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Sobre San Ronan, obispo y ermitaño en la Bretaña armoricana

·1150 palabras·6 mins

1 San Ronan, nacido en la región de Irlanda y entregado en la infancia por sus padres al estudio de las letras, bebió con corazón sediento las corrientes celestiales de la doctrina, un niño sin tacha; además, lo que leía y aprendía lo entendía sabiamente y lo confiaba fielmente a su mente. Se ejercitaba diariamente con la mayor vigilancia, practicando incansablemente los mandamientos de Dios. Entonces, sostenido por los méritos de las virtudes, se distinguió como insigne maestro, sometido humildemente por la gracia de Dios, aun al grado levítico y al oficio pontifical. Elevado al sacerdocio, estableció entre el pueblo la reputación de buenas obras; en sus días fue hallado justo, agradable a Dios, guardándose por la gracia del Espíritu Santo en todas las justificaciones del Señor. Después, revolviendo en su mente aquel dicho del Evangelio: «Quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» [Mateo 16:24], y: «Todo el que haya dejado casa, o hermanos y hermanas, o padre y madre, o esposa, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá el céntuplo y poseerá la vida eterna» [Mateo 19:29], habiendo igualmente abandonado su patria, amigos y posesiones paternas, cruzó el océano y fue llevado a Britania; y desembarcando en las costas de Léon, permaneció allí, perseverando día y noche en el servicio de Dios. Mientras hacía su estancia en aquella región por voluntad de Dios, comenzó a hacerse conocido del pueblo por los frecuentes milagros que el Señor obraba continuamente por medio de él. Pues orando restauraba la vista a los ciegos y la salud a los enfermos; echaba los demonios de los cuerpos poseídos. Por eso una gran multitud de gente venía a él diariamente para implorar ayuda en su aflicción; y, habiendo obtenido sanación, volvían a casa con gozo.

2 Pero el varón de Dios, sabiendo que en aquel lugar no podía, conforme al mandato del Apóstol, dedicarse a la oración sin cesar, a causa de la multitud de gente que venía a él, deseó penetrar en lugares más remotos del desierto; y, acompañándolo un ángel de Dios, vino a Cornualles hasta un gran bosque llamado Nemea. Junto a este bosque había cierto hombre, cultivador excelentísimo de la fe cristiana entre todos los que allí moraban; y cuando el santo varón vino a su casa, fue recibido por él en hospitalidad con rostro alegre. Cuando hubo permanecido algunos días en casa del mencionado campesino, le fue preguntado por su anfitrión que le dijera de dónde había venido o adónde iba. San Ronan le dijo: «Soy en efecto escocés de nacimiento, extranjero de nación, habiéndome hecho por mi propia voluntad necesitado de todas las cosas que eran de mi padre, por amor de Aquel que por nosotros, por libre misericordia, se hizo pobre; he venido voluntariamente a este exilio, dejando atrás cosas pequeñas, y cierto de recibir mayores de Él en el día de la retribución». Y cuando hubo pasado el curso de unos pocos días, el a menudo mencionado santo varón comenzó a edificar un pequeño oratorio, en el que pudiera dedicarse continuamente a la oración, proveyéndole su anfitrión la asistencia necesaria. Este oratorio fue edificado junto al bosque de Nemea, es decir, una arboleda otrora muy extensa y guarida abundante en bestias salvajes; en aquel lugar el santo varón se entregó al servicio del Señor, perseverando frecuentemente en oración y ayuno.

3 Mientras pasaba un breve espacio de tiempo, un feliz conocimiento del santo varón se difundió por toda aquella región, por la evidencia de su santa actividad, y esto llegó aun a noticia del supremo gobernante; pues una ciudad puesta sobre un collado no podía permanecer oculta por mucho tiempo. Por eso sucedió que Grallón, rey de los bretones, que en aquel tiempo tenía la monarquía de aquel pueblo, vino de buen grado en persona a él por causa de conversar. Y cuando hubo sabido de San Ronan de dónde y por qué razón había venido a aquellas partes, recibida de él una bendición, volvió a su propia tierra. Mientras tanto, una multitud de la gente común comenzó a frecuentar el oratorio del santo varón, y con ansioso deseo a buscar su conversación dulce como la miel. Pero sobre todos el mismo anfitrión anhelaba sus palabras; pues a menudo permanecía con él desde la mañana durante todo el día. A causa de esto su esposa, intranquila, comenzó a provocarlo, llamándolo olvidadizo de ella. A veces corría airada al varón de Dios y lo acusaba de que su marido la descuidaba; y el santo, como era su costumbre, la apaciguaba con palabras piadosas. Un día, sin embargo, cuando el santo varón estaba de pie ante la puerta, vio a un lobo llevándose una oveja y apresurándose hacia el bosque; y, confiando en la ayuda celestial, le mandó que soltara la oveja que había asido, y apenas fue dicho cuando el lobo soltó la oveja. Ni fue esto hecho por él solo una o dos o tres veces, sino cuantas veces sucedió cosa semejante por toda aquella vecindad.

4 Un día aquella misma malvada mujer, llamada Queban, había puesto a su hija de cinco años en un cofre, dándole pan con leche para que no llorara; y la niña, ahogada al primer bocado, murió. Mientras tanto ella corría por toda la vecindad, fingiendo que su hija, a quien ella misma había puesto en el cofre, se había perdido; e irrumpió ante la celda del santo varón, clamando así: «¡Monstruo de dos formas, devorador de hombres y seductor! ¿No te bastaba haberme robado a mi marido, sino que debías también devorar a mi hija?». Entonces el santo varón, mirándola, dijo: «Oh mujer, ¿por qué me acusas a mí, confesor de la fe cristiana, de ser devorador de tu hija?». Sin embargo ella fue al mismo rey Grallón y acusó a Ronan de ser devorador no solo de ganado sino también de hombres, y especialmente de su propia hija. El rey, no queriendo dejar este asunto sin examinar, envió un mensajero al santo varón de Dios y lo citó a presentarse ante él. Mientras tanto, por revelación del Espíritu Santo, se hizo claramente conocido al santo de Dios lo que Queban había hecho con su hija, dónde la había escondido y qué le había sucedido.

5 Todo esto el santo varón relató verazmente, como había ocurrido, en presencia del rey y de todos los que allí estaban. Muchos por tanto corrieron a la casa de la mujer y hallaron a la hija muerta en el cofre; por lo cual quisieron apedrear a Queban, porque se había atrevido a inventar tan malvada calumnia contra el santo varón de Dios. Pero el varón de Dios, apartando las piedras de sus manos, contuvo su ira; y, habiendo orado, restauró a la vida a la hija de Queban. Cuando después hubo dormido santísimamente en Cristo, sus sagradas reliquias fueron llevadas a la iglesia de Corisopitum.

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