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La traducción de San Maglorio y otros

·1548 palabras·8 mins

De los parisinos #

1 Los daneses cubrieron la superficie de la tierra como langostas, y apenas había hombre capaz de contenerlos fácilmente. Incapaz de soportar su bestial ferocidad sin ayuda alguna, el destacado obispo de la ciudad de Alethina, llamado Salvator, tomó el cuerpo del beatísimo Machutus, su predecesor, y se apresuró con toda celeridad al monasterio de Lehon. Pues allí se habían ya reunido muchos ministros del sagrado orden, aterrorizados por el estruendo de este desastre, ya que aquel lugar se distinguía no solo por su belleza natural sino que también se destacaba sobre los demás por la abundancia de grandes propiedades otorgadas por la generosidad de los antiguos reyes, especialmente porque, para aumentar su esplendor, guardaba enterrado dentro de sí el venerable cuerpo del santísimo arzobispo Maglorio. La devota comunidad de monjes allí, por tanto, gobernada con cuidado pastoral por un hombre energiquísimo llamado Junanus, mientras velaba incansablemente en el servicio del Rey eterno, se dice que fue divinamente prevenida de que, al apremiar el tiempo de la persecución, debía retirarse a las regiones de la Galia, donde merecería gozar de apacible paz y del más seguro descanso. En consecuencia, a instancias del venerable obispo Salvator, llevando consigo las reliquias de muchos santos que habían sido traídas allí de todas partes por manos de los fieles, junto con los sagrados libros y vasos de aquella iglesia y otros enseres eclesiásticos, salieron al exilio de sus propias tierras.

2 Ya habían pasado más allá de las fronteras de su patria cuando el clero de las iglesias de Dol y de Bayeux también se unió a su compañía, trayendo consigo los venerables restos del santo patriarca Sansón, e igualmente del glorioso obispo Senador, y de los santos obispos Paterno y Scubilion, con intención de viajar juntos por largo tiempo a través de regiones extrañas y desconocidas. Pero mientras esta amarguísima guerra duró tres años, el conde Ricardo llamó en su ayuda a los daneses, los alamanes y los deirios. Sacudida la Galia por diversas calamidades de sus devastaciones, el venerable obispo Salvator, con unos pocos fieles compañeros unidos a él, fue a París, la noble y fuertemente fortificada ciudad, a causa de la inminente furia de los bárbaros. Cuando hubieron entrado en ella, puesto que, como es costumbre de ese pueblo, compartían con la más profunda compasión la desolación de sus habitantes, su necesidad fue más que suficientemente aliviada por la caridad de ciertas personas fieles. Después de permanecer allí algún tiempo, sin embargo, cuando observaron la ferocidad de los paganos ensañándose cada vez más frecuentemente contra los cristianos, y cortada toda esperanza de volver a su patria, por la providente ordenación del Gobernante y Creador de todo, eligieron no partir más lejos sin él, si, con el favor divino, pudiera serles concedido un lugar por el príncipe de aquella misma ciudad—a saber, Hugo, duque de los francos—donde los cuerpos de tantos santos pudieran ser dignamente depositados. Habiendo formado este plan, se acercaron al mismo duque, que entonces se alojaba en la ciudad, llevando consigo las reliquias de ciertos santos.

3 Pero mientras demoraban la audiencia del duque durante muchísimo tiempo, por casualidad pusieron un bulto que contenía los santos cuerpos sobre una mesa, esperando la llegada del príncipe. Mientras tanto, al acercarse la hora de la comida del mediodía, el oficial que presidía el banquete principesco entró en la sala para hacer los preparativos de la fiesta; encontrándose con los hombres de Dios donde estaban sentados, golpeó los cuerpos de los santos con el bastón que llevaba en la mano y les ordenó insolentemente que se marcharan. Ni escapó impune de la enormidad de tan gran crimen. Pues al instante fue poseído por un demonio y, corriendo frenéticamente de un lado a otro, fue salvajemente atormentado en la locura. Mientras unos eran golpeados por él y otros sometidos a diversos insultos, se levantó un gran tumulto por toda la sala real, y por esta razón el endemoniado fue atado con cadenas. Los cuerpos de los santos fueron venerados por todos, y la noticia de tan gran prodigio llegó a los oídos del príncipe; inmediatamente impelido por un sobrecogedor temor, fue prontamente con su casa a los cuerpos de los santos y, postrándose en tierra ante ellos, oró humildemente para que lo que se había hecho no le fuera imputado a pecado, intercediendo por él los mismos santos ante el Señor. Entonces, por el mismo Hugo, el energiquísimo duque, los sagrados restos de los santos fueron levantados de allí y llevados a la iglesia que había sido edificada por la generosidad de los reyes en tiempos pasados y consagrada en honor del bienaventurado apóstol Bartolomé, en la cual un orden de canónigos celebraba el oficio divino; y allí, a dieciséis días antes de las calendas de noviembre, fueron depositados con el debido honor: a saber, el cuerpo del bienaventurado Sansón, arzobispo de Dol; de Maglorio, igualmente arzobispo; de Machutus, obispo; de Senador, obispo; de Leonarius, obispo; de Wenalis, sacerdote; las reliquias de Briomaglus y Corentinus; de Lencerus, obispo; de Levianus, obispo; de Ciferianus, obispo; una porción de los preciosos cuerpos de Malorius y Tremorius; de Winganton, abad; de Scofilus, abad; una porción de los cuerpos de Paterno y Scubilion; y un diente de San Budocus.

