un año, al año siguiente avanzó a una mayor austeridad: reservó para sí solo la mitad, y en el tercero únicamente una tercera y una cuarta parte; el resto lo daba gustosamente a los pobres.
3 Como lecho, mientras aún dormía entre los hermanos, colocaba secretamente piedras cubiertas bajo su cuerpo y descansaba muy poco, para poder dedicarse en secreto a la oración cuando todos reposaban. Sucedió una vez, durante sus acostumbrados oficios nocturnos, que vio claramente a un demonio con figura humana y tamaño prodigioso, inclinado sobre él con la boca abierta, la lengua fuera y las manos extendidas; cuando iba a atacarlo, desapareció al hacerse la señal de la cruz. Él, sin embargo, sin amedrentarse, aguardó de pie ante el altar los maitines, con los brazos en forma de cruz.
4 Ya encerrado, cuando lo oprimía un hambre tan grande que deseaba comer el pan entero y más — en la fiesta de san Patricio, que entonces había llegado — pidió ardientemente a Dios que, por su intercesión, le quitase aquella gula. Poco después de la oración y de las lágrimas que según su costumbre derramaba sin comparación aun por cosas pequeñas, percibió un oráculo pronunciado en su propia lengua: «A-táich Críst ocus Pátraic Ardmache for do féil; táid bruth is tart duit, táid coil for do chísel» — «Cristo y Patricio de Armagh están contigo en tu fiesta; el ardor y la sed se irán de ti, y tu hambre partirá»; desde entonces apenas sintió el vicio de la voracidad.
5 Del mismo modo, viviendo fuera [de la celda], en el año anterior a aquel en que iba a entrar en el claustro, pasaba todas las noches de pie en la iglesia, orando. Así, la noche anterior a que las reliquias de san Blas llegasen allí desde Roma, mientras oraba según su costumbre en la basílica, vio de repente con sus ojos corporales una paloma posada sobre el altar, que desde allí voló suavemente a la cripta y desapareció. Al día siguiente colocaron aquellas mismas reliquias sobre el mismo altar, encima del cual se había aparecido el ave al siervo de Dios.
6 Viviendo fuera, pasado algún tiempo, estando también solo de noche dentro de la basílica e implorando el auxilio del citado mártir con estas palabras: «San Blas, conocido como peregrino en estos lugares igual que yo, ¡intercede ante Dios por mis pecados!», y habiendo derramado, al repetirlas, abundantísimas lágrimas según su costumbre, estando ante el altar donde se habían colocado las santas reliquias, no inclinado sino erguido, oyó, aunque por un momento se le oscureció la vista, según solía contar, una voz de esta clase: «Tu morada está en el cielo, pues tus pecados ya han sido perdonados».
7 De nuevo, puesto en el lugar estrecho — del cual, cuando sea oportuno, procuraremos hablar más ampliamente —, al día siguiente de aquel en que debían llevarse al lugar vecino las reliquias del mártir tantas veces mencionado, el siervo de Dios ardía en grandes deseos de merecer llevar sobre sus propios hombros las reliquias del mártir, pues hacía ya mucho que, instalado en aquel mismo lugar, se había obligado con voto a no salir jamás de él. Para que el Señor concediese, pues, el deseo de aquel pobre — como dice por el profeta: «el Señor escucha el deseo de los pobres» — y confirmase las oraciones de su siervo devoto, aquella misma noche le pareció cruzar, con una multitud numerosa, el puente del río Rin por el que se sale del monasterio; le pareció también que una paloma se posaba sobre sus hombros, que la llevaba sobre ellos como deseaba, que volaba desde allí a buscar a otros y volvía de nuevo a él. Además, él mismo nos contó, mientras aún vivía en el monasterio de Pfäfers y ya meditaba esta perfección, aunque llevado a ella y casi obligado, que aquellos mismos lugares estaban rodeados de aguas que, con sus frecuentes vueltas, formaban muchas islas.
