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El sermón de San Patricio

·3003 palabras·15 mins

Messingham, Florilegium (1624)—traducido del latín.

De Richard Stanihurst el irlandés, libro I de la Vida de san Patricio.

1 Patricio, pues, según dice Stanihurst, al ver reunidos de todas partes, con grandísimo gozo por su llegada, a los principales del pueblo—pues los irlandeses le habían esperado con ansia durante mucho tiempo—, a una multitud de gente común y a todos pendientes de sus palabras cuando iba a dirigirles la palabra, atrajo hacia sí, por decirlo así, toda su atención. Por tanto, el santo varón, respondiendo a la expectación de la multitud, pronunció un sermón de esta manera:

2 «Si alguien entrase en una prisión infecta de un hedor intolerable y hallase en ella una gran muchedumbre de hombres, con los cuerpos fuertemente sujetos por cadenas y los miembros desgarrados por verdugos que, despojados de toda humanidad, los atormentasen sin cesar, creo que la llegada de ese hombre sería muy bienvenida para aquellos desdichados si pudiera enseñarles el camino y el modo de pasar, con sólo quererlo, del hedor fétido y podrido al olor suave, de las espesas tinieblas a la luz del sol, de las largas cadenas a una libertad nueva, de los dolores graves a los consuelos deseados, sin volver atrás. Puesto que así está dispuesto por naturaleza, como es cierto, no puedo menos que esperar vivamente que mi llegada os será muy grata, pues soy en verdad un mensajero que os trae, a vosotros cautivos, las noticias que anheláis y abre una fuente de salvación que os librará de una larga servidumbre para llevaros a la libertad eterna, si tan sólo escucháis la palabra.

3 “¿Y cómo puede ser?”, dirá alguno. «¿Cautivos nosotros, que vivimos como hombres libres? ¿Encerrados en prisión nosotros, que vagamos de un lado a otro? ¿Yaciendo en tinieblas nosotros, que contemplamos con los ojos abiertos ese esplendor celestial? Extrañas cosas nos dices, Patricio: no sólo están por encima de nuestro entendimiento, sino que repugnan al sentido común.»

4 «Bien dicho. Por esa misma señal me parece más digno de compasión quien no siente en qué gran miseria vive enredado. Pues si alguien fuera sorprendido en un crimen manifiesto, condenado por sentencia del juez y se le señalara un día en que debiera pagar la pena conforme a la ley y al juicio, salvo que antes de la hora fijada para la muerte se arrepintiera y pidiera perdón con súplica penitente, ¿no os parecería miserable su condición si el acusado se persuadiera de que jamás cometió tal crimen, de que está fuera de todo peligro y, henchido de vana confianza, tuviera por indigno reconocer su culpa, mover al juez a misericordia y obtener el perdón de sus faltas? Del mismo modo, todos los que vivimos una vida mezclada con las mayores miserias hemos de poner todo nuestro entendimiento y el esfuerzo de nuestra alma en una sola cosa: contemplar atentamente las pérdidas que nos hieren, la servidumbre que nos aflige y la tiranía que nos oprime; no sea que, mientras nos jactamos en vano de la más alta seguridad en medio de los mayores peligros y de una felicidad falsa entre miserias verdaderas, seamos derribados de repente y corramos de cabeza a una ruina rápida y eterna. Consideremos, pues, primero nuestras calamidades; después busquemos con gran cuidado y diligencia cómo podemos ser librados de ellas.

5 «Dios, hacedor y formador del cielo y de la tierra, al crear por vez primera el universo hizo al hombre a su imagen y semejanza. Dio a este padre común nuestro abundancia de dones y bienes, además de una firme estabilidad, con tal de que se sometiera firme y constantemente a la voluntad de la divinidad. Lo puso también en el Paraíso, esto es, en un campo resplandeciente y verde, lleno de todo deleite. En aquel lugar de placer no faltaba nada que pudiera alegrar ni había nada que pudiera ofender. Pero no disfrutó mucho tiempo de tal gozo. El amarguísimo enemigo del género humano, el demonio, arrojado del cielo con su soberbia compañía por su orgullo, envidió cruelmente la felicidad de nuestro padre. Vio que el linaje humano, después de su propia ruina, había sido elegido por disposición divina para ocupar su lugar. Por eso dirigió todo su empeño a cortar con engaño y malicia nuestro ascenso al cielo. Y tramó el modo de hacerlo con esta astucia. Dios había puesto al hombre en el Paraíso de deleite para que lo labrase y guardase, y le había mandado: “De todo árbol del Paraíso podrás comer; pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él morirás sin remedio.” Nuestro enemigo eterno no tardó en esforzarse con todas sus fuerzas para que nuestro primer padre quebrantara la ley de vida que Dios le había dado. Y lo consiguió. El astuto engañador sedujo a la mujer, y la mujer llevó a su marido al engaño; como ambos comieron del fruto prohibido, todos pecaron en aquel primer padre. Y él, condenado justamente a ser deudor de muerte por Dios, juez justo, se despojó a sí mismo y a su descendencia de aquella dignidad innata, y sometió miserablemente nuestro cuello al horrible lazo del demonio. Fue expulsado con su mujer del Paraíso, privado de aquellos primeros dones y deleites, cargado con la conciencia de su falta; de esa falta, como de un torbellino impuro, brotó toda la maldad humana.