4 Había también en esa misma iglesia reliquias y cuerpos de otros santos, que previamente habían sido traídos allí por manos de reyes y de fieles, como a una capilla real. Cuando, por tanto, la paz prevaleció y floreció en toda la Galia y Normandía, algunos de los que habían venido de Bretaña a París, por un impulso, como creemos, de la voluntad divina, tomaron los cuerpos de los santos que ellos mismos habían traído allí—a saber, del benigno Sansón, del bienaventurado Leonarius y de San Wenalis, junto con ciertos otros santos—y resolvieron que algunos de ellos volvieran a su patria, mientras otros emigraran a diferentes partes de la Galia. Cuando esto fue informado al duque, aunque le pesó, no obstante, no queriendo usar la fuerza contra ellos, les permitió partir, reteniendo ciertas porciones de las reliquias de los santos. Al irse, unos se dirigieron a la fortaleza de Corbeil, otros a Beaumont, donde se establecieron; otros aún partieron hacia diferentes regiones de la Galia. A los custodios del santo cuerpo de Sansón, porque deseaban volver a Bretaña, se les permitió hacerlo después de haber sido retenida la mayor parte del cuerpo de aquel santo, mientras que otra porción junto con la cabeza les fue concedida. Al partir, cuando viajaban por la ciudad de Orleans, fueron detenidos allí por ciertas dificultades y permanecieron por largo tiempo. El duque, además, amplió la iglesia del bienaventurado Bartolomé, que parecía hecha ilustre por las reliquias de tantos santos; y después la hizo dedicar en honor del mismo Apóstol y del beatísimo Maglorio, porque este había merecido elevar al bienaventurado Sansón a la sede arzobispal de Dol. En esa iglesia estableció también monjes para llevar a cabo el oficio divino, y, por autoridad tanto real como sacerdotal, ordenó que un abad de su propia comunidad presidiera siempre sobre ellos. Él también, junto con su venerable esposa Adelaida, hija del conde de Poitou y descendiente de la estirpe de Carlomagno, otorgó grandes dones, posesiones y propiedades a esa misma iglesia, que ordenó fueran registrados y confirmados en nombre del rey Lotario y Luis, y asegurados con el sello real.

5 Ahora bien, bajo el rey Roberto, hijo del mismo duque, un conde de los bretones llamado Berengario vino a París a visitar a ese mismo gobernante y a rendirle servicio militar. Cuando los monjes de la iglesia de los Santos Bartolomé y Maglorio el Confesor oyeron esto, se acercaron al rey de la ciudad misma y pidieron que, mediante su intercesión ante el dicho conde, pudiera obtener que la iglesia del beatísimo Maglorio, situada en el distrito de Lehon, que parecía haber sido reducida a la desolación por los frecuentes ataques de los malvados, fuera concedida con sus dependencias a la iglesia de los Santos Bartolomé y Maglorio; pues en verdad era conveniente que, así como esta iglesia parisina se veía hecha ilustre por la presencia corporal de aquel santo confesor, así la iglesia de Lehon, que por la ausencia del santo carecía de esa presencia corporal de tan gran patrono, no se le negara la sujeción perpetua a ella. En consecuencia, el mismo conde, dando su asentimiento a la piadosa petición tanto del rey como de los monjes, concedió benignamente la iglesia de Lehon—que había sido consagrada en honor de los santos apóstoles Pedro y Pablo y del bienaventurado Maglorio—a la mencionada iglesia situada en la ciudad de París, junto con sus posesiones; y él mismo la amplió después por su propia donación con generosísimas propiedades. Seis monjes fueron enviados allí por el venerable Harduino, que en aquel tiempo presidía como abad sobre la comunidad parisina, a fin de restaurar el monasterio de Lehon a su anterior fábrica, de modo que los siervos de Dios que vivieran allí a la manera monástica, dejado de lado el boato mundano, se esforzaran en practicar una vida célibe. Y cuando estos monjes, cumpliendo los mandatos de su padre, llegaron allí, a causa del número de constructores atraídos por la amenidad del lugar, fue prontamente restaurado a su condición anterior.

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