8 En la fiesta de san Columba volvió a ser afligido por la tentación y dudó si debía dar a los pobres la pequeña ración que se le daba también a él para su alimento diario, como a los demás monjes, pues razonaba consigo mismo que, si daba a los pobres comida ofrecida por el trabajo de otros, acaso ofendería a Dios. Por ello buscó la voluntad del Señor con oraciones y lágrimas, por intercesión de san Columba; y el Divino le envió enseguida esta respuesta con una voz dulcísima: «Cuiccenn do chách, cuicenn d’et fádéin; maith d’et fádéin, maith do chách» — «Da a cada uno su porción y guarda una para ti; bien para ti, bien para cada uno».
9 También en los primeros días, cuando le tocó entrar por amor de Dios en el lugar de penitencia que había escogido en este mundo, fue tentado en extremo por el vicio de la gula. No podía esperar hasta la hora en que los demás tomaban alimento, ni siquiera abstenerse hasta que se leyera el evangelio. Muy afectado por esta sugestión y avergonzado más de lo que se puede creer, acudió a sus habituales ayudas y recursos; y en la fiesta de san Aidán obispo oyó una voz de esta clase: «Áinmnech láa ocus innaidchi; ní longe, ca longe? Céle Dé remut: nó fer fás srúthiu» — «Sé paciente de día y de noche; no comas, aunque puedas comer. Un siervo de Dios antes que tú, o será un hombre más noble»; y la misma tentación se calmó.
10 Una vez encerrado vio de noche una multitud tan grande de espíritus impuros que parecían llenar la tierra y los árboles que el Rin encierra por uno y otro lado. Durante largo rato proferían voces horribles, pero desaparecieron ante las oraciones del santo, que imploraba auxilio, y nunca más volvieron a aparecérsele.
11 En la fiesta de santa Brígida virgen reunió, como era su costumbre, a una multitud no pequeña de pobres; ordenó cortar toda la carne que tenía en pequeños trozos, según el número de los reunidos. Hecho esto, llegaron inesperadamente tantos pobres como los que ya había. Pero el bienaventurado, dando gracias a Dios por su llegada y confiando en la generosidad de Dios, que multiplicó cinco panes entre cinco mil hombres, mandó repartir los trozos preparados para el primer grupo. Aunque el número de necesitados se duplicó y ni él ni nadie añadió nada a la comida, cada uno encontró su porción del mismo pequeño trozo de carne.
12 Findán, pues, nuestro patrono, encerrado en el lugar más estrecho — situado en el lado norte de la basílica de santa María, Madre de Dios y de nuestro Señor Jesucristo — sometió su cuerpo durante veintidós años con austeridad incomparable. Después del primero de los años mencionados, vestido con cilicio, sin calentarse jamás al fuego, sin descansar en cama y evitando el alivio del baño, perseveró sin cesar en ayunos, vigilias y oraciones. En cuanto al pan, tras el primer año de su encierro, y después de dieciséis años, se abstuvo, fortalecido por el Señor, de todo alimento salvo pececillos, y aun estos muy pocos. Otras virtudes de este santísimo hombre, conocidas verdaderamente por muchos testigos, constan escritas en parte y prudentemente en otro libro de milagros.
Aquí termina la Vida de san Findán el confesor. [Una mano del siglo XIII anota en el manuscrito: «aquí falta».]