6 «Antes de esta caída, Dios había dispuesto de tal modo las partes del alma que el apetito concediera a la razón, como a su legítima señora, el poder de regirlo y gobernarlo. Pero cuando el hombre se apartó del mandato de la divinidad, todo se volvió al contrario. El apetito, como un potro sin domar, arrojó las riendas con fiereza desenfrenada y se encabritó; rehusó obedecer a la razón y, como una fiera rabiosa, quiso dominarla en todo acto. Y con razón: no es digno de que le obedezcan los inferiores quien rehúsa obedecer a Dios, que está sobre él. El hombre no ardía sólo en esta guerra interior; fuera de él también reinaban la confusión y el desorden. Las mismas bestias, criaturas mansas sobre las que antes del pecado tenía autoridad natural, se hicieron feroces y empezaron a despreciarlo. Dondequiera que miraba veía peligros dispuestos a su alrededor. Veía el mar, que podía ahogar al nadador en sus olas; las montañas, que al caer podían aplastarlo en su descenso; pisaba las llanuras, que con una abertura súbita podían tragarse al viajero; miraba el aire, que podía infectarlo con aliento pestilente y afligir su cuerpo enfermo con los tormentos de diversas dolencias; veía el fuego, que podía quemar con llamas su cuerpo mortal y sufriente o ahogarlo con humo; alzaba los ojos a los rayos del sol, cuyo calor cercano podía abrasarlo y cuya ausencia podía helarlo de frío. Cuantas veces sembraba, otras tantas recogía espinas en lugar de grano, zarzas y otras plantas enemigas de los cultivos en lugar de frutos. Tras plantar los vástagos, las ramas, detenidas por la helada, no podían brotar o, una vez salidas, se marchitaban. Así, mientras cielo y tierra se conjuraban en oposición y resistencia, un fruto escaso recompensaba sus inmensos trabajos. ¿Qué diré de los mismos hombres, cada uno de los cuales amenazaba a los demás con armas, violencia y muerte? ¿Qué guerras se emprendieron? ¿Cuántas batallas se libraron? ¿Qué heridas se infligieron? ¿Qué matanzas se realizaron? ¿Cuán grande fue la multitud de los muertos? ¿Cuántos asesinatos se perpetraron? De este modo el demonio, ejerciendo una tiranía furiosa sobre todo el orbe de la tierra como sobre su propio reino, no dejó crueldad alguna sin probar. Labraría de tal manera las mentes de los hombres que, abandonado el culto de la verdadera divinidad, se fabricaron nuevos dioses, a cuya protección acudían cuando caían en alguna dificultad. Uno escogió consagrarse al Sol; otro se ligó a la Luna con sacrificios supersticiosos; otro, adorador de un dios hecho por él mismo o de un ídolo, le atribuyó con todo impulso de su alma el honor de la divinidad. Cada cual podía elegir la deidad que le agradase. Eso es lo que permite el Demonio: que cada uno adore al dios que quiera, con tal de que desprecie al Dios verdadero.

7 «En verdad, mientras los hombres trabajen bajo esta burda ignorancia, no pueden sino vivir sin ojos y sin juicio, con hábitos depravados impresos y arraigados en sus almas, y quedar por completo perdidos en toda miseria, hasta la extremidad última, digo, que os es del todo desconocida a vosotros que vivís ignorando estas cosas. Si nuestras calamidades, como la vida presente, tuvieran algún fin, nuestras miserias no merecerían tal nombre, pues no es miserable aquello en lo que se halla algún término. Pero hay otro mundo más allá del presente, en el que Dios ha dispuesto castigos para los impíos y malvados: horribles sin duda por su naturaleza, infinitos por su variedad, gravísimos por su amargura, intolerables por su intensidad e interminables por su duración. Al recordarlos palidezco de temor y me estremecen todos los miembros. A ese matadero, colmado de todos los tormentos y miserias, son llevados después de la muerte quienes en este mundo se atan a los crímenes y viven como esclavos de la tiranía del demonio. A esta misma prisión se condenó nuestro primer padre, junto con su descendencia, cuando salió del Paraíso por mandato de Dios. He expuesto muy poco de las miserias humanas; ahora oiréis algo de su remedio.

