Ir al contenido

Carta de Paulino de Burdeos

·597 palabras·3 mins

1 El pensamiento de escribirte me retiene por temor, por una parte, y me impulsa por afecto, por la otra. Entre estas dos, mi mente se agita incierta, como un marinero imprudente que confía sus velas a un destino imprevisible. Pero como sé que en ti tengo un puerto seguro, a menudo asumo el incierto resultado de mi rumbo. Sin embargo, he preferido arriesgarme a causar molestia antes que incurrir en culpa. Pues sé bien que mi señor Fausto recibe mis cartas sin desdén. No obstante, porque mi señor Marino, el ermitaño—hombre santo y muy temible por su extrema severidad—me ha infundido con su severa admonición un temor tan grande, ahora me acerco con una pregunta.

2 Estoy enredado en pecados carnales, cometiendo toda clase de maldad que un pecador pueda cometer. Cuando haya llegado al fin de mi vida humana y haya obtenido repentinamente el arrepentimiento, deseo saber si el pecado queda entonces parcialmente eliminado o enteramente borrado. O si quienes creen en la unidad de la Trinidad pero están condenados a castigos y tormentos eternos—si no han pecado contra el Espíritu—¿han de ser torturados con todas las llamas y sufrimientos corporales?

3 Esta es mi opinión: si un cristiano ha de soportar todas estas cosas, un arriano no podría soportar nada más. Pero deseo entender si el alma, una vez separada de los vínculos corporales, queda bajo alguna forma de custodia, o si es retenida encerrada en una prisión, o si es arrojada incierta por el aire. Y como sé que en aquella hora todo pensamiento perece, pregunto respetuosamente—si lo permites—si los pensamientos buenos y malos descienden del alma, que está probado que es inmortal, o si se conserva algún sentido y entendimiento, y si retiene alguna inclinación hacia lo honorable.

4 Y como sabemos que todas las cosas se conceden a los buenos—incluso hasta el punto de que pueden otorgar mayores beneficios a los vivos después de la muerte—busco entender qué se da o se quita a los malvados. Además, pido que se me enseñe si el alma debe llamarse con más razón corporal o incorporal. Como la carne es débil pero el espíritu está dispuesto, deseo también saber, en mi ignorancia, qué parte del pecado soporta el alma a causa de los errores del cuerpo. Y si el alma es inmortal, ¿cómo es atormentada por pecados mortales? ¿O son el alma y el espíritu lo mismo y, si no, cómo se distinguen? Busco entender.

5 Pues el hombre mencionado me ha aterrorizado de tal modo—incluso poniéndome bajo la obligación de un juramento—que afirma que quien sucumbe a los pecados corporales no puede obtener perdón alguno, sino que será sometido a los mismos castigos aun después de la resurrección, y que lo contraído por los pecados corporales no puede ser purificado por los tormentos infernales.

6 Sin embargo, en mi miseria, aún creo esto: quienes han recibido una vez el signo del nombre divino y han tenido impresa la marca de nuestro Señor en su frente—siempre que nunca hayan actuado a sabiendas con malicia ni lo hayan traicionado engañosamente—serán, después de soportar algunos castigos ligeros por la expiación de su error, finalmente purificados, recobrando una conciencia refinada y etérea y el fuego de un alma simple una vez cumplido el día del juicio.

7 Pues si nosotros los pecadores hemos de soportar todo lo que mi señor Marino ha amenazado, no sé qué castigo mayor podría merecer el impío. Perdóname si causo ofensa a tu santidad, pero como quien espera ser un día discípulo, deseo ser enseñado por un maestro versado en tales materias.

↑