[Añadido en el volumen de los MGH: MONUMENTA BERTINIANA MINORA — introducción del editor y comienzo de los MILAGROS DE SAN BERTINO DE SITHIU] #
Introducción del editor (traducida del alemán): Un librito sobre los milagros de san Bertino — no pequeño — fue compuesto por un solo autor, monje de San Bertino, y en él se narran, entre algunas otras cosas, los ataques de los normandos contra el castillo de Sithiu y contra el monasterio de San Bertino, situado fuera de la fortificación, en 861 y 891. Lo ocurrido en la incursión de 891 se describe con tal profusión y amplitud, y con un estilo tan ferviente y vivo, que resulta claro que el autor vio aquellos combates o los oyó relatar a quienes estuvieron presentes; por tanto, el librito debió de publicarse sin duda poco después de 900. Más aún: que fue escrito entre 892 y 900 parece indicarlo el hecho de que en el capítulo 8 se menciona a Folco, arzobispo de Reims, asesinado en 900, con el título de «reverendísimo arzobispo». En los códices, el libro aparece añadido a la segunda Vida de san Bertino; por ello I. Stilting conjeturó que la Vida y los Milagros fueron compuestos por el mismo autor. Pero, dado que también se narran milagros al final de la propia Vida, y que el libro comienza «Habiendo sido así anunciadas estas cosas por nuestros reverendísimos padres…», rechazamos la opinión de Stilting: juzgamos más bien que el autor añadió su libro a la segunda Vida, pero no la compuso. Nada puede conjeturarse de su nombre. Conviene señalar que emplea un estilo excesivamente hinchado y una verbosidad agotadora. Folcwin, que publicó los Hechos de los abades de Sithiu en 962, utilizó este libro; a mediados del siglo XI el abad Bovo copió partes de él. Como contiene bastantes cosas dignas de nota sobre las incursiones y costumbres normandas y sobre la historia del castillo de Sithiu y del monasterio de San Bertino, lo hemos editado casi entero a partir de tres códices cotejados (Saint-Omer 64, Boulogne 107, Saint-Omer 138).
Libro de los milagros — Prefacio #
Después de que nuestros reverendísimos padres — no solo los más celosos de todos los buenos estudios de su tiempo, sino también, por así decirlo, las columnas más firmes y las más brillantes luminarias del estado de su lugar — hubieran anunciado así estas cosas, quedan muchas otras dignísimas de relación, pronunciadas no menos verdadera que fielmente acerca de las virtudes de los santos patronos, sin elegancia pero con claridad. De entre su gran número hemos procurado añadir humildemente unas pocas, aquellas que nosotros mismos vimos o aprendimos de personas idóneas que las vieron, aunque con menor elegancia; no sea que se nos impute la culpa de frivolidad o la mancha del silencio. No confiamos en la osadía de nuestra temeridad, sino más bien en aquella fraternidad que, aunque ignorante en el hablar, damos a conocer con la habilidad que poseemos; no con la vanidad de una alabanza llevada por el viento, sino con la devoción de un ánimo sencillo y una humildad confiada, prefiriendo exponernos a las mordeduras de rivales gruñones antes que permitir perezosamente que los milagros, obrados en nuestra presencia para alabanza y gloria del nombre de Dios por los méritos de sus elegidos, desaparezcan de la memoria de nuestros sucesores. Por eso, aunque lentos de ingenio e inhábiles en el hablar, intentamos dar a conocer estas cosas como podamos; y ya está dispuesto el corazón para comenzar la empresa y exponer con suma devoción lo que se ha comenzado, en la medida de nuestras fuerzas.