8 «Cuando nuestra salvación se hallaba así afligida sin medida en estos tiempos desdichados y días malos, en los que el demonio nos había excluido como fugitivos de la bienaventuranza eterna, Dios sumamente bueno y grande, movido a compasión, determinó librar de esta calamidad tan prolongada al género humano, manchado con la suciedad de todo crimen. Para ello envió al mundo a su Hijo, quien, hecho partícipe de nuestra naturaleza y libre de toda mancha de pecado, redimió nuestra miseria con su preciosa sangre, señal clarísima de misericordia infinita. ¿Qué cosa mayor podía sucedernos en dignidad o bondad que ser rescatados de la destrucción a tan gran precio?

9 «Para que yo pueda exponeros estos misterios con claridad, os ruego que los escuchéis atentamente. Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, nacido de la santísima virgen María, concedió innumerables beneficios a los hombres; sin embargo, ellos abusaron de su bondad divina con exceso e ingratitud. Dio vista a los ciegos, oído a los sordos, habla a los mudos, andar a los cojos, salud a los enfermos, vida a los muertos y, por encima de todo, perdón a los penitentes. Con todo, los judíos, demasiado ingratos ante gracia tan inaudita, resolvieron matar con terribles tormentos a quien debían haber honrado con todo servicio. Llevaron a Cristo atado ante Caifás, príncipe de los sacerdotes. Y cuanto pudo tramar la malicia, fingir el fraude, idear la envidia y concebir la vanidad, lo imputaron impía y malvadamente a Cristo, modelo de toda inocencia, en acusación perversa y engaño capital. Sobornaron testigos perjuros, traidores desesperados cuya conciencia sus propios engaños habían cauterizado, y cuyas lenguas, compradas a sueldo, estaban listas para toda insinuación de calumnia. Después lo entregaron al gobernador Poncio Pilato, juez injusto, por quien fue azotado bárbara e injustamente, expuesto a la burla de los soldados y afligido cruelmente con golpes. Sus enemigos, encendidos de furia, lo alzaron en la cruz, una forma de muerte que, tanto entre los judíos como entre las demás naciones, no tenía igual ni en infamia ni en dolor.

10 «Ningún hombre puede comprender, y mucho menos expresar con palabras, la fuerza de los tormentos que entonces sufrió el autor de nuestra salvación y libertad. Dondequiera que hubierais puesto los ojos en su cuerpo, nada habríais visto que no estuviera ensangrentado, nada que no estuviera desgarrado hasta lo vivo. Habríais visto su cabeza coronada de espinas, sus manos atravesadas por grandes clavos, sus pies sujetos a la cruz con igual crueldad, su corazón traspasado por la lanza de un soldado, su lengua seca de sed, su piel rota por los azotes, sus venas hinchadas por la multitud de heridas, sus nervios estirados hasta el extremo del dolor, sus vasos derramando la sangre más fresca. ¡Oh tierra benditísima, que pudiste beber aquella sangre que corría! ¿Pero por qué he de volver mi discurso a los aguijones interiores del dolor, cuya amargura no puede contener en modo alguno la estrecha capacidad del corazón humano ni declarar todas las lenguas de todos los hombres? ¿Quién podría ser tan salvaje y de corazón tan duro que contemplara, sin un torrente de lágrimas y dolores, aquel espectáculo inefable: la crueldad de los judíos? Fue tan monstruosa que el mismo Sol, para no ver el crimen de los judíos, se retiró tras su acostumbrado velo, pues nunca se había visto cosa semejante en memoria de edad alguna, y espesas tinieblas cubrieron la tierra a mediodía. Así, nuestro Señor, que en su nacimiento tuvo una estrella que lo guiara, tuvo también al sol para llorarlo en su muerte. No sólo las cosas de arriba se afligieron con rostro turbado; también las de abajo participaron de su dolor. ¡Qué bramido en las cavernas! ¡Qué temblor en las profundidades! ¡Qué horribles terremotos! ¡Cuántos sepulcros se abrieron! ¡Qué rocas se hendieron! Hasta las mismas piedras, enternecidas por los tormentos de su Señor, desfallecieron, mientras los corazones de mármol de los judíos más perversos se endurecían ante sus dolores. ¿Para qué decir más? Ningún hombre nacido y conocido entre los hombres ha soportado jamás tales torturas, ni podría soportarlas por la condición común de la vida. Sin embargo, el restaurador de nuestra salvación, deseando ardientemente salvarnos, quiso perecer entre estos cruelísimos padecimientos. Si él mismo no hubiera querido sufrirlos, sus enemigos no habrían podido hacerle violencia alguna. Por este modo de muerte Cristo decretó, con altísimo consejo, socorrer la salvación de los hombres. Pues así como el Demonio triunfó sobre el hombre por un árbol, por un árbol el Demonio vencido cedió ante el hombre. El primer hombre, abandonando y rechazando la obediencia, nos expulsó del Paraíso; el segundo, obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, nos abrió no sólo un camino al cielo, sino su entrada. ¿Qué podría añadirse a tal bondad? Si un amigo muriera por un amigo, o un igual por un igual, sería rudo e inhumano quien echara en olvido tan gran beneficio y no rindiera singular honor a tan singular amigo, aun muerto. ¿Qué gratitud podremos, pues, dar a Jesucristo, que no apartó sus ojos de nuestra miseria, sino que, el Justo por los injustos, el Señor por los cautivos, el Hijo por los desterrados, el dueño por los extranjeros, el Libre por los esclavos, el Cordero por los lobos, el Amigo por los enemigos, Dios por los hombres hechos de barro y lodo, derramó su vida? Por ese sacrificio plenísimo satisfizo por nosotros y nos reconcilió con el Padre celestial. Y, resucitando gloriosamente de entre los muertos al tercer día, alcanzó la inmortalidad; sentado a la derecha del Padre, bendice para siempre con su dulcísima presencia a sus siervos, arrancados de las fauces del demonio. A ese lugar tenéis abierto el camino, con tal de que disipéis de vuestras almas las antiguas tinieblas, renunciéis a las ficciones y fábulas de la superstición y os sometáis a la autoridad de Cristo, que debilitó y quebró el poder seguro de la bestia inmundísima y nos libró, con su sangre, de los mayores tormentos de la servidumbre y la destrucción.»