Aquí comienza el texto de los milagros #
1 En tiempos de Carlos, de divina memoria, hijo de Luis — primero rey y después emperador —, cuando surgió la cruel tiranía de los paganos y se abalanzó sobre los célebres ríos Sena y Loira, consumiendo con fuego y espada no solo las comarcas circundantes de toda Neustria sino también gran parte de Bretaña, tras el curso de no muchos años, expulsados en parte por la astucia y especialmente rechazados por consideración a la misericordia divina, partieron y volvieron a su tierra, protestando que nunca más regresarían a devastar con daño los confines de aquel reino. Sin embargo, no mucho después, corrompidos por un engaño que les era querido — a la manera de los perros, que cuanto más se les atrae más persiguen —, codiciosos de dinero y sedientos de sangre, mintieron. Pues en el año 861 de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, reuniendo de nuevo una hueste desmesurada de muchísimas naves, repitieron el viaje conocido y, navegando con todas sus fuerzas por el profundo mar, surcaron rivalmente los estrechos espumosos y, manteniendo su rumbo, desembarcaron en el territorio de los mórinos [en la desembocadura del Yser]. Desde allí, saltando a tierra y sin desviarse por camino público, se dirigieron con incendios y matanzas a la ciudad de Thérouanne, deseosos de llevarse en secreto los tesoros de las iglesias de san Omer y san Bertino y esperando sorprender allí a los siervos de Dios. En las breves horas de la noche, a saber, el sábado de la semana de Pentecostés, a la segunda hora llegaron al lugar donde estos vivían. Pero, confiando en la protección de Dios que siempre los guardaba, no encontraron allí a ninguno de los hermanos, salvo cuatro que habían prometido que, si agradaba a Dios, preferían acabar allí su vida por el martirio antes que sobrevivir a la desolación de su lugar. Que Dios dispuso en parte otra cosa quedó claro por lo que sucedió después. Los nombres de quienes se ofrecieron así fueron Worad y Winedbald, sacerdotes, y Gerwald y Regenhard, diáconos. De ellos, Worad — criado casi desde la cuna bajo la regla de la religión monástica y ya casi decrépito y veterano soldado al servicio de Cristo — fue golpeado cruelmente y estuvo a punto de morir por tres días de desnudez y frío. Winedbald, consumido por el dolor de la excesiva aflicción de su cuerpo por el nombre de Dios, fue atormentado con azotes agudos, le hincharon las entrañas vertiéndole por las narices y lo dejaron medio muerto. Gerwald también, aunque anciano, como parecía más vigoroso y fuerte que los otros, padeció diversas y mucho más graves burlas de sus verdugos; pero el Señor lo preservó y se le concedió al menos la vida, aunque no su salud anterior. Así no fueron privados del martirio que con toda su oración habían deseado ardientemente. El cuarto, por su parte — más joven y robusto, como dijimos, de nombre Regenhard —, quebrantado por diversos golpes, cuando ellos se marchaban y trataban de llevárselo, luchó con las fuerzas que pudo para no ir con ellos. Prefería, en la confesión del nombre de Cristo, si de algún modo podía arrancárselo a los enemigos, encomendar allí su alma a Dios por el martirio, que su cuerpo fuese enterrado entre los cementerios paternos y que su nombre se inscribiese en los dípticos de los hermanos, antes que ser mancillado por la execrable inmundicia de sus burlas. Sin embargo, atado con crueles ligaduras, fue arrastrado miserablemente a una aldea donde había nacido de su madre, a tres millas al norte del monasterio, llamada Munninio. Rodeado por una multitud de malvados y, por la gran densidad de quienes lo cercaban y la oscuridad de la noche — pues avanzaban en pleno crepúsculo —, sin saber dónde se hallaba, sus compañeros de cautiverio, que lo sabían, le dijeron: «Mira, pasamos justo ante la puerta de tu antigua casa natal». Al advertirlo, cayó de repente a tierra. Cuando sus enemigos, golpeándolo con las armas vueltas, lo obligaron a levantarse, protestó que no seguiría y que más bien moriría allí por Cristo; atravesado por repetidas estocadas de lanza, exhalando el alma con el derramamiento de su sangre, la ofreció en sacrificio a Cristo.