11 Este sermón, según las palabras de Stanihurst, al ser escuchado atentamente penetró en las mentes de muchos que antes nunca habían sido instruidos y comenzó a obrar; aquella nueva doctrina empezó enseguida a grabarse en ellas como con un cincel. Mientras dirigía este discurso a la asamblea, la punta del zapato de su anfitrión, un cierto jefe que asistía al sermón, o más bien lo presidía, le atravesó el pie. Y mientras el orador se elevaba al fervor de su elocuencia, mantuvo inmóvil el pie, como clavado al lugar. Pero el primado herido, sometiéndose a aquella prueba, dejó que el pie del hombre apretara el suyo, queriendo probar mediante aquel mismo aguijón cuán de buena gana soportaría los más agudos tormentos de la cruz para la liberación del hombre. Pues una gran fuerza de devoción lo llevaba a esta parte de nuestra religión. El jefe, por su parte, pensaba que él, cuya mente estaba formándose en la religión cristiana, debía ser atormentado en alguna parte de su cuerpo. Por ello, ocultando su propósito, no quiso apartar el pie de su lugar, aunque lo tenía atravesado. En cuanto la mujer advirtió con asombro su error, el jefe, admirado de que el hombre nunca se hubiera estremecido de dolor, cedió y desistió, afirmando que aquello había sucedido por descuido; pidió humildemente al primado que aplicara algún remedio. A sus ruegos, el médico supremo, sin abandonar su lugar, curó excelentemente la herida, sin que quedara cicatriz alguna. Y este milagro, gran prueba de la doctrina cristiana, ganó a una multitud de hombres.


Hasta aquí Stanihurst, en el pasaje citado arriba. Ignoramos, sin embargo, si tomó esta oración o sermón de san Patricio de manuscritos antiguos o de libros impresos, pues pudo haber sido pronunciado realmente por san Patricio, o si lo compuso él mismo a su manera ingeniosa y elocuente. Sólo una cosa parece indicar que la tomó de otra parte: toda esta oración está señalada por él con ciertas marcas marginales o signos de cita, distintos del resto de la narración. Si esto prueba que la compuso otro o el propio Stanihurst, lo dejo al juicio del lector prudente.

FIN.

Todo lo contenido en este volumen queda sujeto al juicio y corrección de la única, santa, católica y apostólica Iglesia romana.

[Nota editorial de erratas: «Los errores, y también las omisiones, deben corregirse como sigue; unos se corrigen antes y otros después». Siguen correcciones de líneas del tratado preliminar y del prólogo de Jocelin, con las que termina el volumen.]

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