2 Tampoco creo que deba callarse el hecho que, por juicio divino y por los méritos del bienaventurado Bertino, sucedió en la misma hora de la partida. Tras arrojar abundantes dones de plata sobre el altar de la iglesia donde descansaba, los encomendaron a uno de los hermanos mencionados para que los custodiara, no fuera a arrebatarlos alguien. Pero mientras se apresuraban a salir en tropas y multitud, algunos se quedaron atrás secretamente y robaron temerariamente el dinero. Al saberlo los jefes, que ya habían salido, se detuvieron y tocaron sus trompetas; reunidos en el espacio entre los dos monasterios, buscaron a aquellos hombres, los hallaron y los llevaron ante ellos. Convictos y condenados como sacrílegos, fueron ahorcados en el lado sur, junto a la entrada de la puerta del monasterio. Así el Señor proclamó con toda evidencia, por el rápido castigo incluso de incrédulos, qué tormento eterno espera bajo la apariencia del cristianismo a los hombres sacrílegos que no se arrepientan. De aquí debemos advertir nosotros, amadísimos, con la máxima diligencia cuán misericordiosamente el Señor, acumulando nuestros pecados como quien tira de una cuerda larga e ininterrumpida, nos castigó al corregirnos mediante una invasión inesperada, no hostil, de enemigos; y con igual cuidado hemos de considerar que misericordiosamente preservó entonces el lugar y perdonó a sus habitantes por compasión de su gratuita piedad. También debe contarse entre los méritos de los patronos del lugar que, en aquel mismo tiempo, todos los cautivos regresaron poco después alegres y regocijados.
3 Después de librarse del peligro mencionado, los hermanos de aquel monasterio se reunieron, bañados en lágrimas tanto de alegría como de dolor, aunque después más serenos de ánimo, y comenzaron a considerar seriamente cómo podrían aplacar la ofensa del Señor hacia ellos y hacerse aceptables ante él. Como señal de ello, cual hijos dóciles ante la exhortación de un padre piadoso, acordaron mediante un pacto común que querían hacerse más agradables, o más bien más enmendados, por aquel castigo. Los ancianos consultaron también con diligente cuidado a los hermanos mayores qué trabajos podrían reparar mejor sus anteriores negligencias. Así se resolvió en común que no solo reparasen los tejados de las iglesias, consumidos y derruidos por el tiempo, y los tejados con goteras de los demás talleres, sino que los renovasen por completo, sin interrupción ni interposición de otras tareas. Lo que comenzó con la mayor devoción se terminó, antes de lo esperado y al proveer Dios los medios, con gran belleza y energía. La iglesia donde reposaba san Bertino fue asimismo cubierta de plomo con maravillosa obra y suma rapidez. Pero la torre, recién puesta sobre ella, como había sido hecha a la antigua usanza, la desmontaron y se esforzaron por construir otra de tamaño y fábrica maravillosos. Su longitud, estando en el suelo, igualaba la altura de la cumbrera de la iglesia sobre la que se iba a colocar. Y no es extraño, pues se había hecho como una estructura de tres pisos, con tres órdenes de trípodes, por decirlo vulgarmente, salvo el claxendix [pieza de cumbrera] superior. Colocada sobre la iglesia y unida verticalmente con sus diversas sujeciones, mientras se alzaba todo el armazón principal junto con el signo triunfal, y se ajustaba a hombros la rueda superior en el perímetro del mismo mástil — a la que debían fijarse los listones y tablas de la citada cumbrera —, uno de los obreros, llamado Bertus, que estaba de pie sobre aquel círculo, tomó un martillo y, como si se alegrase de la inminente conclusión de tan gran obra, levantó vanidosamente el golpe desde lejos y golpeó sin cuidado. ¡Ay! La rueda rebotó y se sacudió; él vaciló y, resbalándole los pies, cayó de cabeza desde tan gran altura. Pero, cosa maravillosa de contar y aún más maravillosa de admirar, no sufrió daño alguno, salvo el espanto de la caída desde tanta altura. No cabe duda, por tanto, de que fue sostenido por las alas de la ayuda del beatísimo padre Bertino, a quien servía. Y como testimonio de tan gran milagro añadimos la respuesta risible y aclamada…
[El archivo fuente se interrumpe aquí, a mitad de frase en el texto del editor.]